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Aurelio F. Concheso: Venezuela y la regaladera de gasolina

 

Regalarle al consumidor un producto como la gasolina, en cuyo costo en los expendios otros países más bien incorporan impuestos destinados a mejor de infraestructura vial, nuca fue una buena idea. El espectro del “Caracazo” de 1989 condicionó el comportamiento de los políticos de toda estirpe en ese sentido. Para ellos, mover el precio de la gasolina se volvió anatema, y los tímidos intentos en ese sentido, pronto quedaban a la vera del camino.

En el proceso ascendente del chavismo, algunos de sus futuros íntimos colaboradores, como Alí Rodríguez, aún desde las filas de Causa R, argumentaban con cifras distorsionadas y falaces, porque sincerar el precio de la gasolina era poco que una traición al pueblo llano. Luego vino la época de las vacas gordas y petróleo a $150 el barril, durante el cual cualquier idea, por muy descabellada que fuera, parecía factible y sustentable en el tiempo.

Para ese entonces, se producían 3 millones de barriles al año, se refinaban 1,24 millones de los cuales más de 400 mil eran gasolina. Gasolina había para regalar, como efectivamente se regalaba a amigos y aliados; los hermanitos Castro en primera fila. Pero lenta e irremisiblemente, la realidad jugó una mala pasada. El 25 de agosto de 2012, a las 12:03 de la madrugada, se produce una primera alerta de fuga de gas propano, y una hora después una explosión que acabo con la vida de unas 55 personas, y, de paso, con el mito de la eficiencia de lo que hasta ese momento era la quinta refinería del mundo.

Las reacciones del chavismo no se hicieron esperar. En busca de un chivo expiatorio que nunca lograron encontrar, al final, las investigaciones fueron tan manipuladas que las empresas aseguradoras se negaron a pagar el siniestro, hecho que por un tiempo se mantuvo escondido de la vista de los ciudadanos. De ahí en adelante, el manejo de la industria fue cada vez más incompetente. Las refinerías fueron bajando su producción hasta ir cerrando, las de El Palito, en Carabobo, y Puerto La Cruz, en Anzoátegui, hace dos años, y, más recientemente, el Complejo Paraguaná, que de 15% ha pasado a casi cero.

Mientras eso sucedía, el pecio de la gasolina seguía su rumbo a cero, y al ser importada buena parte de ella, se estaba pagando $0,50 por litro por una gasolina que se regalaba en un 70% en Venezuela y el resto vía contrabando en Colombia. No hay que haber aprobado Matemática de tercer grado para darse cuenta de que tarde o temprano esa fiesta terminaría, pero al parecer, así funciona la lógica chavista. Lo sorprendente es que desde la oposición nadie se atrevía tampoco a decir las cosas como son. Y la fiesta terminó, precisamente, en plena pandemia, cuando la Caracas que estaba supuestamente “blindada” también se secó. Ahora, salvo algunos afortunados apparatchik del régimen, el que quiera gasolina la consigue con dificultad a $2,50 el litro, cinco veces su precio internacional.

La solución más inmediata que parece habérsele ocurrido a los gobernantes y a quienes aspiran a serlo, es que los particulares importen y disfrutan el preciado líquido. Presumiblemente, esos particulares tendrán que cobrarla en los expendios para reponer los inventarios. Tal vez, esta vez los consumidores sí lo acepten agradecidos de tenerla a un costo razonable, luego de que después de tantos años se dieron cuenta de que gasolina regalada destruye a quien la fábrica, y termina siendo la más cara de toda al agotarse su suministro.

¿Sería mucho pedir que oposición y gobierno se pongan de acuerdo sobre tan álgido tema? De hacerlo, sería tal vez el inicio de una nueva forma de ver las cosas en nuestro atribulado país.

 

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