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Siete imágenes; Un cuento de José Manuel Rodríguez

 

1. Del jardinero

Los jardines del campamento petrolero eran la imagen opuesta del socavón donde se exhalaba el pringoso chorro. Ni siquiera se parecía a los demás jardines de estas cálidas tierras, saturados de cuanta planta y arbusto son voluntariosamente sembrados en competencia con la naturaleza. Así habían permanecido desde que su autor y responsable de su cuido, los realizó allá por los años treinta. Era un gringo bajo y macizo que estaba al mando de un pelotón de silenciosos nativos. Tal simple y lógica continuidad no son comunes en el país del petróleo que es también de los olvidos. Pues bien, en ese pelotón había un canario llegado muy jovencito a estas tierras. Trabajó como aprendiz bajo la tutela del viejo, pasando con el tiempo y la dedicación a ser su asistente. Adquirió disciplina y sobriedad, cosa muy complicada de alcanzar en medio de un clima desmesurado y el corrosivo pragmatismo del aprovechamiento. Junto con las artes del jardín el viejo le enseño a defender, con tozudez implacable, la sencillez de su diseño, «todo debe estar a escuadra, es lo respetable» y haciendo un guiño, le comentaba que, si bien, eso nada tenía que ver con la razón del campamento, ayudaba a disminuir la percepción opresiva que los envolvía. Y describía los tres elementos constitutivos de esa mística higiene vegetal, resolutora de agobios: amplios prados segados a ras del suelo, sin ningún hierbajo, muros vegetales de baja altura y abundante floración gobernando la geometría y el color; y de tanto en tanto, densos macizos de altas palmas que matizaban la intensa luz solar. Por eso, cuando el masón tejano falleció de vejez, el muchacho ya hombre y considerado por la administración gringa como disciplinado, silencioso y sin las “mañas” de los nativos, quedó al frente del equipo de peones. Gozaba de absoluta libertad para moverse por el campamento a cualquier hora. Recorría los jardines sin descanso, mientras durara el día, eliminando bichos y hongos, manteniendo bajo control el crecimiento de las especies sembradas y, sobre todo, desechando sin consideración alguna cualquier nueva planta que apareciera, nacida por la vida o sembrada por un espontáneo entrometido. Les decía a sus ayudantes que los jardines, a diferencia de la naturaleza, deben ser asumidos como totalmente acabados y el trabajo del jardinero era mantener el orden establecido allí. Se le encontraba siempre caminando entre las casas, con su sombrero de paja de ala ancha, armado con un cinturón del que colgaban diversas herramientas y un saco de sisal para los desperdicios vegetales, pues no se andaba con remilgos por ser jefe de equipo. Vestía, como todo el personal obrero, su pantalón de guayacán, pero, de color caqui, los azules no le gustaba en su jardín, sólo en las flores estampadas sobre las faldas de las mujeres de los “americanos” a quienes dirigía solapadas miradas cuando los pliegues de la tela se metían entre sus muslos. Y no es una indiscreción decir que su permanente presencia hacía inevitable que se enterara de los cuentos que se contaban, y también, que sostuviera encuentros fortuitos con alguna dama alborotada. Por fortuna, para tranquilidad de las señoras, la templanza y moderación de su carácter silenciaba cualquier habladuría sobre la supuesta concupiscencia de los extranjeros residentes en el campamento. Desde que comenzó a trabajar como jardinero, había quedado envuelto en la austera disciplina del viejo, por eso sus murmuraciones y aborrecimientos, que las tenía, eran sólo conocidas por las plantas, «ellas saben escuchar sin hacer preguntas» decía frente al repetido comentario de ser un conocedor de secretos. Tal vez buscaba, en la moderación y pulcritud del trabajo, la manera de enfrentar la doble moral de esos extranjeros, que iba mucho más allá de la liviandad de sus relaciones maritales. Recordaba al viejo comentarle molesto que el respeto que mantenían sus coterráneos con las leyes de su país aquí se desvanecía como el vapor. Y decía que con frecuencia los oía hablar, sin ningún recato, sobre las capacidades de los tanqueros que cargaban petróleo, muy superiores al arqueo registrado. También escuchaba sus sarcasmos cuando comentaban el triste pago extra que le hacían a los funcionarios criollos enterados de este vaciadero de petróleo. Los domingos en las mañanas, mientras los gringos asistía a sus iglesias, que eran varias en el campamento, él iba a leer en la pequeña biblioteca que el viejo jardinero había ayudado a montar. Una inscripción, en su entrada decía: “The True Gentleman is the man whose conduct proceeds from goodwill and an acute sense of propriety…” En sus libros descubrió que los hechos no se detienen con fingimientos. Supo del torcido modo utilizado por la Standard Oil para obtener las concesiones de esos enormes territorios orientales y también leyó aquella descompuesta oración compuesta, dirigida a sus subalternos por uno de los jefes que tuvo el país del petróleo: «Nosotros no sabemos de esto, dejen que ellos redacten una buena ley». Toda aquella untuosa ambigüedad que dominaba el ambiente petrolero, le producía recios estremecimientos internos cuya expresión exterior controlaba con dureza. Seguramente se le revolvía el recuerdo de las acidas palabras, escuchadas cuando llegó a estos territorios y que luego, como si se tratara de un silabario, separó en sus veintidós sílabas. Sería por eso que frecuentemente les preguntaba a las cayenas por qué, hinchadas como están, no tienen olor. «No me responden nunca».

