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Alirio Pérez Lo Presti: Venezolanos; Navidad 2019

 

Va a ser una Navidad especialmente sensible para muchos venezolanos este año. Con familiares desperdigados por el mundo, será inevitable que en cada rincón de cada familia se derramen lágrimas por quienes se han tenido que marchar a otros confines, buscando mejores condiciones de vida. La fragmentación de las familias y el vacío de la separación estarán presentes este mes.

De todas las fechas del año, muchos, entre quienes me encuentro, esperamos los días navideños con emoción y alegría. Para cualquier venezolano, no tiene nada de especial que la Navidad se celebre desde el 15 de noviembre en adelante. Para quienes somos andinos, por ejemplo, Navidad es hasta que se hace la paradura del niño, por lo que la fiesta dura al menos dos meses. Este tiempo tan particular, con su enorme carga de religiosidad y tradición, permite  que una y otra vez nos miremos a la cara en torno a la mesa y a los más deliciosos platos de la comida de nuestro país. Esencialmente la navidad es una fiesta familiar.

Para quienes nos vemos forzados a pasarla en otros confines la vivencia no es menos rara, toda vez que quisiéramos que la reunificación de cada familia se hiciese algún día realidad. Ya ni entiendo el problema venezolano en términos de explicación política, porque el cansancio y el hastío de las expectativas no  satisfechas han hecho que de alguna manera haya terminando por aceptar nuestro país tal como es: Una repetición de yerros en los que se sobreponen intereses personales y grotescos idearios para tratar de justificar tamaño entuerto. Viví la fragmentación de una sociedad, tanto como ciudadano que trata de cumplir con las normas como desde el ámbito personal, lo cual remueve el mundo interior, los valores y los afectos.

En tierras de nadie

La idiosincrasia de cualquier compatriota lo hace vulnerable al desarraigo y a la sensación de vacío. No es cosa menor andar por el mundo escuchando música venezolana, comiendo arepas y cantando un cumpleaños feliz tan largo. Como errantes, nos encontramos con personas de otros países enjutas, encerradas en su neurosis, carentes de musicalidad vital, mientras la danza, la fiesta y la carcajada nos acompañan a donde quiera que vayamos. Es que ser venezolano lo hace a uno sin lugar a dudas un ser especial. Del país de las grandes celebraciones y la chanza de rigor, solo puede seguir brotando alegría, aun en las más difíciles circunstancias.

Contemporáneos y familiares están regados por la tierra, desde Australia hasta Canadá y cada vez que me nombran a alguien, casi por reflejo pregunto ¿en dónde se encuentra? y las respuestas no dejan de ser sorprendentes. En general, cada familia tiene al menos una persona fuera de Venezuela, mientras otros grupos de conocidos se han podido marchar en su totalidad.

Una colega, en una reunión a la que acudí recientemente, me decía que tenía tres hijos, en tres países diferentes, mientras se le escapaban las lágrimas. ¿De cómo llegamos a disolver la esencia de una nación? será tema de estudio de varias generaciones. En lo que a mí respecta, todo recuerdo hermoso de mi país lo llevo tatuado en mi memoria. Imagino que solo se puede vivir una vez en el paraíso.

De lo negativo, que es mucho, lastimosamente está vinculado con hechos políticos que escaparon a nuestra capacidad de resolución. Los que pudimos conocer las dos Venezuela, la que una vez tuvimos y la actual, sabemos que no es mala decisión migrar a otros confines si es imprescindible. En la medida que nuestras Universidades nos prepararon con una formación de calidad y bajo la premisa de que pudimos ser beneficiados con educación gratuita, se generó una condición de igualitarismo que se la agradecemos a quienes tuvieron la elevada visión de apostar por la enseñanza.

Cuando cada barril petrolero se invirtió en educar a los venezolanos de los más diversos orígenes, se nos estaba convirtiendo en potenciales entes transformadores de cualquier contexto en el cual nos desempeñásemos. Eso somos hoy en día quienes nos tuvimos que marchar, con el título por delante. Quien no estudió en la Venezuela potencia, perdió la posibilidad de adquirir una formación que pocos países están en condiciones de ofrecer a sus ciudadanos.

El mejor lugar del mundo

En estos días de Navidad, no puedo dejar de recordar las enseñanzas de mi abuela, con sus largas e impresionantes historias sobre la Segunda Guerra Mundial, su infinita gratitud con el país que la recibió y las insondables vicisitudes por las que transita cualquier migrante. En estos días no dejo de recordar a mi abuela cada vez que decía que el mejor lugar del mundo es donde a uno le vaya bien y lo decía rodeada de su familia.

Yo digo que el mejor lugar del mundo es donde a uno le vaya bien y eso tiene que ver con poder compartir cada día con las personas que amamos. En esta Navidad tan especial, en la cual el desarraigo está presente en muchos compatriotas, no puedo sino agradecer al país que tanto me dio.

@perezlopresti

 

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