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Ramón Hernández: Homo chavezcus

 

En el trópico la hierba crece más rápido, los colores resaltan más en la claridad y los procesos transformadores requieren menos tiempo. Si el régimen soviético necesitó para crear el homo sovieticus 74 años de dictadura y la muerte de más de un centenar de millones de personas por hambre, fusilamientos, torturas, crueldades gratuitas, lavado de cerebro, procesos judiciales falsos, guerras innecesarias y distracción de funcionarios ociosos, en 20 años los bolivarianos del socialismo del siglo XXI han logrado una versión tropicalera del ansiado hombre nuevo: el homo chavezcus, el hombre chavista.

Un espécimen novedoso en su contextura física y en su desarrollo espiritual. Ya no es el venezolano díscolo y retrechero a quien se le daba bien robar gallinas y que tanto enorgullecía a Manuel Peñalver, el único sindicalista que ha sido secretario general de AD, sino uno que empezó gritando “con hambre y desempleo, con Chávez me resteo” y terminó el año 2019 despojado de dignidad y aceptando aparecer en un video dándole las gracias al comandante en jefe Nicolás Maduro a cambio de un pedazo de pernil sospechosamente putrefacto que recibió después de horas de espera y maltratos de los compañeros del consejo comunal y de los funcionarios de los CLAP.

Con Lenin, primero, y con Stalin, desde 1922 hasta 1992, la población de Rusia, Ucrania, Georgia y demás territorios dominados por los bolcheviques fue sometida a un proceso de transformación, de ingeniería social. Le impusieron con violencia la colectivización del campo y multiplicaron la extracción minera, las obras públicas y la producción mediante la mano de obra esclava. En donde el mundo suponía que se construía el paraíso de la clase obrera, se levantó un sistema injusto en lo humano y políticamente sanguinario, que nunca aplicó la Constitución que presentaban como la mejor del mundo y la única que garantizaba la absoluta felicidad.

En la República Bolivariana de Venezuela no hubo reingeniería social ni debates ideológicos. Hubo un mesías –y continúa su heredero– que expropió a pobres y ricos, pagó la deuda externa argentina, compró armamento a Rusia, se endeudó alegremente con China y le regaló la fórmula de la orimulsión. A Cuba, a los miembros de Petrocaribe y a sus socios Mel Zelaya, Daniel Ortega y Pepe Mujica, los incorporó con sueldos millonarios a la nómina de Pdvsa, al igual que a varios secuaces avispados de los Kirchner, todos muy diestros en meter cientos de miles de dólares en maletines de poca monta. Los negocios con Lula son secretos mil millonarios.

El precio del petróleo llegó a 170 dólares, pero no hubo inversión ni se tomaron previsiones para los tiempos malos. La chequera petrolera parecía infinita. La única gran medida, por el tamaño y la desfachatez, fue el despido de 20.000 trabajadores petroleros que fueron azuzados a participar en una huelga que dislocaría el país y dejó claro que el G-2 de los Castro había introducido un cambio doctrinario en las fuerzas armadas y ya no eran los orgullosos herederos del ejército Libertadores, los aguerridos  soldados de Páez, Piar, Mariño, Soublette, Urdaneta y Bolívar, sino pitocos entreguistas.

No solo con desidia e incompetencia destruyeron la infraestructura, las industrias básicas y dejaron en cero la generación eléctrica, también se robaron las reses de las haciendas expropiadas y convirtieron en chatarra empresas como la Cantv, Agroisleña y Café Madrid, ejemplos de buena gerencia. Prometieron mejorar el sistema educativo, pero no ha habido mayor estafa en la enseñanza ni peor ortografía que en las escuelas bolivarianas y las universidades ídem. La Misión Robinson y la Misión Sucre fue una manera de aumentar la coima de 100.000 barriles diarios que le entregaban a Cuba, más de 2 millones de dólares diarios. Ni los rusos les dieron tanto, mira tú.

Aunque hubo amagos de repetir la experiencia de los pioneritos cubanos que querían ser como el Che, el esfuerzo fue más por el lado capitalista, con la Gran Misión Vivienda, que fue un acto de terror contra Caracas y un negocio para Farruco Sesto y su tropa. Fruto Vivas tuvo que aplaudir las indignas gavetas para meter pobres que presagió y cuestionaba cuando la democracia a través del Banco Obrero entregaba apartamentos de 120 metros cuadrados, con balcones y ascensor, pero sin artefactos chinos que se dañan antes de usarlos.

El socialismo del siglo XXI hizo ricos a generales y almirantes, a rectores electorales, a magistrados, a ministros y también a locutores que mentaban madre a medianoche en las televisoras públicas, y a periodistas de corazón naranja, Martín. Ahora cunde el hambre en Catia y Caucagüita, pero en los bodegones del este cobran en dólares y hay de todo menos carencias. Todos devienen en bachaqueros y todos tienen su tarantín portátil. Ay, Adriano, mercantilismo depredador.

En diciembre, antes de la payasada bien remunerada del diputado Luis Parra y sus secuaces, una nutrida representación del hombre nuevo, creado por el socialismo rojo rojito del siglo XXI, asinus est, tomó por asalto la Casa del Libertador Simón Bolívar para vender baratijas, pacotilla, quincallería china, chucherías y cuanta fruslería encontraron. Herejía. Rematan el país y su culto bolivariano con tiro de gracia. Cerrado por luto.

@ramonhernandezg

 

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