2. De la travesía

Había venido, niño aún, de aquellas islas que dan la espalda, avergonzadas de origen, al pardo viento saharaui. Lo hizo como pasajero de oportunidad en la viscosa lentitud de un barco transportador de petróleo. Por más de una semana navegó un mar de borrascas y sargazos. Tales tiempos determinaban la ausencia o no de la neblina grasienta producida por la quema de combustible. El buque era tan lento como los vientos más flojos, pero dejaba atrás a las galeras portuguesas que flotaban su virulencia en la superficie del agua. El niño las contaba en las mañanas de tranquilidad. En sus iridiscentes velas veía naves desconocidas junto a peces que vuelan y pájaros que nadan. El resoplido de una ballena le hacía perder la cuenta. El navío, luego de atravesar los mares occidentales y penetrar un airado golfo de olas oscurecidas que en tiempos lejanos fue refugio de ese cetáceo, recaló frente a la grieta abierta por un río en el muro vegetal. Su profundidad había sido preparada para que penetraran por él embarcaciones de gran volumen. Sólo había que esperar que la marea fuera propicia para hendir su proa entre los marrones sedimentarios y los agobios verdes de la selva. Amanecía en mayo del año 1951, el mes de la sexualidad floral y de las moscas, que también hacen lo propio. La nave de acero subía el río y su negro ronquido agitaba el rojo de las garcetas y los azules papagayos. Miles de mariposas amarillas rebotaban en el aíre, extraviadas en la opaca densidad del humo que brotaba de la chimenea. Los lomos asustados de grandes peces metálicos hacían estallar el agua de arcilla. El niño, aferrado con ambas manos al barandal de babor, devoraba el trópico con boca asombrada. En algunos claros de las orillas aparecían, como siluetas sobreexpuestas, otros niños. Observaban la nave mientras caminaban desnudos con su barrigas hinchadas y sus flacos perros en un inútil intento de acompañar la navegación. Con el tiempo entendió que tal sobreexposición era el relumbrón que cubre todo viaje a lugares desconocidos, un atenuador de distrofias que convierte en tórrido encantamiento las miasis y lombrices. Y fue en ese mismo barandal que remontaba la mañana donde escuchó, sin entenderlo, pero penetrándole las sienes como afilado punzón, la conversación cercana de tres tripulantes. Hablaban, y sus miradas envaradas acompañaban las palabras, sobre aquellos que se asomaban en los claros de la selva. Decían estar fatalmente afectados por la suciedad y el ocio, y mencionaban a otros que estaban más adelante, haciendo algo que tampoco entendió, pero, que convertía la vida en conjuro. De ellos asumían ser los únicos que trabajaban en ese lugar gracias a lo cual el negocio del no sé qué, existía. Y lanzaron al aíre un avieso desahucio que dejó marca en los lóbulos temporales del niño: «Ahí las flores no tienen olor, los hombres honor y las mujeres pudor».

