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Agustín Blanco Muñoz: Gritos y señas del 19 de abril de 1810

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José Cortés de Madariaga y Vicente Emparan

El cuadro de los sucesos del 19 de abril de 1810 está en la mente de la mayoría de los venezolanos. Es el primer gran capítulo sobre la decisión de libertad, soberanía e independencia. Es además el inicio de una historia narrada de modo tal que merecería estar inserta en las mejores páginas del romanticismo. Se quiere hacer ver la importancia de la decisión de un pueblo para acabar con una forma de gobierno, con una forma específica de Estado, partiendo de la expresión directa y terminante de su voluntad.

Pero en el propio comienzo de la ‘gesta emancipadora’ se advierte el papel que se le asigna al pueblo en el proceso histórico denominado republicano-nacional. El pueblo no decide la expulsión de Emparan por cuenta propia, por su arbitrio. El pueblo actúa simple y llanamente en la forma en que se le indica. Esta en la versión que sirve la llamada historiografía tradicional y buena parte de la ¨nueva historiografía¨.

De acuerdo a esa referencia, la conspiración está totalmente montada para el momento en que algunas ‘personas extrañas’ (en nombre del clero, el pueblo y el gremio de los pardos) se incorporan al Ayuntamiento. De este modo, la situación se tornó conflictiva para el capitán general: el grupo de los independentistas (partidarios de la ruptura absoluta), que estaban en contraposición al grupo de los ¨autonomistas-pacifistas¨, se vio aumentado.

Entre los primeros se destaca el papel preponderante del canónico chileno José Cortés de Madariaga, quien se constituye en la primera voz de oposición a las fórmulas pacíficas según los cuales se habrían de establecer una junta suprema presidida por el propio Capitán General. Su argumento es terminante: Emparan nada garantiza, una junta presidida por él puede ser disuelta a su arbitrio. Se impone, en consecuencia, su inmediata deposición. Emparan se siente perdido y por ello acude al pueblo, que dirigido por la ‘juventud revolucionaria’, estaba a las puertas del Ayuntamiento. Es entonces cuando adviene la pregunta sobre si existe o no conformidad con su mandato.

Es este un momento que pudiera determinarse de confusión democratista y de un ambiente contrario al Estado metropolitano. Emparan apela a aquello en lo cual no cree: la voluntad popular. Esta es una acción que no tiene cabida en los marcos del orden colonial explotador.

Sin embargo, es de interés advertir la versión sobre la consulta de Emparan y de la forma cómo se produce la respuesta popular: ¨Sus palabras llevan el sello de la grave cortesía hispánica y corresponden al blanco y paternal carácter del viejo hidalgo: ´Señores: ¿están vuestras mercedes contentas conmigo? ¿Quieren mercedes que los gobierne? Y ya comenzaban los más cercanos a decir que sí, cuando Madariaga, situado detrás hace señas a la gente de contestar negativamente, en lo cual acompañándole Anzola y el regidor Palacios, también con expresiva mímica¨… Esta es la relación que recoge Caracciolo Parra Pérez: la más generalizada.

Madariaga, Anzola y Palacios detrás de Emparan para hacer la mímica necesaria: y, junto al pueblo que estaba a las puertas del Ayuntamiento -apunta Gil Fortoul- el médico yaracuyano Villareal dispuesto para su grito oportuno y necesario: … ¨Madariaga hace signos negativos, y al punto el doctor José Rafael Villareal grita desde la plaza: ‘no, no’: grito que la muchedumbre repite en coro: Emparan exclama: ‘pues yo tampoco quiero mando’. La revolución había triunfado¨.

El cuadro estaba completo. La mímica y los gritos habían sido decisivos. El pueblo le había dicho ‘no´ a Emparan y la ¨Revolución¨ había triunfado. Pero ¿quién había actuado? ¿Un pueblo consciente  o un pueblo manejado por la mímica y el grito? Madariaga y Villareal, desde puestos claves, inducen al pueblo al ¨NO¨ a Emparan. Se convertían en los máximos ¨conductores populares¨ del momento, en los hombres llamados a decirle al pueblo lo que debe hacer, cuanto debe decir.

En el fondo de todo hay algo definitivo: los ¨dirigentes populares¨ tienen interés en establecer muy claras diferencias entre el orden colonial y el independentista, al cual se aspira. Sin embargo, por otra parte se pone de relieve la incapacidad de estos sectores populares para entender la diferencia real entre ambos órdenes sociales. Y es por ello que la señal, el gesto teatral, es suficiente para llevarlos de un extremo a otro: ya el pueblo comenzaba a decir que sí cuando aparece la seña y el grito: dos componentes que adquieren desde entonces permanencia en la historia del país.

Y esto es particularmente importante si tomamos en cuenta que tanto el orden colonial como el independentista tienen su soporte principal en las acciones dirigidas hacia el control de la forma de actuar de las masas populares.

La del 19 de abril es, en definitiva, una imposición en base a la seña y el grito. Más allá de la decisión popular está el primer grito y la señal ejemplares. Y no es tampoco el pueblo quien escoge después entre las posibilidades que ofrecían los ejércitos ‘republicanos’ o ‘realistas’. No había ni decisión ni voluntad: de la coacción se pasaba al grito, a la señal o al ofrecimiento.

De allí que haya que apreciar el ¨Decreto de Guerra a Muerte¨ como máxima señal y magnífico grito, la Batalla de Carabobo como grito triunfal y los sucesivos gritos, señales y acuerdos como los medios por los cuales los ¨dirigentes populares¨, ahora republicanos, podía conducir, guiar la acción de las masas hacia los cometidos de un orden que estaba muy por encima de ellas.

Así podemos apreciar el grito de la Guerra Federal y luego el Acuerdo de Coche. El primero para acusar y el segundo para contener, no fuera a ser que el coro de los gritos ¨federales¨ no dejase hablar entonces a los ‘verdaderos dirigentes’. Gritar hasta desgañitarse para resistir la tiranía y después impulsar el silencio para que el orden constitucional acordado de nuevo la señal para gritar. Y gritó lo suficientemente alto como para que no se escucharan los acuerdos, las negociaciones de los mismos ¨dirigentes populares¨, vestidos ahora con un nuevo traje, que desde adentro (desde el Palacio de Miraflores) convenían las nuevas señales para el ordenamiento institucional, democrático y representativo del grito del pueblo.

Ellos mismos saldrán luego a los balcones para decirle al pueblo que volvieran a sus casas a aguardar una ¨nueva convocatoria¨. Y con ello, el pueblo que desde mucho antes de Emparan ha hecho presencia en espera y procura de hacer directamente su historia, ha seguido apegado a aquellos ¨símbolos¨ del 19 de abril de 1810. ¿Hasta cuándo? Entendemos que será el propio pueblo quien históricamente habrá de avanzar hasta la conformación de nuevas señales que lo incorporen de modo decisivo y creador.

 

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