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Rafael del Naranco: Escribir – otra vez – una cuartilla

 

Intento   hacer sobre la blancura  que me posesiono en la pantalla del  ordenador – lector o lectora  -,  una reflexión de las letras escritas al alba o noche de cada  día, en ese continúo ir entre de los embates de la existencia.   Innegablemente: no somos monedita  atrayente a todos los vientos alisios  que nos rodean.

Aseverar que la literatura es la resonancia de cada autor y que ella empuja  a levantarse del limo  del continuo vivir, no es del todo  irrefutable, pero sí ayuda a reflexionar y enfrentarse a sus múltiples  fantasmas. Igualmente le incita a idealizar y a asumir esperanzas, dos calmantes que en expresión de Federico el Grande, le concedió la naturaleza a todo humano.

Uno rasguea palabras por la imperiosa necesidad de sobrevivir a la muerte. Vana ilusión, ya que la literatura –  si así se puede llamar a esta cuartilla y media matizadas al vaivén del acontecer cotidiano -, se terminan convirtiendo en polvillo antes del final de cada anochecida.

Jean Marie Le Clézio, Premio Nobel de Literatura en 2008, ennegreció – al recibir el galardón en Estocolmo – un panorama pesimista de las posibilidades de la literatura para generar permutas en la sociedad.

“Desde hace algún tiempo el escritor ha dejado de tener la arrogancia de creerse con poderes  para cambiar el mundo o de que sus relatos y novelas forjen un mejor modelo de vida. Hoy sólo desea ser testigo”.

Si lo consigue será prodigioso, al saber el autor francés que cada escribidor termina  convertido en simple “voyeur”, un convidado de piedra en el gran teatro de las ficciones terrenales.

Le Clézio tomó el título de sus palabras “En el bosque de las paradojas”, de una frase del literato sueco Stig Dagerman, el cual alude a un escritor que “todo lo ansiado por él era escribir para aquellos que pasan hambre, y ahora descubre asombrado que sólo quienes tienen suficiente para comer cuentan con el ocio como para preocuparse por su existencia”.

Y expresa compartir la desazón de Dagerman, y no  el “análisis comprometido” del filósofo Antonio Gramsci o “la apuesta desilusionada por el libre albedrío” de  Jean-Paul Sartre.

Igualmente adoptó una postura crítica ante los avances informáticos e Internet, que podrían contribuir a formar una “nueva élite” debido a la imposibilidad de que todo el mundo cuente con un acceso igualitario a la tecnología en cualquier lugar de planeta.

Y es que la literatura, aún por  pequeños que sean los párrafos sembrados sobre la curtilla o el ordenador,  sin humanismo, agudeza y  una preocupación franca sobre los problemas de nuestros semejantes, estaría seca, herida. Vacía.

 

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