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Fernando Mires: El amor según Fedro

 

Un extracto de El Libro del Amor de Fernando Mires

Quien primero habló en el Banquete fue según Platón el joven Fedro. Como era lógico esperar, Fedro comenzó haciendo loas a Eros, afirmando que Eros es un Gran Dios, que es muy admirado y bla bla blá. Parecía que Fedro iba a hacer un discurso formal, hasta que, al exponer las razones de la admiración que Eros provocaba, dijo que éstas se encontraban en su origen, pues de todos los dioses Eros es el más viejo. Solamente haber dicho eso justificaba su discurso.

El más antiguo de los dioses

Prueba de la radical longevidad de Eros, dijo Fedro, es que “Eros no tiene padres”, o por lo menos no se le conocen. Luego, Eros al ser el más antiguo y al no tener padres, es él y no otro, creador de todo lo bueno. Esto significa que aunque Fedro no hubiese dicho nada más que lo que dijo –y dijo mucho más- habría dicho más que demasiado, pues con esa afirmación, Fedro se estaba acercando a la que ya era la religión de los judíos, la que afirmaba entre otras cosas, que Dios, creador del cielo y de la tierra es el Dios de todo, y porque está por sobre todo (no tiene padres) proviene de él lo mejor de la vida que para los griegos (y quizás también para nosotros) es el amor. Tiene en ese sentido razón quien llegaría a ser el Papa Benedicto XVl, Joseph Ratzinger, cuando en una de sus más conocidas tesis teológicas, afirmó que la cristiandad judía no sólo proviene de la filosofía griega, sino que a la inversa, la filosofía griega había ya recibido el soplo que viene de la divinidad cultivada por los judíos o, en las palabras de Ratzinger ya había tenido lugar en el nivel del pensamiento, una“alianza entre Atenas y Jerusalén”.1 Ahora, afirmar que Eros nació sin padres, nos puede llevar a dos deducciones diferentes que no necesariamente se excluyen.

La primera deducción dice que Eros, al no tener padres, viene de sí mismo, y luego, está antes que todo y antes que nadie. Por consiguiente, Eros es todopoderoso porque es eterno e infinito. La segunda deducción en cambio, permite afirmar lo contrario: que Eros al no tener padres, es un huérfano, y que, como no hay en este mundo nada más débil que un huérfano, Eros no puede también ser sino un Dios débil, o por lo menos frágil. Si aceptamos luego, que ambas deducciones no se excluyen, habría que decir que Eros puede ser todopoderoso y a la vez débil. Depende entonces donde y como Eros se hace presente.

Si Eros está en todas partes, está también en el ala de una mariposa, y si analizamos esa ala, es extraordinariamente débil; tanto, que puede deshacerse al sólo contacto de nuestros dedos. Pero, si esa ala se pone en movimiento, eleva la mariposa su vuelo hacia la luz del cielo, con lo cual esa débil ala se muestra mucho más poderosa que todas las propiedades humanas. Pues si Eros es Dios, y para Fedro lo es, Dios se representa en las cosas de este mundo, las que son frágiles y poderosas al mismo tiempo. La débil representación de Dios se hace presente en la constitución orgánica del ala de la mariposa. La fuerte representación de Dios se hace presente en el vuelo del ala. Dios cuando se hace presente en las cosas débiles, es débil. Cuando lo hace en las cosas fuertes, es fuerte. Dios se representa ante ti no como El es, sino que como tú eres.

Decir que Eros no tiene padres, afirmación que, como veremos será refutada a Fedro por Pausanias, tiene enormes consecuencias, pues eso significa afirmar que el Dios del amor se encuentra antes, por sobre, y después de los cuerpos mortales, quienes, al hacer el amor, no lo inventan, sino que simplemente lo invocan. El Dios del amor, estaría así antes que la Teta, antes que el Ano, antes que el Falo, órganos que deificados en distintos momentos de nuestra vida, no son más que precarios agentes sustitutivos, o significantes denominativos de un amor que los precede, los supera y los contiene, afirmación que por cierto no disgustaría a Lacan.

Pero Fedro insinúa algo más, y es lo siguiente: Si de acuerdo al conjunto de la filosofía griega (y de la revelación cristiana según San Juan) la idea (la lógica, la palabra, el verbo) precede a “la cosa”, significa que la palabra del Amor precede a su propia existencia, de tal modo que el amor al ser invocado, cobra vida, pues el mismo amor es la palabra que sólo aparece cuando es pronunciada (invocada, evocada, rezada, solicitada), es decir, el amor es la idea hecha palabra, la que aparece como respuesta a una demanda, o como una oferta que proviene de “otra parte” diferente a aquella donde estamos situados.

