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Rafael Fauquié: Poder

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De lejos, el poder sobrecoge. Cuando lo conocemos más de cerca, sobrevienen dudas sobre su grandeza. Lo vemos sometido a las mismas miserias de cualquier otro acto humano. El poder impone reglas y destinos; y el desgaste, la erosión en el tiempo, es uno de esos destinos.

La soledad del poderoso está cercada de miradas hostiles: de temor o de envidia. Soledad del poder: acertar o equivocarse sin testigos de la inseguridad o la flaqueza. Errores y aciertos, triunfos y fracasos del poderoso serán conocidos -y compartidos- por muchos; las dudas, el temor, sólo los conocerá él. Será su memoria -frecuentemente frágil- la que evocará luego los instantes de aprensión ante el desafío.

El poder tiene en la ambición una compañera natural. Esta se reviste de la rotundidad de los destinos hechos. Se es ambicioso porque está en cada quién serlo o no; como el ejercicio de una vocación o de una fe. La ambición tiene que ver con la mímica natural de cada ser humano ante el universo.

Poder: nadie escapa a sus interminables mecanismos. Su presencia, estorba; su ausencia, anula. Su exceso es tiranía; su carencia, anarquía. No podemos vivir cerca de él sin cambiar de alguna forma. Su exacto sentido lo otorga esa natural condición de animal social que es el hombre. Con él nació. Con él morirá.

 

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