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Ramón Hernández: Vientos de destrucción

 

La gasolina es gratis en Venezuela. Lo que se paga es tan insignificante que ni se toma en cuenta en el cálculo del presupuesto de una familia, tenga la cantidad de carros que tenga. Tampoco en los análisis de costos de las empresas, siempre será el que atiende el surtidor el único beneficiado, sin inversión y con un sueldo garantizado, aunque muy devaluado. El renglón refrescos, un gasto ocasional, lo triplica. Su verdadero costo es en tiempo y en las pimpinas que los militares y sus amigos de la guerrilla colombiana sacan de contrabando como si se tratara de papel moneda o del buen café de Boconó.

Solo en 2010, un año de altos precios petroleros y con Pdvsa a media máquina, la revolución bolivariana quemó 15,7 millardos de dólares en el subsidio del combustible, sin incluir el gas para vehículos que mientras lo hubo siempre fue gratis-gratis, jamás se pagó siquiera un monto simbólico. Una cantidad bien grande, que no se destinó a construir escuelas, universidades, hospitales, plantas eléctricas y represas. Tampoco en la creación de fuentes de empleo ni al pago de pasivos laborales que se han incrementado y vueltos polvo con piruetas y devaluaciones.

A las universidades públicas y a la educación en general se le han adjudicado presupuestos de hambre que limitaban los servicios básicos e imposibilitan la contratación de personal, el mejoramiento de los salarios del personal docente y administrativo, y dedicar recursos a la investigación y a la dotación de las bibliotecas. La prioridad era el armamento, los equipos antimotines y la dotación y entrenamiento de los cuerpos represivos y contrainteligencia. Pintaban lo que vendrían.

Venezuela es dueña de un arsenal bien pesado. Los tanques demuelen las calles por donde pasan y tumban los puentes. Como los helicópteros presentan la misma característica, cualquier viento de cola los tumba. Es el quinto cliente en ese rubro de Rusia, pero autónomas no hay suficientes investigadores ni herramientas para generar conocimiento, saber.

Las universidades autónomas “funcionan” por debajo de los márgenes de operatividad y ya hasta escasean las balas en los cuarteles. Las hojas de cálculo del Ministerio de Finanzas se reducen a una larga lista de olvidos y negativas. La canalla ignorante tiene sus propias prioridades, sus lujos imprescindibles.

Jorge Giordani, que extrañamente dedicó su carrera a profetizar en el Cendes, nunca entendió que con los dólares que quemaba en gasolina destruía tanto la industria petrolera como la superestructura. Sus lecturas de Antonio Gramsci fueron incompletas o inexistentes. Vanos alardes. No construyó el socialismo, solo generó hambre y miseria para que unos pocos se apropiaran de las riquezas del país y también de su soberanía, que a falta de mejor uso se la han entregado a socios y cómplices. Tampoco La destrucción de la razón de George Lucáks, que hizo tanto por congraciarse con Stalin y su salvaje idea de progreso y estabilidad, fue su lectura de cabecera. No dirá que su precio, 92 dólares en tapa dura, era excesivo. Su ministerio tenía un presupuesto en divisas y también sus amigos de Seguros La Previsora, siempre con el revólver al cinto, fueron espléndidos con su persona y su familia.

Giordani aseguró la fidelidad de los pobres al régimen, pero no su dignidad. Ahora debe ser un santón arrepentido, huido a la Italia de sus años juveniles o sometido al silicio y otros autocastigos en su quinta con vista al Ávila para tratar de redimirse de tantos pecados y mentiras. Buena parte de la crisis humanitaria y económica de Venezuela es responsabilidad suya y de sus malos manejos de la economía y de los planes quinquenales que presentaba y le aprobaban. Ya nadie se acuerda de los saraos ni del eje Orinoco-Apure, pero esos fueron los primeros tiros que anunciaban esta desgracia. Los hermanos Vadell no publicaron los libros de Giordani por millones, si hubiera ocurrido así ahora se usarían como ladrillos para construir letrinas, como hicieron los norcoreanos con los ejemplares del Compendio de la historia bolchevique que Stalin supervisó y mandó a imprimir por millones como el catecismo de la nueva religión: el comunismo. Regalo antología de ejercicios para no perder la memoria no tan lejana.

@ramonhernandezg

 

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