Fedro, probablemente no se dio cuenta de las profundas consecuencias que tenía aquello que había dicho al suponer a Eros como un hijo sin padres. Más todavía: si sacamos otra conclusión del estado de orfandad de Eros, habría que decir que en la medida que lo invocamos, invocamos de paso su orfandad, a donde habría que agregar, que la entrada del Dios del Amor en nuestros cuerpos, nos convierte en huérfanos, pues nos libera de nuestros padres (más bien, de sus imágenes). Y ahí recién puede comenzar a entenderse porque Jesús, quien también a su modo viene de los griegos, cuando sintió la posesión de todo su cuerpo por el amor del Dios del Amor, negó a su madre como madre (aunque no como “mujer”). Eros precede no sólo al falo, no sólo al ano, sino que también, como ya se dijo, a la propia madre-teta, significantes momentáneos del significado del amor, significado que nos está vedado conocer, sólo intuir a través de sus débiles representaciones materiales y, por cierto, de las palabras, de las que pronunciamos, y de las que callamos. Así dijo Fedro:

“Pues, en efecto, la norma que debe guiar durante toda la vida a los hombres que tengan la intención de vivir honestamente, ni los parientes, ni los honores, ni la riqueza, ni ninguna otra cosa son capaces de inculcarla en el ánimo tan bien como el amor (p.19)”

Las virtudes del amor

Eros, el Dios del amor es, según Fedro, exclusivo y excluyente. Cuando Eros nos toca a través de sus representaciones, no deja lugar para ningún otro Dios. Por lo tanto, el sacrificio que entregamos a Dios-Eros, mide la fuerza de su entrada en nosotros. Si estamos dispuestos a sacrificar un ídolo, un becerro, un automóvil, una parte de nuestras riquezas, a Eros, demostramos la intensidad o la poquedad, la grandeza o la miseria de nuestro amor. El dinero – esa es una ocurrencia de Levinás 2- puede ser también una buena medida del amor.

¿Cuánto estaríamos dispuestos a perder a cambio del amor que nos entrega el Eros? ¿Es el amor que sentimos parcial o total? Así nos explicamos porque Jesús le dijo al rico que se desposeyera de sus riquezas si es que quería entrar al reino de los cielos, frase que hizo creer a más de algún teólogo de la liberación que Jesús era algo así como un reformador social, lo que por lo demás nunca quiso ser, pues si así lo hubiera querido, lo hubiera dicho; pero nunca lo dijo.

Hay, en efecto, quienes han entregado todo lo que tienen por el amor a algo o a alguien. Santos y mártires; también amantes, son no sólo personajes literarios. Incluso en la crónica de los periódicos, y en los tangos, podemos encontrar casos de amantes que han sido esquilmados, y hasta el último centavo, por sus amadas o amados. El gran Santos Discépolo documenta uno de esos casos en uno de sus más clásicos tangos

Por ser bueno me pusiste en la miseria

Me dejaste en la pellejera y me afanaste hasta el colchón

En seis meses me comiste el mercadito

La casita de la feria, la ranchera y el mostrador

(“Chorra”)

Hay quienes incluso que, por amor, ya sea a Dios o a alguna de sus creaciones, han entregado su propia vida. Suicidios y asesinatos por amor son el pan de cada día, y parece que eso ocurría aún entre los muy racionales atenienses, pues de otra manera Fedro no lo hubiese constatado. En esa ruta, Fedro, entusiasmado por las fuerzas creativas que nos son introyectadas al ser contactados por la luz erótica, olvidó mencionar que esas fuerzas, cuando no encuentran el objeto elegido -e incluso cuando lo encuentran, pues ese objeto se niega a ser sólo un objeto, sino que también quiere ser un sujeto- pueden transformarse, las eróticas, en fuerzas tremendamente destructivas.

Morir por algo o por alguien que se ama es por lo demás algo muy frecuente en todos los tiempos de la historia. Suele suceder que la entrada del Eros en el cuerpo, produce una posesión que a uno lo desposee de sí mismo, desposesión que en casos extremos puede llegar al propio abandono del “sí mismo”, cuya expresión más radical es el suicidio. Dicho en el lenguaje de Freud, padre espiritual de Lacan, se produce, mediante la relación erótica, una ocupación (en algunos casos, una usurpación) libidinosa del Yo. Por esa razón, Freud, maestro de las diferencias, siempre diferenciaba el amor de lo que el llamaba enamoramiento.

