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Marina Ayala: Una falla simbólica

 

La descomposición social que observamos ha llegado a niveles alarmantes. En cualquier ambiente comienza a observarse conductas inaceptables que no se veían anteriormente. Un dilema en un condominio se resuelve a golpes e intervención policial; los políticos gritan con un vocabulario soez o ladran amenazando como perros de jauría. Las personas respetuosas de las normas se las consideran cobardes, miedosas, timoratas. Referirse a otro con cortesía, prestar la debida atención a lo que dice, mostrar respeto son conductas catalogadas como propias de personas aduladoras, arribistas, seductoras con fines egoístas y ocultos. Se deja de tener un grupo social de convivencia y las personas se dedican a pelear por cualquier asunto por más intransigente que parezca. Este escenario lo denominó Durkheim “anomia”, en realidad significa la disolución de lo que entendemos como sociedad.

No hay orden moral ni jurídico, se entiende que la justicia es cuestión de componendas, amiguismos y compra de voluntades. En este escenario al que permitimos arribar se debilitan considerablemente las fuerzas internas de un país, sus ciudadanos se desentienden de los problemas comunes y comienzan a buscar sus soluciones de supervivencia individuales; las actitudes solidarias empiezan a escasear. Aumenta la desconfianza, la irritabilidad, las acusaciones y desprestigio de los otros. Es cuando se comienza a sentir que nos faltan fuerzas, que solo no podemos, a rogar para que otras sociedades, mejor cohesionadas, nos hagan la tarea. Si bien es cierto que nunca había vivido tan al borde del abismo, nunca había, tampoco oído, estos gritos de “auxilio” ser proferido con tan poca elegancia y acierto. Como estoy convencida que nadie va a venir a desalojar Miraflores, que me hagan sentir que estamos impotentes me resta aún más una visión de futuro promisorio.

En la clínica psicoanalítica el analista nunca debe estancar a su paciente en la imposibilidad a la que lo arrastra esa fuerza mortal del goce y las pulsiones. Se abren vías de ampliación simbólica, de significados no contemplados, de enganches con gustos e inclinaciones provenientes del deseo. Lo que no se puede permitir es que el paciente mate su deseo, ya no habría empuje hacia la creación, la tarea y el trabajo en comunidad. No habría tampoco afectos, arraigos, identidades. En otras palabras sería la muerte del sujeto como entidad psíquica pulsante. Igual me imagino y lo estoy viendo, pasa con una sociedad. La sociedad que conocí prácticamente desapareció. Estas faces tristes, famélicas o con una sonrisa congelada y no expresiva no son propias de lo que era nuestro carácter y forma de concebir la vida. Por ello me cuesta entender que un líder en un momento como el nuestro grite en un escenario internacional que “solo no podemos” no lo entiendo y lo recibo como “un baño de agua fría”.

Desconcertados y perdidos estamos, propios de las sociedades que han sufrido un cambio brusco y han ido perdiendo los símbolos que permitían vínculos de cohesión. La cultura se desmorona y no se encuentran las huellas identitarias. No me puedo identificar cuando los conflictos se resuelven a golpes. Cuando la tranquilidad de una comunidad es alterada por un bravucón cuyo nivel de desarrollo cognitivo no supera al de los matones de barrio. Ser mayoría pero no unidos, sin reconocernos ni respetarnos entre nosotros es lo mismo que no ser. En un mundo que tiende al individualismo al goce solitario se van disolviendo, uno por uno, todo lazo social. Resultados de ese mórbido camino emprendido de despreciar todo avance del conocimiento y volvernos muy creativos en placeres sin límites y mortales. Es en este terreno donde el mundo está sorprendiendo. Ingerir vodka por los ojos es el último descubrimiento de como embriagarse con mayor rapidez. Muy ingenioso ¿verdad? Para contribuir con la cultura.

Si no terminamos de entender, que solo con disciplina, renunciado a las satisfacciones inmediatas, regulando los placeres, con constancia, estudio y conocimientos podremos proporcionarnos una vida civilizada y satisfactoria, el mundo ira cada vez peor. No hay atajos, no hay vivezas criollas posibles, no hay salvadores, no hay iluminados ni seres superiores. Somos tú y yo con la responsabilidad moral de vivir bien. El sufrimiento que se observa en el mundo actual conduce inexorablemente a interrogarnos por una falla simbólica, por la relación del hombre con la ley. A interrogarnos a donde conduce la tendencia desenfrenada por un goce que imposibilita al sujeto la  relación con su deseo.

 

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