3. De los emigrantes

Luego de la guerra en la Iberia del caudillo la realidad obligó a ponerse las mascaras del teatro. El grito «una, grande y libre» cambió la exportación de chorizos y olivas por peninsulares e isleños depauperados. Algunos, con escolaridad debajo de sus sombreros de fieltro gris, salieron conservando la altivez castellana, otros, sólo portando las resignadas boinas campesinas. Ambos retazos sociales de la España franquista vaciaron de hombres las casas. Aquellos que, años antes, se habían ceñido sus gorras cuartelarias para enfrentar la muerte desde trincheras fascistas y republicanas, marchaban ahora, sin acompañamiento marcial y con sus pequeñas valijas de cartón encuerado, a la búsqueda de un horizonte donde amarrar sus esperanzas. Los de la península se sumergían en el amasijo de las bodegas de los trasatlánticos italianos, que por esos tiempos, en tránsito a las Antillas como les gusta decir a los europeos, paraban en el puerto de Cádiz. Luego recalaban en esas islas colgadas de África donde, una fila de hombres solos y enjutos que apenas habían podido reunir el dinero del pasaje, terminaba de llenar las bodegas. A veces, por un pago menor y sin muchas consideraciones con sus vidas, se podía embarcar en cualquier velero con vocación marinera. El atavismo isleño no dejaba espacio para aprensividades con un mar siempre amenazante. Algunos, muy pocos, lograban viajar en los tanqueros y cargueros que atravesaban el crespo oleaje para llenarse de petróleo o vaciar el trigo en las tierras americanas. Subir a uno de esos barcos, sin comodidades para viajantes, requerían de alguien influyente y un monto adecuado de pesetas que estimulara el visto bueno de la autoridad de turno. Y así el niño fue pasajero. Él, como las novias casadas por poder, sería entregado en América a un responsable de recibirlo. Era usual que madres solas, enviudadas durante la guerra civil, u olvidadas luego del viaje de sus maridos, terminaran enviando sus hijos varones a algún conocido, más allá de la mar, como mano de obra barata. Podrían, se consolaban, ganarse la vida que resultaba tan difícil por estas tierras desgarradas por el tutelaje militar y religioso. Mientras tanto, las esperanzas y alucinaciones de estas mujeres no las frenarían de buscar aplacar ardores con los jóvenes incontinentes que por allí quedaban. Siempre estaba presente la posibilidad de que allá, en el horizonte providencial, niños como este prosperarán y pudieran enviarles a sus desconsoladas madres, la remesa del emigrante que tanto le aprovechó a la enmierdada economía de esa Europa meridional, que soñaba con repetir las lejanas glorias imperiales.

4. De sueños y afanes

En un grosero muelle que servía de atracadero terminó la alucinante remontada del río. Lo habían construido sobre el barro hediondo a hidrocarburos que cubría la orilla. El expatriado niño descendió, aprensivo, por el entablado que hacía las veces de escalerilla. Un poco más allá, en un puesto de control, un grupo de guardias con mauser al hombro y espadón en la mano, formaban un áspero comité de recepción. Movían el largo cuchillo como un péndulo sobre el piso, levantando chirridos al cemento. Tal aspaviento amenazante, común en tiempos de charreteras, formaba parte del espectáculo que disimulaba la ligereza del negociado con los poderes que mueven el petróleo. Superada la coreográfica de la intimidación penetraron en el paisaje de la modernidad subordinada. Caminaban por una trocha embarrialada que rodeaba la planta refinadora llena de torres y tubos que, como falos, escupían las espesuras blancas provocadas por esa gran vagina industrial. La trocha pasaba luego por un caserío con techos de zinc oxidado y de palmas resecas, para llegar a los impecables portones del campamento de la Standard Oil, la novedosa ciudadela de la ocupación. Los distritos petroleros no se andan con remilgos para extraviar la soberanía. Alguien, con vocación de guía turística, explicaba a los caminantes que el cercado existente no era barrera defensiva, sino vitrina para que los nativos aprendieran del progreso. Era la pretenciosa caracterización de aquel enclave de casas metalizadas, levantadas del suelo para protegerlas de emanaciones y alimañas, sin calles que las sujetaran a la tradicional vecindad. Parecían flotar en el amplio prado impecablemente recortado, salpicado por impúdicas cayenas rojas muy abiertas y macizos de palmas cimbradas. Los hombres que las habitaban, colorados de sol, con camisas blancas de mangas recortadas y corbatas pigmentadas sin moderación, eran “los americanos”. Grupos de mujeres, más bien pálidas, parloteaban a las puertas del economato. Sus faldas amplias y estampadas con pequeñas florecitas primaverales, otorgaban ambiente pastoral a esa estampa de celuloide. Afuera quedaba el barro y los niños de piel oscura, desnudos como sus tiñosos perros, aferrando sus manos vacías a la cerca del desarrollo. Igual quedaba afuera, contenidos por el alambrado y sus recios custodios, los llegados desde diversos sitios del país: pescadores de las costas cercanas y campesinos de entristecidos conucos, sirios vendedores de telas en las calles, bodegueros afanados en levantar sus tendederos. Llegaron también, como siempre, las putas, los mal vivientes y los fulleros disfrazados de burócratas o de gestores. Todos al servicio de esos cuellos colorados reconocidos como dueños y señores del territorio y su riqueza. Ningún cambio de gobernante modificó la vileza de esta relación ni puso fin a la acumulación de miseria producida por el millonario caudal petrolero que flotaba en las aguas de ese río. El niño, conmovido por un bochorno sin explicación, iba metiendo todas estas imágenes en su desocupado archivo de vida. Con menos años que entereza asumió que había llegado al destino que se le asignó. Pasaba a ser uno más en la cornisa que separa la ciudadanía de la precariedad, y eso ya era bastante.