El enamoramiento, es en muchos casos, sólo la fase inicial del amor, que es cuando un determinado ser descubre a otro y quiere convertirse en el sujeto del otro, quien debe convertirse por lo mismo, en un objeto (es decir, en un predicado del sujeto). Ese objeto, es un objeto elegido, y por lo mismo es idealizado, es decir, para seguir hablando con Freud, corresponde más bien al Ideal del Yo que al Yo Ideal.3 El objeto, es idealizado de modo extremo, pues, según Lacan lo que busca el sujeto para ser sujeto no lo encontrará nunca en el objeto, predicado, encontrado o elegido. De ahí que el enamoramiento concluye siempre en la fase de la desilusión, la que, si el Yo no es suficientemente maduro (consistente) para resistirla, puede llevar a ese Yo a ser agresivo consigo mismo, o con el objeto que una vez ese Yo eligió.

Lo cierto es que los seres humanos al ser ero(idio)tizados en las fases iniciales del proceso amoroso, pierden el contacto con otros objetos que no sean aquellos que simboliza su amor, hecho que cada uno, más o menos, puede comprobar revisando detalles de su propia biografía. Para el bueno de Fedro, ese abandonarse a sí mismo, era una muestra de la nobleza del alma humana. Efectivamente, puede serlo, pero no porque sí, sino que digamos, por causa del objeto amado.

Hay objetos nobles, y hay otros que no lo son tanto.

Arriesgar la vida por la mujer o por el hombre, o por cualquier prójimo que se ama, es algo digno de elogio. Pero el objeto no es neutral, olvidó decir Fedro. Pues no es lo mismo lanzarse al agua torrentosa, sabiendo apenas nadar, a fin de salvar la vida de un hijo ahogándose, que dar la vida, como hicieron muchos imbéciles por Hitler. En cierta medida, cambiando un poco el sentido del proverbio, podría afirmarse aquello de “díme a quien amas y te diré quien eres”, un proverbio al que Lacan habría sometido a un buen análisis. Y es evidente, como no hay objeto amado sin sujeto amante, el objeto que elige el deseo del uno, es el deseo al otro y, además, al Otro (el Gran Desconocido de Lacan, quien todavía no ha llegado a la fiesta). Se trata de un objeto que sólo intermedia el verdadero objeto que persigue ese deseo, objeto que a veces está más allá de nuestra propia vida, lo que significa que en el proceso que lleva al cumplimiento de su goce de vida, el deseo puede querer intentar pasar a través del propio umbral de la muerte, hasta llegar a situarse después de ella, en “otra vida”. Pero tan lejos no va Fedro. El no era Sócrates, que de todos los filósofos griegos, con cierta exclusión del, en ese entonces, muy joven Platón, era el único que estaba en contacto con aquella realidad que existe más allá de la muerte. Sólo Sócrates conocía el humano secreto de que el logro del goce humano sólo es posible a partir de la transgresión, y que la transgresión que busca el ser en el ser viviente, es la de su propia vida. No es que el transgresor sea un suicida. El goce del transgresor no es la muerte, sino la vida, pero una vida tan intensa, que es imposible encontrarla en la vida; por lo menos no en la que nos correspondió a vivir.4

No obstante, Fedro anduvo cerca, bordeando el problema socrático, ya que de un modo u otro, estableció un vínculo entre el amor y la muerte y, en medio de ese banquete, que ya con las palabras de Fedro amenazaba ser tan legendario como lo es, me puedo imaginar a Sócrates, recostado en los hombros de Agatón, con su copa llena de vino, siguiendo con atención las palabras de Fedro, al fin y al cabo uno de sus discípulos más aventajados, esperando ver hasta donde era capaz de llegar. No llegó, de verdad muy lejos. Pero dijo un par de cosas interesantes. La relación entre el amor y la vergüenza, por ejemplo.

La vergüenza de amar

Desde luego, Fedro era un idealista, y como tal idealiza: habla del amor como una relación compartida; y cualquiera que haya caído en las redes del amor, aunque sea por un corto tiempo, sabe que ésta es una relación que, con excepción de aquella que se da en algunos film norteamericanos de los años cincuenta, es por lo general mal compartida, lo que significa que siempre hay alguien que recibe menos y da más, afirmación con la cual estaría muy de acuerdo Lacan, quien no ha llegado todavía a la fiesta. Con ese cálculo económico, lo que quiero decir es que el amor, tanto en la posición de quien da más, tanto en la del que recibe menos, es en la mayoría de los casos asimétrico, tan asimétrico que más de algún momento en mi ya larga vida he llegado a preguntarme sino es acaso la asimetría una de las condiciones del amor. Pero esa es sólo una teoría; no me hagáis mucho caso, en tal punto, sobre todo si sois jóvenes.

