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El turco que venció a Benjamin Franklin, mandó al diablo a Napoleón e intrigó a Edgar Allan Poe

 

“Quizás ninguna exhibición de este tipo haya suscitado tanta atención como el jugador de ajedrez de Maelzel”, escribió el autor estadounidense Edgar Allan Poe en 1836.

“Dondequiera que se haya visto, ha sido un objeto de intensa curiosidad para todas las personas que piensan”, agrega, refiriéndose a “El turco”, que -efectivamente- para entonces llevaba décadas asombrando audiencias en Europa y Estados Unidos.

Poe, inventor del relato detectivesco, se proponía en ese artículo asumir un papel similar al de Auguste Dupin, el primer detective de ficción que él mismo había creado, para descubrir un secreto que pocos conocían.

El jugador de ajedrez al que se refería era un invento del barón Wolfgang von Kempelen hecho para María Teresa I de Austria, la única mujer que gobernó sobre los dominios de los Habsburgo.

Conocido inicialmente como el Autómata Jugador de Ajedrez y más tarde como el Turco Mecánico, o simplemente El turco, era una figura de hombre de tamaño natural, hecha de madera tallada y vestida como un hechicero oriental, que aparecía sentada tras un gabinete de madera en el que había un tablero de ajedrez.

El turco había sido diseñado para jugar ajedrez contra cualquier oponente que lo desafiara, y desde su presentación en sociedad en 1770 había derrotado a todos, excepto a un puñado de los mejores jugadores de la época.

“Sin embargo, la cuestión de su modus operandi aún no se ha determinado“, señala Poe.

Ese es el enigma: un secreto que fue guardado celosamente durante 70 años.

Único entre maravillas

Había sido hecho en una época en la que los juguetes mecánicos habían alcanzado una refinación suprema.

En el palacio Hellbrunn, en Austria, por ejemplo, hay una representación de una ciudad utópica con 200 trabajadores autómatas que ejecutan sus tareas a la perfección; en el Museo Bowes, Inglaterra, está exquisito cisne de plata que “pesca” peces que “nadan” en un arrollo de vidrio cuya agua “corre”.

Y en el Musée d’Art et d’Histoire de Neuchâtel está el que es quizás el autómata sobreviviente más asombroso de todos: el magnífico “L’écrivain” o “El escritor”, realizado por el relojero suizo Pierre Jaquet-Droz, el cual puede ser programado para escribir cualquier palabra y oración, en buena letra, deteniéndose ocasionalmente para sumergir su pluma en tinta y escanear la página con sus hermosos ojos azules.

El escritor de Pierre Jaquet-Droz
Image captionEl escritor es quizás el autómata superviviente más asombroso del mundo, uno de los más magníficos del siglo XVIII. (Parte de la colección del Musée d’Art et d’Histoire de Neuchâtel)

Comparado con estos y muchos otros magistrales artilugios, El turco, cuyos movimientos eran bruscos y sus confección poco refinada, parecía el primo pobre.

Lo que hacía que se destacara entre tal aluvión de maravillosas creaciones era algo inquietante.

Aunque era claramente un autómata, parecía tener la capacidad de pensar y hasta de sentir.

El mismo principio

Todas las funciones, desde que Von Kempelen le presentó El turco a María Teresa I, empezaban de la misma manera.

El barón le contaba a la audiencia que El turco era muy hábil en el juego del ajedrez, sacaba un tablero de ajedrez del gabinete y lo colocaba frente a la figura de madera que tenía expresión seria, ojos azules, bigote y turbante.

Luego, el barón abría las puertas del gabinete y alumbraba su interior con una vela. Tras una de ellas se podía ver un mecanismo elaborado de ruedas, engranajes, palancas y maquinaria mecánica densamente compactadas; tras las otras, quizás un cojín o a menudo nada.

Habiendo comprobado que no era un truco, le daba cuerda al artilugio e invitaba al público a jugar.

Vista dentro del gabineteDerechos de autor de la imagenCARAFE
Image captionDentro del gabinete, hermosas piezas de relojería.

Cuando el juego empezaba, El turco movía la cabeza de lado a lado, como para escanear el tablero de ajedrez. Luego tomaba su pieza con su brazo mecánico y la movía al lugar deseado en el tablero.

Cuando ponía en peligro a la reina de su oponente, asistía dos veces con la cabeza. Cuando ponía a su oponente en jaque, asistía tres veces.

Pero lo que asombraba era que El turco era un jugador realmente bueno, que además respondía con una habilidad inexplicable al impredecible comportamiento de los humanos.

