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Alirio Pérez Lo Presti: Embrutecimiento por necesidad

 

Una noche merideña, caminando entre la neblina, un vientecito helado se colaba por los rincones y llevó hasta la bota de mi pantalón la noticia del día en un diario que no había tenido tiempo de leer. “Fellini en coma” era el titular de la reseña, la cual, me impresionó mucho, por la inmensa afición que tenía y tengo por el director de cine italiano y su inminente muerte.

Éramos un buen grupo de amigos lectores, amantes del cine y de las grandes tertulias que solo pueden darse en sociedades sanas. Era el único de ese grupo que para la época no tenía obra editada en libro y mis aspiraciones juveniles estaban a flor de piel. Enamorado y tratando de construir la mejor biblioteca personal posible, no puedo sentir sino nostalgia por ese tiempo tan apacible en mi vida.

Sobre mis amigos diré que los quiero mucho y se encuentran desperdigados por el mundo, al cine suelo acudir como un muchacho cada vez que se anuncia una película que parezca que valga la pena. Enamorado sigo estando; obra escrita logré publicar en mi ciudad natal, convirtiéndome en un escritor universalmente local y desde ese tiempo hasta el presente he perdido tres bibliotecas. Los viajes y mudanzas han sido parte de lo que soy, porque el viaje, cambiarse de ciudad y/o país, lo asumimos como algo tan natural de la vida como lo es cualquier tensión propia de la existencia.

Mi esposa suele cuestionar mi afición por ver la saga cinematográfica estadounidense llamada Rápido(s) y furioso(s), en la cual unos personajes andan conduciendo automóviles de manera temeraria. Los diálogos son escuetos y como cualquier película que se precie de ser buena, exalta la importancia del concepto de familia como elemento cohesionador del amor.

-“¿Cómo puedes ver esas  películas?”, me reprocha cada vez que enmudezco ante las imágenes de vehículos conduciendo y estrellándose a toda velocidad. Honestamente, la respuesta es que ver esos filmes me “embrutecen” y embrutecerse suele ser en ocasiones la única opción para sobrellevar la vida, lo cual me ubica en un sitial un tanto enmarañado de explicar, puesto que se trata de un embrutecimiento por necesidad. ¿Embrutecimiento por necesidad es una categoría intelectual? La respuesta es afirmativa, y tiene sus antecedentes remotos.

Desde los griegos, el embrutecido como postura frente a lo civilizatorio tiene referentes puntuales, como lo es el caso de Diógenes, quien pensaba que desde el cinismo se le podía hacer frente a una sociedad harto caprichosa con sus afanes por crear un falso orden. Cínicos y escépticos todavía resuenan en las dinámicas de nuestro tiempo.

Cuando Diógenes de Sinope murió (413-323 a.C.), los atenienses le dedicaron un monumento: Una columna sobre la que reposaba un perro. Poseía una acusada atracción por la sátira, la paradoja y el humor. Iconoclasta, profanador, contrario a cualquier tipo de erudición e incluso de cultura, Diógenes prefirió siempre expresarse mediante la acción, el comportamiento y las elecciones concretas más que mediante textos escritos, características que combinaba con el desprecio de los placeres, el dominio del propio cuerpo, la anulación de las pasiones, de las necesidades y de cualquier vínculo social estable, requiriendo para ello esfuerzo, disciplina, prestancia física y una indomable tensión moral.

Este espíritu que deja sembrado Diógenes en lo civilizatorio se basa en el culto a la locura como forma de conducirse, como manera de transgredir el orden establecido a través de asumir una actitud abiertamente contracultural, la cual es posesionada mucho tiempo después, en el siglo XX, a través de movimientos vanguardistas tales como el Dadaísmo y muy particularmente el Surrealismo.

Ahora bien, ¿por qué el culto a la superficialidad no es también una posición contracultural? ¿Por qué la contemplación de “Rápido(s) y furioso(s)” es asumido por una persona culta como ajeno a lo civilizatorio? Una de las cosas propias del buen vivir es el ocio y el confort. Una buena velada, una película de espagueti western, mirar el atardecer, disfrutar de unas copas de buen vino, agitarse ante una guaracha o deleitarse con una sinfonía de Bach, son las cosas propias de la vida normal que no debemos dejarnos arrebatar y dolorosamente el cruel desafuero pretende etiquetar, por una lastimosa necesidad de castrar la libertad de que la gente se recree como le dé la gana.

Bajo la premisa de que somos potencialmente libres de escoger por cuál forma de ocio nos hemos de inclinar, nada puede ser tan subversivo y ajeno a la necesidad de crear sociedades igualitarias como el deseo natural de disfrutar aquello que nos plazca, aunque pareciese que nos estuviésemos embruteciendo, cuando en realidad sólo nos relajamos y revelamos ante una serie de intentos por torcer nuestras pretensiones. En un paralelismo cinematográfico perfecto, volveremos una y otra vez al genio Fellini, en 2020, cuando se cumplen 100 años de su nacimiento.

@perezlopresti

 

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