5. De los chaimas

Cuando el jardinero  salía del cercado campamento lo hacía para sumergirse en la exuberancia del escenario natural no afectado por la extracción petrolera, aún habitado por nativos originarios, siempre cercanos al río. En tiempos remotos antes que el miedo blanco lo convirtiera en su camino de pillaje, las semillas del “árbol de la vida” bajaban por él para impregnarse de la sal del mar y abrirse dejando salir de su interior a los chaimas, una apacible nación de agricultores de bajo porte y anchos hombros, habitantes de esas selvas orientales. Luego del parto de las semillas en un mar de aguas jaladas por grandes corrientes y rugientes olas, debían regresar remontando el río. Sólo lo lograban los más fuertes y decididos. Al llegar, después de tan extenuante esfuerzo, abrían al nuevo conuco para la siembra. Cuando envejecían se retiraban al bosque a buscar el cachicamo rojo de cuyo tronco construirían el cayuco que los regresaría al mar, a flotar por siempre en lo que sería su paraíso. Con la invasión de desalmados aventureros y torcidos misioneros, su lengua enmudeció. Al llegar los astutos gringos y los ladinos criollos, montados en el chorro petrolero, los chaimas, sin árboles para cayucos ni esperanzas que montar en ellos, fueron muriendo sobre el lodazal de los manglares. Los pocos sobrevivientes de esa raza recolectora de mariposas amarillas se embarullaron de alcohol y grasa. Algunos, muy pocos, mantenían la dignidad de sus recuerdos perdidos en la vejez ya desprovista de respeto alguno. Para dónde iban cuando salían en sus cayucos al marle preguntó el isleño a un exclarecido chaima que, con cierta dedicación, frecuentaba. El chaima, tan envejecido como depauperado, podía ser visto cerca del muelle, contemplando ensimismado el río, Íbamos a encontrarnos, con nuestros antepasados, en la tierra que flota, como un disco en el marY ahora, cómo harás para ir a flotar allá… Construiré el cayucoSi encuentras la madera, cómo lo harás sólo y sin herramientasCon tu ayuda, también tú deberás regresar al mar de donde viniste El jardinero oía con fascinación al viejo chaima hablar con certeza de cosas que no tenía qué conocer, Crees que ya me llegó el tiempo de irme, yo aún no he llegado a viejoNo es el tiempo que tengas viviendo, sino del deseo de continuar haciéndolo. Cuando eso falta o se pierden las fuerzas, es tiempo de hacer el canaaba. Ven cuando eso te ocurra y juntos lo haremos Y si te vas primeroNo lo haré… El viejo volvió a la contemplación del bajar de aquellas aguas manchadas de grasiento fulgor dejando al jardinero turbado por la firmeza de esta aseveración.

