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Enrique Contreras Ramírez: La democracia no puede seguir prisionera de los partidos políticos

 

Se ha demostrado a través de nuestra historia que con los partidos políticos no hay alternativas reales de cambios estructurales. Sus cúpulas a nombre de la libertad arruinan, hostigan y engañan a los pueblos.

Aunque la burocracia partidista no lo reconozca, si algo ha perjudicado lo que llaman democracia en el escenario político del planeta y particularmente en América Latina,  es el monopolio que ejercen los partidos políticos sobre la misma y donde la  matriz ideológica que siembran en las masas, hace ver que sin las organizaciones políticas no puede haber democracia.

Si la democracia en su significado etimológico viene de la palabra griega domokratia, donde el término demos, se traduce como pueblo y kratos como poder, lo que resta agregar es simplemente que la democracia debe ser poder del pueblo. En el caso de América Latina, ¿dónde se conoce que el pueblo sea poder? -al contrario- los partidos y organizaciones políticas lo controlan todo, donde el gansterismo dirigencial de las elites partidistas se organizan, se vinculan a mafias internacionales, se sirven del estado que dirigen para enriquecerse y delinquir. Elaboran discursos utilizando la palabra para ocultar realidades, el lenguaje para ellos es una herramienta que constituye en términos publicitarios, la variable ideal, para que la demagogia se presente como una verdad que llena de ilusiones a los humildes, pues siempre esperan salidas de parte de sus gobernantes que les ayude a salir de tanta pobreza.

Las ideologías con lo que se sustenta el corpus del discurso político de los partidos, sean de la derecha o de la izquierda, se manifiestan y se expresan no como un constructor de la existencia social, ni como un instrumento en el campo político para mejorar las condiciones materiales de existencia de la humanidad, por el contrario, se convierten en deformadores de la realidad y la ocultan a través de la arenga de la sociología de la esperanza, imaginando y pregonando el deber ser de la sociedad, utilizando la utopía para ello y así poder engañar y permanecer en el tiempo como una opción real de cambio y transformación para mejorar el bienestar colectivo.

En el discurso que sobre todo utilizan en sus declaraciones y particularmente en sus respectivas campañas electorales, se convierte en una careta que simula la ambición por el poder y es y representa la trampa para que los pueblos voten pero no eligen, porque los que eligen realmente son los cogollos delincuenciales de los partidos.

El predominio del sectarismo

Atreverse a decir y señalar estas opiniones, es como bracear contra la corriente, es colocarse en la fila de los llamados disociados, es una herejía, pero lo cierto de todo esto es que cuando se milita dentro de un partido, se debe seguir su línea y morir por ella, no puede pensar de otra manera, es su única “verdad” para proceder envuelto en un pensamiento único y desde ese pensamiento único, se califica con  “autoridad” para agredir, silenciar e imponer su forma de pensar y de esta manera amordazar al que no comparte su óptica ideológica de ver el mundo. El sectarismo lo envuelve y lo convierte en un ser irracional.

Razón tenía Paulo Freire cuando al referirse al sectarismo señalaba: “… el sectarismo tiene una matriz preponderantemente emocional y acrítica, es arrogante, antidialogal y por eso anticomunicativa. Es reaccionaria, sea asumida por un derechista, que para nosotros es un sectario de “nacimiento” o un izquierdista. El sectario nada crea porque no ama. No respeta la opción de los otros. Pretende imponer la suya –que no es opción sino fanatismo- a todos.” (FREIRE, Paulo. La educación como práctica de la libertad. Edit. Siglo XXI. 2015. PP. 42).

Sabemos que ese sectarismo ha estrangulado – tanto en el modelo socialista como en el capitalismo- la libertad del ser humano, sus partidos políticos que no son otra cosa que copias del colonialismo eurocentrista se hicieron  para el control social, para dividir la población en las llamadas derechas e izquierdas, para manipular la información, los procesos electorales, los mismos sólo buscan mantenerse en el poder y donde no se proponen alternativas reales para mejorar las condiciones de vida de la población. Históricamente el  contexto político-ideológico que hemos vivido ha demostrado estas tristes realidades.

El caso venezolano

Si tuviésemos que buscar responsables de la grave crisis social, económica y política que en la actualidad vivimos los venezolanos, la inmensa mayoría de compatriotas señalarían a las cúpulas de los partidos políticos, independientemente de sus posiciones ideológicas.