Seguid soñando si así os gusta, y a mí me gusta, con el amor simétrico, aquel donde todos recibimos y damos por igual, seguid soñando con ese amor casi comunista, donde a cada uno se le da según sus necesidades y cada uno recibe (extra) según sus capacidades, aunque cuando despertemos, nos demos cuenta que para que la igualdad exista se requiere de la desigualdad, del mismo modo que para que la simetría del amor sea soñada se requiere de su asimetría, condición del sueño (deseo) de la simetría. Como es sabido, el deseo de la simetría era, entre los griegos, el ideal de todos los ideales.

Para volver a Fedro, cuando no nos sentimos dignos, ya sea del amor que damos ya sea del que recibimos, nos da vergüenza. Y a ese punto quería llegar Fedro antes de que yo interrumpiera su discurso: que el amor no está hecho para los sinvergüenzas, lo que expuesto de un modo más literario quiere decir, que el amor, para Fedro, es una fuente de dignidad. Según Fedro, quien ama quiere aparecer digno de ser amado ante la persona amada, e incluso se esforzará para aparecer frente a ella, bajo esa bella cualidad. Quien ama puede soportar el sentimiento de no ser digno frente a cualquiera, menos frente a la persona amada. En suma, lo que quiere decir Fedro, es que el amor nos convierte en seres a-mables. Pues no cualquiera puede ser a-mable.

La prueba de nuestra amabilidad es que somos amados. Por lo tanto, el amor ayuda, bajo ciertas condiciones, a vivir en una sociedad amable, o lo que es parecido, es más fácil construir una democracia con personas amables que con personas odiables. No hay nada más antipolítico que el amor, pero sin amor, es difícil hacer política, no porque la política venga del amor, sino porque el amor crea seres amables, cuya amabilidad es una condición para hacer política. Amable, significa en este caso, digno de ser amados, aunque no seamos amados. Cuando decimos que alguien es amable, en el sentido cotidiano de la palabra, no decimos que amamos a ese alguien, pero sí suponemos que ese alguien reúne condiciones que lo hacen digno de ser amado.

No obstante, en un punto hay que corregir un poco la buena opinión de Fedro. Es cierto, no cabe duda, que cuando Eros nos posee, podemos entrar en un estado de éxtasis que nos hace ser amables con el resto del mundo. La amabilidad que nos confirma el objeto amado, crea de por sí un surplus, que nos hace compartir esa amabilidad hasta con quienes no se la merecen. He conocido personas que cuando están enamoradas terminan perdonando a sus peores enemigos. El amor, no cabe la menor duda, puede cumplir una excelente función social. No obstante, si el amante es rechazado por el objeto, o si no tiene acceso al objeto que ama, si es que no cambia rápidamente de objeto de elección, puede llegar a transformarse rápidamente en un ser repudiable. Y para explicar mejor lo que estoy diciendo, nada mejor que contar una breve anécdota.

Hace algún tiempo, estando yo sentado en la sala de espera del dentista, había también ahí una madre con un niño de unos tres o cuatro años quien jugaba muy entusiasmado con un camioncito de madera, puesto ahí por el dentista, entre otros juguetes, para que los niños se entretuvieran antes de entrar a la sala de tortura. Después de ser brevemente atendido por el dentista, el niño volvió a su camioncito, y lo tomó en sus manos con el ánimo de querer llevárselo a su casa. Su madre, dulcemente, tomó el camioncito y lo volvió a dejar a su lugar, explicando al niño que el camioncito no podía ser suyo, pero que ella le iba a comprar después uno igual. Sin embargo, mientras la madre arreglaba alguna cuenta con la secretaria, el niño volvió sobre sus pasos, y levantando su débil pierna, pisó al camioncito con todas sus fuerzas, destruyéndolo por completo. Si el camioncito de madera que en ese momento amaba ya no podía ser suyo, el camioncito ya no tenía derecho a existir.

El amor puede convertir a los humanos en ángeles, pero puede hacer también de ellos, demonios. Idea profundamente socrática.

1 Ratzinger, J. Glaube, Wahrheit, Toleranz Das Christentum und die Weltreligionen, Herder , Freiburg im Br, 2004, p.138

2 Lévinas, Emanuel Entre nous: Essais sur le penser- à- l´autre, Grasset, Paris 1991, p.55

3 Freud, Sigmund Zur Einführung des Narzißmus, Fischer, Frankfurt, 1996

4 Quién más intensamente ha trabajado el tema de la relación entre el goce y la transgresión después de Platón, ha sido sin duda Lacan. Ver por ejemplo, Lacan, J. El Seminario, Libro 7, la ética del psicoanálisis, Paidos, 2003, pp. 234-235

 

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