6. Del cazabe fermentado

Un día el campamento petrolero amaneció alterado. “Los americanos” entregaban el manejo del flujo negro a los criollos. En la refinería se efectuó el traspaso de la administración, unas banderas bajaron y otras subieron. Fue en realidad un traspaso consensuado, moderado y pragmático, como lo establecen las buenas costumbres liberales. La celebración de tal acontecimiento se hizo en los jardines. Allí colocaron mesas con comida y bebidas, sin sillas para que no extendiera más de lo debido. La confraternidad entre técnicos que se iban y técnicos que llegaban trató de dar certezas de la continuidad del negocio, aunque la multitud de acompañantes que los rodeaban, buscones de los espacios que iba a dejar el nuevo reparto de la renta, la descompusiera. El jardinero, que también estuvo presente, recibió el vaporón del convite como un mazazo. Con la impotencia de los brazos en la espalda, un rictus amargo en los labios y sus ojos ensombrecidos por el ala ancha de su sombrero, contemplaba el jardín pisoteado por propios y advenedizos recién llegados. Mantenía distancia de los conversadores colgados de sus vasos de güisqui, pero los oía, entrenado como estaba para escuchar. El palabrerío, que al principio era prudente y cortés, se transformó con el paso de las horas en vocinglería tabernaria, la incoherencia tomaba el control. Por el aire volaban impúdicas todas aquellas convicciones que la gente construyen para explicarse la vida.

De liceistas gritábamos que el petróleo era nuestro, no de los yanquis, y míranos, aquí estamos tomando posesión de élTambién decíamos yanquis go homeEran vainas de muchacho, esta es la verdadera revolución: tecnológica, gerencial, positivistaY en manos nacionalesA carajo, ya empezaron a hablar güebonadas, ellos van a seguir siendo el gallo de este corral, le tenemos que vender toda nuestra producción para su comercializaciónY qué querías, son los que manejan el mercado energético, te le vas a enfrentarDejen la ladilla política, ya me calé los discursos insoportables de los jefes, y con este solazo, vine por tragos y carajitas y no he visto ningunaMás de una de estas viejas pálidas estaría feliz de que te le metieras en su casaY sus maridos tambiénEspero que nuestros políticos hayan aprendido algo de los americanosNo lo creas, ellos suponen que el voto popular los legitima para lo que sea Qué quieres decir con lo de sus maridosSon carne fríaHablando de carne, cuando me asignen una de estas casas  monto una churuata con parrillera y todoAsí es, populismo y punta traseraNo se lo crean mucho, los americanos no van a consentir que le embadurnen el negocio con guasacacaCon esta palamentazón cualquiera se mareaBueno espero que no se arme un cojeculo en la empresaEso pasará, no tiene remedio, y los demás seremos sus alcahuetesEso es lo más que añoro de Houston, le echaba mantequilla de maní a todoEste ya está pelado Is peanutAl partido se le olvidó el jamón serrano con melónYa que hablan del partido a nosotros nos preocupa esa democracia de ustedesThe color is uneven with shadesof black, brown, or tan Plis Daisy, yo me refiero al derecho de votar, tal cosa no es el centro del asuntoTiene razón ya llegaron los coleados a emborracharseI do not understand what you sayLas elecciones deben ser indirectas, es la mejor manera de calificar el voto, como lo hacemos en nuestro país. El derecho a la ciudadanía no es para todos, sería como dar margaritas a los cerdosDe acuerdo mister, mírelos aquí… Por Dios, es lo más atrasado que he oído en mucho tiempoPor favor María Teresa, no le hables así a nuestros anfitrionesDeja de reprocharme para congraciarte con el gringoSeñora, así hablan los marxistas, que son del siglo diecinueve por si no lo sabía, Discúlpeme no estoy hablando de marxismo, ni siquiera estoy segura de lo qué es, hablo de los derechos de todos a la ciudadanía, que no es subversión ni indulgenciasLa subversión es de los comunistas, del Papa las indulgenciasPudieras callarte un rato Ah, tú sí, crees que la industria va a funcionar en manos del chusmero que llamas ciudadanos, miren allá, a esa vieja que va por la carretera, el calor del asfalto la hace transparente, como un ánima en pena. Miren las canillas, flacas y nudosas, son iguales a los leños que lleva en la cabeza, seguro que huele a cazabe fermentado

El isleño, colgadas sus manos del lado interior de la cerca, no vio a la indígena, veía al niño que fue, igualmente colgado del otro lado del tejido. Y miraba los jardines pisoteados y alterado por las servilletas de papel que el viento arrastraba. Veía también las cayenas, cortadas para adornar las mesas, con su hinchazón de rojo sexo aplastada por el calor desatado. «A los americanos sólo les interesa comprar cosas que no usan». Y aunque no conocía nada de los torcimientos históricos de los que hoy llegaban, los percibía. Tal vez eso, junto al recuerdo de las aseveraciones del viejo chaima, fue determinante. El personal de servicio recogía el desmadre cuando él ya caminaba, con paso firme y un fardo en su mano derecha, fuera del campamento.