Para reafirmar tal situación, sólo basta con leer la carta que Fabricio Ojeda presentara al Congreso de la República el 30 de junio de 1962 renunciando a su condición de diputado y donde ya marcaba lo que era el gobierno adeco-copeyano nacido después del derrocamiento de la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez: “Venezuela es un país privilegiado por la naturaleza. Las entrañas de su tierra están pobladas de riqueza y sobre la superficie crecen montañas de dinero. Pero estas riquezas y este dinero sólo van a parar a los bolsillos de los grandes tiburones de la política nacional e internacional, mientras que el pueblo, dueño de ellas, se debate entre la angustia de no poseer nada y el dolor de su precaria situación económica. (…) Este país vive un drama terrible con centenares de miles de obreros sin trabajo, con centenares de miles de campesinos sin tierra, con centenares de miles de niños abandonados y sin escuelas, con centenares de miles de analfabetos, con legiones de indigentes que escarban en los desperdicios en busca de alimentos y centenares de miles de hombres y mujeres sin techo que se arrastran hacinados en ranchos insalubres, sin la menor protección social, sanitaria o económica. Este país que es el más rico de toda la América Latina, muestra ante los ojos angustiados de su gente, un panorama de males y penurias que se ahonda en la existencia misma de grandes contradicciones: mientras unos lo tienen todo, comodidades, lujos, placeres y bonanza; otros nada poseen, ni nada les espera, a no ser la muerte en la más completa pobreza”.

Este cuadro de 1962 descrito por Fabricio, en que se diferencia del gobierno del llamado socialismo del siglo XXI, cuando la riquezas se han acrecentado con nuevos minerales descubiertos y que solo han servido para que los grandes conglomerados rusos, chinos, norteamericanos, ingleses, iraníes y paremos de contar, se apoderen de los mismos y dejen en los espacios geográficos donde toman posesión desiertos llenos de hambre, miseria y muerte. El Arco Minero venezolano es una muestra de lo que estamos describiendo donde el 12.5% de nuestro territorio se encuentra bajo el dominio del imperio del gran capital, con el silencio cómplice de una oposición que también negocia, traiciona y delinque junto al propio gobierno.

Un nuevo pensamiento político

Hoy, más que nunca hay que desenmascarar el paradigma globalizador, que impulsan los grandes conglomerados bajo el nombre de empresas mixtas, con la despreciable complicidad de gobiernos y partidos políticos que   presentan las mismas como parte del desarrollo necesario, el progreso y la libertad. En medio de este teatro, también hay que decir que muchos intelectuales latinoamericanos, que sólo buscan buenos dividendos y prebendas de las multinacionales y los gobiernos, hacen aparecer la globalización como una alternativa para los pueblos que buscan salir de la pobreza y miseria en que viven.

El desarrollo que promueve el mundo globalizado, no toma en cuenta los problemas humanos que ellos mismos causan –aparentemente son seres humanos pero sin alma- donde se proponen desmoralizar los pueblos, los someten y los utilizan. Doblegarse frente a todo este escenario es cabalgar sobre el discurso de la derrota, de allí que frente a toda esta situación es que hay que plantearse un nuevo proyecto civilizatorio que surja de los poderes creadores del mismo pueblo, de su fuerza moral, para planificar, idear, organizar desde abajo, una civilización donde la convivencia, la solidaridad, la moralidad, la ecología, el bien colectivo, el respeto a la dignidad del ser humano sumen en conjunto y en su totalidad esa necesidad de tomar y construir un tercer camino, que nada tenga que ver con el socialismo y el capitalismo, por ser modelos que esclavizaron a la humanidad.

Para esa nueva civilización es enteramente indispensable que nosotros nos apoyemos en un nuevo pensamiento político que no sea el que ha venido dominando el mundo, porque todos han terminado siendo modelos opresores. Hagamos uso del pensamiento de Simón Rodríguez: “Inventamos o erramos”. Inventemos un nuevo pensamiento político,  que realmente sea emancipador, profundamente nacionalista y patriótico donde todos tengamos cabida.

Para tales fines es necesaria una organización, que no sea el partido político, donde la sociedad civil se pueda organizar en libertad pero que anticipe las nuevas formas de entendimiento entre el hombre, la mujer, la máquina y la naturaleza, para que haya armonía en esos factores. Así tiene que ser ese tipo de organización que debe nacer producto de la lucha social y política.

Por todo esto es necesario reestablecer el poder constituyente originario que se diluyó, producto del modelo dominante y lo hicieron porque saben que todo poder constituyente originario y no derivado del poder constituido, tiene varias características. Un poder constituyente originario es un poderío que emerge desde abajo. Que no puede estar sometida a leyes para poder derribar el poder constituido. Por ello tiene que ser anti-institucional y anticonstitucional. Un poder constituyente originario es aquel que lleva por dentro todo lo que es paralelo y al mismo tiempo alternativo. Un poder constituyente tiene que nacer desde abajo, impugnando todo el poder constituido en todos los terrenos para que abra el camino al nuevo proyecto civilizatorio que ha de venir.

 

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