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José Manuel Rodríguez: Cuentos del cuartel maldito

 

Había venido, niño aún, de aquellas islas que dan la espalda, avergonzadas de origen, al pardo viento saharaui. Lo hizo como pasajero de oportunidad en la viscosa lentitud de un barco transportador de petróleo. Por más de una semana navegó un mar de borrascas y sargazos. Tales tiempos determinaban la ausencia o no de la neblina grasienta producida por la quema de combustible. El buque era tan lento como los vientos más flojos, pero dejaba atrás a las galeras portuguesas que flotaban su virulencia en la superficie del agua. El niño las contaba en las mañanas de tranquilidad. En sus iridiscentes velas veía naves desconocidas junto a peces que vuelan y pájaros que nadan. El resoplido de una ballena le hacía perder la cuenta. El navío, luego de atravesar los mares occidentales y penetrar un airado Golfo Triste de olas oscurecidas, recaló frente a la grieta que un río abrió en el muro vegetal. Su profundidad había sido preparada, por la pujanza petrolera de un uniformado ideal nacional, para que penetraran por él embarcaciones de gran volumen. Sólo había que esperar que la marea fuera propicia para hendir su proa entre los marrones sedimentarios y los agobios verdes de la selva. Amanecía en mayo del año 1951, el mes de la sexualidad floral y de las moscas, que también hacen lo propio. La nave de acero subía el río y su negro ronquido agitaba el rojo de las garcetas y los azules papagayos. Miles de mariposas amarillas rebotaban en el aíre, extraviadas en la opaca densidad del humo que brotaba de la chimenea. Los lomos asustados de grandes peces metálicos hacían estallar el agua de arcilla. El niño, aferrado con ambas manos al barandal de babor, devoraba el trópico con boca asombrada. En algunos claros de las orillas aparecían, como siluetas sobreexpuestas, otros niños. Observaban la nave mientras caminaban desnudos con sus barrigas hinchadas y sus flacos perros en un inútil intento de acompañar la navegación. Con el tiempo entendió que tal sobreexposición era el relumbrón que cubre todo viaje a lugares desconocidos, un atenuador de distrofias que convierte en tórrido encantamiento las miasis y lombrices. Y fue en ese mismo barandal que remontaba la mañana donde escuchó, sin entenderlo, pero penetrándole las sienes como afilado punzón, la conversación cercana de tres tripulantes. Hablaban, y sus miradas envaradas acompañaban las palabras, sobre aquellos que se asomaban en los claros de la selva. Decían estar fatalmente afectados por la suciedad y el ocio, y mencionaban a otros que estaban más adelante, haciendo algo que tampoco entendió, pero, que convertía la vida en conjuro. De ellos decían ser los únicos que trabajaban en ese lugar gracias a lo cual el negocio del no sé qué, existía. Y lanzaron al aíre un avieso desahucio que dejó marca en los lóbulos temporales del niño: «Ahí las flores no tienen olor, los hombres honor y las mujeres pudor».

 

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