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Antonio Sánchez García: Estos oscuros momentos de la historia

 

La Historia, con mayúsculas, no está pasando por América Latina. Sigue empeñada en librarse en Asia y el Medio Oriente, en tierras otrora de las Mil y una noches, Simbad el marino, Samarkanda y las rutas de sedas y especias de Oriente. Las alfombras mágicas se han transmutado en drones automatizados, como aquellas, sin presencia humana. Cargan el mensaje de la devastación y la muerte. Sin que ni el más poderoso hombre fuerte de la antigua Persia de los sha, desde 1979 de los ayatolas, puedan librarse de sus terroríficos efectos. El más poderoso y omnipotente esbirro de Jameini, la versión chiita del Dr. Guevara, ha terminado carbonizado y descuartizado junto al aeropuerto de Bagdad. Una mano amputada, con el poderoso rubí del generalato en su dedo anular, yace entre la hierba. Una pierna, descalza, sobre el asfalto. Un muñón de un tórax carbonizado da prueba de que eso fue un hombre.

Venezuela es una caricatura de la historia real que se juega en Siria o en Irán. Como ayer en Indochina, en Vietnam o en Corea. Como jamás en América Latina. Si en Washington no se nos toma en serio no es por culpa de una congénita indiferencia de Estados Unidos. Es porque, así nos pese, hemos honrado la despreciable consideración de que no somos más que su patio trasero. Antes una farsa que una tragedia. Chávez fue un farsante, un payaso sangriento que solo pudo llegar al poder en un país caricaturesco de una república bananera. Ni en Irak ni en Irán las cosas suceden como vienen sucediendo desde la defenestración de Carlos Andrés Pérez y el papel prominente que jugaba Venezuela, fundadora de la OPEP. Eso explica los ataques a la embajada norteamericana en Bagdad y las razones que llevaron a un rápido agudizamiento de las tensiones entre Irán y Estados Unidos y la fulminante decisión de Donald Trump de parar las pretensiones iraníes asesinando de un bombazo al hombre fuerte, la mano derecha del líder ayatola iraní Jomeini, el poderoso general Soleimani. Bastó un llamado telefónico del Pentágono, indicando que las condiciones estaban dadas para liquidar a Soleimani, pronto a aterrizar en el aeropuerto de Bagdad, para que el presidente de Estados Unidos diera la orden de disparar sus misiles desde un dron, un avión no tripulado, que esparció por los suelos los despojos mortales del hombre fuerte de Irán.

¿Qué peligro para la paz mundial y más en particular para la seguridad y sobrevivencia de Estados Unidos puede representar el régimen de Nicolás Maduro y sus pandillas de ladrones, asaltantes y narcotraficantes venezolanos? ¿Comparar a Tareck el Aissami o a Diosdado Cabello con el general de las soldadescas Quds del régimen chiíta, Qasem Soleimani y a Nicolás Maduro con el ayatola Jomeini? Un desaforado despropósito.

No es descabellado tenerlo presente en vísperas de otra farsa más, la reelección de un político sin enjundia ni razones morales o intelectuales como para alcanzar proyección internacional real. Un joven diputado consentido por las cancillerías de Occidente, firmemente convencidos de que la farsa castrochavista venezolana no pasará a mayores. Salvo incentivar y financiar a agitadores radicalizados al servicio de la tiranía cubana, como en Chile. O profundizar una crisis humanitaria que no alcanza los desastres que sufren aquellos que huyen de sus países en Asia, África y el Medio Oriente, echándose a las aguas del Mediterráneo así arriesguen sus vidas.

Lo real maravilloso, esa patraña inventada por Alejo Carpentier y comercializada por Gabriel García Márquez, ya sentó el modelo: nada de lo que suceda en América Latina es serio y merece la atención mundial. Seguiremos siendo el patio trasero, el Macondo para el disfrute literario de las élites europeas.

@sangarccs

 

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