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Antonio Sánchez García: Estamos tocando el fondo

 

Asombra y disgusta reconocerlo, pero en este absurdo, tropical y bananero burdel político no parece haber otra racionalidad – devoradora, por cierto, e implacable– que la del régimen castrocomunista que nos abruma.

La contrarracionalidad, por darle algún nombre a la estrategia que nos ha impuesto la familia borbónica que maneja y manipula las fuerzas democráticas detrás de Leopoldo López y sus aliados de la cuarta república encabezados por Ramos Allup, nos ha conducido como a un hato de subnormales –con perdón de los subnormales– a este pestilente e inmundo callejón sin salida de este Domingo de San Juan Guaidó, la opereta más desafinada y descabellada de la esquizofrénica bicefalia que se nos ha obligado a presenciar. Vomitivo.

En primer lugar, y lo repito por enésima vez pues lo he dicho en todos los tonos, insistir en volver a elegir y juramentar a un fracasado que en 365 días no ha avanzado un milímetro por la ruta que nos comprometió a seguir. Y eso sí duele, porque la habilidad de nuestros carceleros obligó incluso a la llamada Fracción 16J, último despojo a salvo del naufragio, a tener que ahorcarse.

Así, la mínima racionalidad puesta en el sancocho, fue amoratado por esos restos de sentido común. Verse obligado a hacer lo contrario de lo que se había propuesto no puede recibir otro nombre que humillante fracaso. Así, hasta los más renuentes se ven en la obligación de seguir el rumbo impuesto por el tirano. Sin obtener nada a cambio que demostrar su ínclita incapacidad de asomar algún atisbo de racionalidad hacia el futuro.

Lo repito aún consciente de que no servirá de nada, pues no hay peores sordos que los que se niegan a oír: estamos en medio de la más grave crisis de excepción de nuestra historia republicana, acosados por unos asaltantes del castrocomunismo armados hasta los dientes y sin una gota de amor patrio, que persiguen hacerse dueños, al costo que sea, de la soberanía de la Venezuela que un día fuera liberal y democrática.

No les interesa Venezuela, que bien se la pasan por sus entrepiernas: les interesan los últimos residuos sobrevivientes del petróleo, ansían apropiarse del oro y los diamantes, el coltán y cuanto haya de negociable en los subsuelos de un territorio que otrora fuera una república. A la que en el colmo de la estulticia los propios venezolanos hundieran en la ignominia.

Y cuando señalé el inevitable camino del fracaso al que nos llevaría quien nunca estuvo a la altura de las circunstancias, puesto en donde no debería estar ni jamás debió haber llegado por la concatenación de causas y azares de nuestra tragicomedia y la acción de la familia borbónica del patio, se me dijo: “Se ara con los bueyes que se tiene”. No han cosechado un nabo, pues ni siquiera se aró en el mar: se aró en un pantanal de cocodrilos hambrientos. Bajo un viejo y avieso principio de la politiquería nacional: agarrar manque fallo.

El del domingo fue un acto criminal, promovido por la deslealtad y la traición de los borbones de Voluntad Popular y la insaciable voracidad del G4. Pasando por encima de un pacto de gobernabilidad acordado hace cuatro años, en vez de honrar el acuerdo y nombrar a quien le correspondía por derecho propio, a saber, quien eligiera la fracción minoritaria de la Asamblea, en el caso de la Fracción 16J, a la que le tocaba el turno por la rotación acordada hacerse cargo de la presidencia de la Asamblea y eventualmente, de la República, se insistió en la triste figura del fracaso.

Su avidez y su voracidad, a la cabeza de una banda de sabandijas que nos fueran impuestos hace cuatro años por las mafias dirigentes de los partidos opositores, los llevó a enfrentarse, de traje y corbata, a los asesinos que les impidieron incluso el uso del Hemiciclo. Allí se vio la materia de que están hechos: un diputado tan desconocido como lo fuera Guaidó hace un año, salió presuroso a prestarse a la farsa que dejaba la Asamblea en manos de Nicolás Maduro. Ergo: de la pandilla castrocomunista que que nos desgobierna.

Solo me cabe citar una estrofa del poema de Gabriel Celaya, “La poesía es un arma cargada de futuro”:

“Porque vivimos a golpes / porque apenas si nos dejan/ decir que somos quien somos. / Nuestros cantares no pueden ser / sin pecado un adorno; / estamos tocando fondo / estamos tocando fondo”.

¿Saldremos a flote? Nadie tiene la respuesta.

@sangarccs

 

 

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