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Jesús Alberto Castillo: La barbarie entre nosotros

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En su inmortal “Doña Bárbara”, Rómulo Gallegos narra una vivencia discursiva entre Santos Luzardo y Lorenzo Barquero que refleja magistralmente ese ambiente de barbarie que intenta arroparnos y solemos, de manera inconsciente, no zafarnos para no doblegar el orgullo personal. Es un estado de intolerancia que pone al descubierto las bajas pasiones humanas en su afán por señorear y llevarse por delante todo lo que está a su alcance. Penetremos, por un momento, en la obra galleguiana para darnos cuenta de lo expresado. Se trata del primer encuentro de estos dos personajes, después de tantos años sin verse, en la hacienda “La Barquera”, una miserable vivienda, mitad caney y mitad choza, formada por cuatro paredes. Allí yacía borracho Lorenzo Barquero, un verdadero espectro ahogado en múltiples penalidades y frustraciones, víctima de los maleficios de la “Devoradora de Hombres”. Santos Luzardo, quien había llegado de Caracas para internarse en su hato “Altamira”, en la parte más desierta y bravía del Arauca,              visitó a su primo Lorenzo Barquero para hacer las paces ante antiguas rencillas de familia.

Al verlo en estado de embriaguez, Santos entendió que fue en vano su iniciativa. Sostuvo unas cortas palabras con él. Cuando estaba a punto de irse, la voz cavernosa de Lorenzo lo atajó y se quedó. Después de una breve pausa de lucidez, el “Espectro de la Barquera” se atrevió a decir: “¡Matar al centauro! ¡Je! ¡Je! ¡No seas idiota, Santos Luzardo! ¿Crees que eso del centauro es pura retórica? Yo te aseguro que existe. Lo he oído relinchar. Todas las noches pasa por aquí. Y no solamente está aquí; allá, en Caracas, también. Y más lejos todavía. Donde quiera que esté uno de nosotros, los que llevamos en las venas sangre de Luzardos, oye relinchar el centauro. Ya tú también lo has oído y por eso estás aquí, ¿Quién ha dicho que es posible matar al centauro? ¿Yo? Escúpeme la cara, Santos Luzardo. El centauro es una entelequia. Cien años lleva galopando por esta tierra y pasarán otros cien. Yo me creía un civilizado, el primer civilizado de mi familia, pero bastó que me dijeran ‘vente a vengar a tu padre’, para que apareciera el bárbaro que estaba dentro de mí. Lo mismo te ha pasado a ti: oíste la llamada”.

¡Qué emocionante la literatura para explicar simbólicamente los pormenores que vivimos los mortales en esta agitada vecindad citadina! Gallegos, con su peculiar pluma extasiada de llano adentro, nos pone a reflexionar sobre la condición humana. Su genialidad, pero, también torpeza. Muchas veces se ve envuelta de misteriosos embrujos que acorralan el pensamiento y agitan las incontrolables emociones para conducir al sujeto por caminos insospechables y horripilantes, esos que rompen todo raciocinio y ética. Es así como el fanatismo, las ansias de poder, la egolatría, lo fantasmal arropa a gran parte de la  humanidad y la transforma en una legión de bárbaros que no razonan ni, mucho menos, permiten la convivencia del otro.

Es así como la historia nos muestra episodios bochornosos que han dejado una huella amarga en el transcurrir de los pueblos. Uno de esos ejemplos fue el III Reich, cuya idolatría en el führer (dictador), promovió el holocausto donde murieron millones de judíos. Todo, producto de una ideología que se introdujo hasta los tuétanos del pueblo alemán, orientada a la consolidación de la raza aria y la expansión del Estado vital. Incluso, su influencia aún se deja ver en algunos grupos y comunidades del planeta. Hoy vemos al planeta contagiado de problemas que atentan contra la civilidad: guerras, trata de blancas, esclavitud, terrorismo, entre otros. Pero, la barbarie también se traslada a los espacios micros, en esos lugares que solemos andar cotidianamente y, muchas veces, le restamos importancia. Basta con observar acciones intolerantes en escuelas, hospitales, oficinas comerciales, entre otros.

Por eso iniciamos la reflexión con una fuerte dosis literaria. Es en la literatura donde el hombre se refugia para expresar simbólica y ficticiamente la realidad que azota en toda su extensión la existencia humana. En esta oportunidad nos apoyamos en Gallegos para que “el que tenga oído que escuche y el que tenga ojos que vea”, tal como nos los advirtió Jesucristo. La literatura es un espacio maravilloso, sutil y lleno de genialidad para ponernos a reflexionar. Afortunadamente, todavía existen enjundiosos escritores para levantar su pluma contra esa barbarie que, en cada contexto histórico, amenaza con llevarnos al propio aniquilamiento de la civilización. Volvamos la mirada, entonces, al cultivo de la lectura y al entendimiento humano. ¡Que así sea!

 

 

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