7. Del cayuco

No hubo que esperar mucho para que la refinería del río cerrara sus operaciones. Enmudeció el pito que resonaba por todo el lugar anunciando la entrada y salida de los trabajadores. El manejo directo del asunto petrolero redujo la complejidad productiva a “algo” que produce una utilidad periódica, como si se tratara de una gigantesca y silvestre mata de mango. Colocarse bajo su sombra significó “democratizar” las posibilidades de hecharle mano a sus brotes sin percatarse de la tiña imparable generada por la dejación.

Aunque, más allá de la premonición del chaima, no hay forma de saber si el isleño abandonó el campamento porque intuyó el “me da la gana”, lo cierto fue que los tanqueros dejaron de subir el río y en compensación natural las garzas y peces se tranquilizaron. El pueblo se apagó tan rápido como el matorral llenó la geometría vegetal firmemente defendida por el jardinero. Él, ya convencido que la muerte del espíritu no debe suceder antes que la del cuerpo, se había ido con el viejo chaima a la selva que río abajo se extendía hasta el mar. Con las indicaciones silenciosas del anciano la talla del último árbol que transmuta en cayuco, avanzaba sin descanso y sin prisa. Los conocimientos del viejo en esos menesteres eran muchos y grande la fortaleza del isleño ahora en plena madurez. Hablaban poco, el golpeteo de la hachuela y el machete era ya un sonido del bosque, como el aullido del mono y los silbidos del cristofué. Por encima de la floresta se elevaba día tras día la pequeña humareda de los tizones que ayudaban en la transformación. De esos humos brotaban los saberes y reciedumbre del verdadero americano y del africano blanco. Y desde lo alto de su leve columna arqueada, se podía ver el sinuoso descenso de los hombres hasta el mar. A veces ocurren cosas esenciales sin que nadie se entere, ahora sucedía, el buen hacer en lucha con lo contrario se deslizaba en la suave corriente venida desde los lejanos tiempos. El viejo chaima, sentado en la popa, dirigía la pequeña embarcación con suaves movimientos del canalete, eludía las grandes ramas que, como huesos de animales desmesurados, se amontonaban en las orillas. En el centro del cayuco, en pequeño montón, iban los frutos del bosque, las perikawá, el kumo y el tapiramo, los alimentarían en su viaje profundo. Hincado en la proa, con las manos aferradas a los bordes de la embarcación y el torso erguido, iba el isleño con la vista puesta muy adelante. Esperaba con ansiedad el encuentro con el mar de las olas oscuras que, a pesar de su cercanía, más nunca había vuelto a ver. Volvieron sus lejanos recuerdos, el de su madre, una mujer cuya edad no conoció por su pelo tempranamente blanco y una piel marcada por surcos afligidos. Hacía años que no sabía de ella aunque le continuaba enviando la remesa. Recordaba el campo del abuelo con huertas florecidas en terrazas de piedra que su niñez saltaba. Y con los recuerdos convirtiendo sus párpados en celuloide, buscaba las garzas y los loros ausentes, no vio las mariposas amarillas que rebotaban en el aire y ningún lomo de pez rompió el agua tranquila, bajaban con la tarde en un profundo silencio, como si la selva hubiera mandado a callar a todas las criaturas que allí habitan, era el silencio de la trascendencia, el apá chaima. El mar resonaba ya cuando la penumbra envolvía los densos manglares, la superficie del río continuaba iluminada con el apagado resplandor del cielo, y el cayuco comenzaba a agitase en el abrazo de las dos aguas. Los hombres lucían hermosamente imperturbables en su varonil encuentro con la noche, se sabían apaciguadores de la mar bravía.

 

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