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La generación del 84: una generación perdida, viviendo de lo que ha sobrado

 

Las generación del 84, unos años por encima o por abajo, creció con unas expectativas muy altas. Eran los años dulces del capitalismo y, recién estrenado el caramelo de la juventud, vivieron los años más felices de su vida. Más allá de los problemas típicos de cada joven, el horizonte se presentaba para conquistarlo.

Habiendo crecido en una relativa abundancia, no habían experimentado problemas de violencia, desarraigo o desplome económico. Todo estaba para ellos expuesto en una bandeja de plata: relaciones divertidas, viajes, formación, orgullo familiar por sus logros y preocupaciones relativas a lo que su edad correspondía. Cuándo independizarse, cuándo dejar de formarse para empezar el primer trabajo laboral o cuántos idiomas eran necesarios además del inglés medio.

Pero de repente, todas las bandejas de plata se cayeron, las puertas se cerraron y parecía que fuera solo sonaban sirenas de miedo, de catástrofe. Bombas de paralización económica y culpabilizaciones a nuestro bando, cuando ni tan siquiera habíamos salido a comprobar que pasaba allí fuera. La generación del 84, la más preparada, feliz y tranquila, pasaría de prometer a desaparecer.

Alguien siempre tiene que sufrir las consecuencias de algo mal hecho. En este caso no fueron los culpables. Pasaron a sufrirlo las víctimas. Ese fue el punto de partida a la vida adulta.

Mujer triste pensando en olvidar su gran amor

La generación del 84: una guerra en la que no se oyen bombas

Dicen que, con el tiempo, los excombatientes de una guerra desarrollan estrés postraumático. La generación del 84 no ha sufrido una guerra, no tiene la licencia moral para quejarse al no haber pasado por hambre y muerte. Sin embargo, también ha sido objeto de un impacto importante.

Desganados, utilizados y cansados. Consumiendo psicofármacos tras un peregrinaje de trabajos basura, engaños y desarraigo. Amputados durante años intelectualmente, realizando trabajos para los que nunca fueron formados y donde estaban sobre cualificados.

Lo que antes era un triunfo, en una entrevista de trabajo se convertía en un peligro. Los diplomas y licenciaturas no servían para nada. Debían esconder sus méritos. No estudiaron para sentirse más que nadie, en cambio muchos que no estudiaron y solo trabajaron los veían como una población inútil y desfasada.

Como los exiliados de la guerra, ellos fueron los exiliados de la mediocridad y corrupción de un país. No se iban con maletas de cartón, sino con portátiles. Con rabia y desazón y sin saber muy bien si eso es lo que debían hacer.

La generación del 84: ignorados por los culpables, adelantados por los nuevos jóvenes

Cuando estos jóvenes salieron al mercado laboral, solo encontraban puertas cerradas. Contratos en negro. Economía sumergida. Ni se preocupaban por sus derechos sociales y laborales. Solo querían llegar a fin de mes teniendo algo de dinero para salir con sus amigos y luego dormir en casa de sus padres.

Así pasaron años, viendo series, escuchando hablar de la prima de riesgo, buscando trabajo con alojamiento como camareros, niñeras, cuidadoras o profesores de español, si tenían suerte.

Se quedaron en un estado pseudoadolescente, con edades para comprarse una casa y tener planes de pareja, pero en la que solo podían aspirar a ahorrar para un viaje de tres días a una playa cercana, comprarse algo de ropa y esperar que unas prácticas les ayudaran a terminar el año en la casa familiar soñando con tener otra vida.

Algunos optaron por oposiciones que no tenían nada que ver con lo estudiado. Empezaron de cero. Empezaron a desarrollar frustración, aislamiento, ansiedad y depresión. Siempre pendiente de las plazas, sin tan siquiera poder aspirar a examinarse una vez al año.

Llegaron los millenials

Al mismo tiempo, una generación mucho más preparada en lo digital, con más idiomas, sabiendo todo lo que estaba pasando o ya había pasado, venían concienciados y fuertes. Se reinventaron con trabajos como youtouberinfluencer, formaciones más prácticas, estancias largas en el extranjero.

Los valores de los que habían creado esta hecatombe social no valían nada para ellos. ¿Familia? ¿Trabajo estable? ¿Plan de pensiones? Un abismo generacional.  De repente, la generación del 84 se dio cuenta de que no tenía nada que ofrecer y lo más importante: no tenían esperanza en encajar de forma relevante en este mundo.

Millenials

La generación del 84: no somos una generación perdida, sino abandonada

Nuestros tiempos no han sido felices. No han acabado nunca de ser duros. Cuando volvimos de fregar platos de otros países y hablábamos algo de inglés, ya nos habían adelantado.

Cuando buscábamos la primera nómina, el reclutador de la empresa nos explicaba que se buscaba un perfil más joven. Cuando buscábamos otros puestos, ya estaban ocupados por la generación anterior. Tenían no solo un trabajo a veces, sino tres. Casa de playa y casa de ciudad pagada.

Entonces, ¿qué pasa con nosotros?

Sin una asistencia de salud mental, con inestabilidad laboral y olvidados. Nadie nos trata como jóvenes con el encanto y el arrojo de la inexperiencia y tampoco como profesionales con un largo currículum. Nadie nos reconoce como heridos de guerra, de una guerra sin bombas, pero con suicidios, paro, sobreexplotación, desarraigo y depresión.

Nuestros valores, generosidad e infinita paciencia ha construido un hilo de fortaleza que también sostiene esta sociedad. Muchos hemos trabajado 40 horas semanales sin un reconocimiento en papel.

Aunque nos hayan invisibilizado, estamos aquí. Y un día empezaremos a hablar cuando la gente se pregunte qué se ha hecho tan mal en salud mental y cómo las personas pueden llegar a estar tan cansadas y deprimidas. ¿Nuestra responsabilidad? ¿Nuestra culpa?

 

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