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Rosa Montero: Simplemente grandiosos

 

Todos los días al sacar a mis perras paso al lado de un sin techo que está siempre instalado en el mismo banco, de cara a la verja de un parque. Es la única persona sin hogar que continúa en la calle por mi barrio; los demás habituales han desaparecido y espero que estén a salvo en los albergues que han habilitado para ellos. Este hombre parece muy mayor, aunque quizá sea más joven que yo: la intemperie tritura. Nadie se le acerca, por supuesto; su soledad, en este desierto del coronavirus, resulta sobrecogedora. Cuando le veo a lo lejos, la única alma en la ancha calle vacía, podría ser el último habitante de un planeta maldito. A veces habla solo; yo diría que su equilibrio mental está algo alterado, lo cual no me extraña en absoluto.

El banco en el que reside queda justo enfrente de una zona de juegos infantiles dentro del parque. No es la vista más bonita; hay otros bancos en la misma acera que permiten ver partes arboladas mucho más bellas. Durante varios días me he preguntado por qué insiste en sentarse justo ahí y pasarse las horas mirando un feo cajón de arena y un columpio. Quizá le recuerde algo del pasado, una vida con hijos o su propia infancia, elucubré. Pero luego caí en algo más obvio. Sin duda este hombre lleva mucho tiempo instalado en ese banco: somos animales de costumbres. Y antes del coronavirus, el parque no era un jardín cerrado y silencioso, sino que estaba lleno de gente. Y justo enfrente del banco, lleno de niños. Mi pobre sin techo, que tal vez lleve años sin que nadie se acuerde de su nombre y sin recibir un abrazo, quizá anhelara ese mínimo calor humano de las risas de los niños y su algarabía.

Somos criaturas sociales. Necesitamos sentir la proximidad de nuestros iguales. El roce, la caricia, los abrazos. Esto es lo más penoso, desde mi punto de vista, del confinamiento; y aún más para una cultura tan tocona y besucona como la nuestra. Ojalá esto nos enseñe, cuando recuperemos la normalidad, a ayudar a todos los que viven en total soledad, como mi sin techo. Numerosas investigaciones demuestran que los abrazos generan oxitocina, la llamada hormona del amor, y hacen disminuir la tensión arterial y el ritmo cardiaco, es decir, protegen el corazón. Los efectos en los niños son aún más estremecedores: un bebé que no recibe caricias no produce suficiente hormona del crecimiento y es aproximadamente un 20% más pequeño de lo que le correspondería. Es lo que los científicos de la Universidad de Duke (EE UU) han denominado “enanismo psicosocial” (lo contó Elena Sanz en Muy Interesante). Diversos expertos dicen que es necesario recibir un mínimo de cuatro abrazos al día para mantener la salud mental y emocional. Otros suben esa cifra hasta los doce abrazos. En cualquier caso, bastantes. Pero aquí estamos todos, en España y en el resto del mundo, atravesando esta aguda hambruna de la piel y el roce de los demás.

Por no hablar del sexo. Aquellos que están encerrados en parejas tienen suerte, o quizá no, porque esta clausura puede forzar la máquina de muchas convivencias. Pero todos los que no contamos con una pareja clara, lo tenemos muy crudo, como evidenciaban esas fotos de las baldas vacías de los supermercados al principio de la alarma: estanterías y estanterías desiertas, pero la sección de los condones atiborrada de cajas. Y es que, ¿quién se va a atrever, ya no digo ahora, que es imposible, sino al relajarse el confinamiento, a intercambiar roces más profundos con un extraño? Para los más jóvenes va a ser una tentación quizá irrefrenable y desde luego un claro riesgo social; y para la gente como yo, que ya estamos en la edad del perro, es decir, que cada año nuestro ya cuenta como siete, esta cuarentena puede liquidarnos.

Hay que tenerlo claro: saldremos del confinamiento, como dicen los chistes, con más kilos y más canas. Pero sobre todo saldremos lentamente. Necesitamos reunir toda nuestra paciencia, nuestra entereza y nuestra esperanza. El encierro total acabará más o menos pronto, pero me temo que pasarán muchos meses antes de que podamos volver a besarnos y a abrazarnos con libertad. Ahora bien: lo lograremos. Llegará el día en que recuperaremos el derecho al roce. ¿Y cómo serán esos primeros abrazos? Simplemente grandiosos.

 

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