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Rafael del Naranco: La amada del Tajo; Lisboa

 

A razón de haber estando leyendo autores portugueses  – de Fernando Pessoa a   José María  Eça de Queiroz, y de éste a José Saramago  – tardamos  añadas en comenzar “Canto libre del Orfeo rebelde” del lusitano Migue Torga, y en sus páginas han venido evocaciones de la urbe que acaricia con desmedida pasión   y se apretuja por última vez al río Tajo: Lisboa.

Miguel Ferreira usa mejores pinceladas: “Blanca azul roja verde castaña verde blanca muy blanca irresistiblemente alegre y acogedora flotando por el Tajo. Tierra a la vista. Era Lisboa”.

De ese promontorio, sobre el castillo de San Jorge, tengo una cicatriz en un costado del alma. Posiblemente ya no se vea, pero de aquella muchacha del añejo barrio de Alfama, donde los planos resultan inútiles para orientarse, me queda su sabor a salitre, sus ojos grandes, brunos – dos ascuas encendidas -, inundados de agua cuando me esperaba un pequeño paquebote para llevarme al norte, a Viana de Castelo, donde nos aguardaban, a ella el olvido, y a mí un seguir haciendo caminos.

Ya se sabe, los enamorados quieren a toda costa que su apego se vea, pero que su pasión no se comparta. ¿Dónde estará ahora Ana de Aveiro? En sueños la recuerdo y me sigue sabiendo su piel a ese licor de guindas llamado “grihinga” que solíamos tomar, en el último grito de la noche lisboeta, por la Rua Cascais.

Yo he escuchado decir que Lisboa se asemeja a un laberinto, pero eso suele suceder con frecuencia cuando uno es vencido por ese elixir prodigioso llamado Ribeiro, Carbalho, Ferreira, el rey de los aguardientes. Entonces sí, la ciudad, desde la Rua Alecrim arriba hasta llegar a Santa Catarina, se envuelve en un tejido de deseos imposibles.

Para muchos viajeros, la verdadera Lisboa de Camoens está en las tascas y los restaurantes con azulejos enmarcados, aún hoy, en las técnicas del siglo XVII, donde comer, beber, jugar a las cartas, discutir de fútbol y hablar mal del gobierno, forman parte de la esencia de  esa  raza de  marinos y emigrantes.

Pero para mí la metrópoli  ya no es la urbe aristocrática y bohemia de “Los Maías” o la de “El primo Basilio”, grandes novelas de Eça de Queiroz aparecidas a finales del siglo XIX, sino una ciudad de hombres y mujeres que transitan incansablemente las avenidas, ruas y muelles en busca de sus sueños cotidianos, lo mismo que estas letras del escribidor  maceradas hoy al saborcillo dulce  un  licor de cerezas.

El Tajo moldea  al aire una canción de navegantes: “Ciudades y ciudades, no conocéis mi vida, pero he dejado mucha sangre en vuestras piedras”.

 

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