Parecía funcionar de manera autónoma, guiada por su propio sentido de racionalidad y razón.

Casi siempre, el mismo final

Al final del juego (que muy probablemente había ganado El turco), se volvían a abrir las puertas del gabinete para revelar que nadie había entrado para manipular el autómata.

La reacción del público variaba desde el escepticismo hasta el asombro y el temor a un poder tan impío.

Turco jugando
Image caption¡El turco mecánico no solo levantaba las piezas y las movía sino que parecía saber jugar mejor que muchos!

Por supuesto, una máquina “inteligente” como esa no era posible con la tecnología de la época, y las personas entendidas lo sabían.

Sin embargo, nadie había dado una explicación concluyente…

“En consecuencia hay hombres que son genios en la mecánica, de gran agudeza y entendimiento que no tienen ningún escrúpulo al pronunciar el Autómata como una máquina pura, desconectada de la agencia humana en sus movimientos y, en consecuencia, más allá de toda comparación, el más sorprendente de los inventos de la humanidad”, informa Edgar Allan Poe.

Esa suposición no era aceptable ni para Poe ni para muchos otros. No obstante, el secreto seguía guardado.

El turco viajero

Antes de llegar a Richmond, Virginia e intrigar al escritor, El turco había sido llevado por su creador en una deslumbrante gira en la que venció a Federico II el Grande de Prusia y a Jorge III de Reino Unido, así como al distinguido embajador de Estados Unidos en París, Benjamín Franklin.

mecanismo de El turco
Image captionEl turco era zurdo y eso le dio una pista a Edgar Allan Poe.

Después de un tiempo, Von Kempelen se cansó del show y El turco entró en un retiro del que lo sacó el empresario y fabricante de cajas de música Johann Nepomuk Maelzel.

Fue entonces que jugó contra uno de sus oponentes más famosos, Napoleón.

Durante la Batalla de Wagram, en 1809, el emperador de los franceses tomó el castillo de Schönbrunn para usarlo como su cuartel general.

Maelzel estaba allí y se cuenta que El turco derrotó a Napoleón en el primer juego de ajedrez.

En el juego de revancha, el emperador decidió hacer una movida tramposa, una afrenta a la que El turco respondió tamborileando con sus dedos en la mesa, sacudiendo la cabeza y retornando la pieza al lugar apropiado.

Napoleón volvió a hacer la misma jugada, y recibió la misma respuesta.

Pero a la tercera vez que lo intentó, El turco “se enfureció” y tiró todas las piezas de ajedrez al suelo.

C’est juste“, murmuró Napoleón.

Las llamas

Los viajes de El turco continuaron al tiempo que se publicaban especulaciones sobre su funcionamiento.

En 1838, Maelzel murió retornando de un tour por Cuba y, tras pasar de mano en mano, El turco terminó olvidado en el Museo Chino de Filadelfia.

Una noche de julio de 1854, el museo fue consumido por las llamas.

“Falleció uno de los personajes más famosos de los últimos cien años y sería negligente omitir alguna nota sobre alguien cuya larga vida ha sido una serie de vicisitudes tan extrañas y fortunas cambiantes”, empieza diciendo un artículo escrito por el último dueño de El turco, Silas Weir Mitchell.

“Una constitución de hierro le permitió soportar con paciencia largos viajes, climas cambiantes y muchos reveses tristes. Su paradójica existencia ha llegado a su fin”.

¿El secreto?

Como sospechó Edgar Allan Poe, y otros, El turco era manipulado por un hombre alojado en el gabinete que trabajando a la luz de las velas.

Imagen de un libro en el que trataron de explicar la máquina del turco que jugaba ajedrez, tras reconstruir el artilugio en 1789. Joseph RacknitzDerechos de autor de la imagenALAMY
Image captionEra un engaño… pero planteó lo que hasta para los expertos en inteligencia artificial sigue siendo un enigma ético: ¿máquinas que piensan por sí solas?

El jugador oculto (que tenía que ser muy bueno y que los dueños de El turco contrataban en cada lugar) tenía que hacer mover las piezas con el aparato del brazo del pantógrafo, asentir con la cabeza y mover los ojos del autómata, mientras se aguantaba estornudos, suspiros o cualquier cosa que lo pudiera delatar.

En resumen, resultó ser un humano que fingía ser una máquina, que pretendía ser un humano.

Pero, por encima de eso, fue un provocador temprano de esa profunda inquietud que produce la posibilidad de que una máquina llegue a ser realmente capaz de sentir y pensar como un humano.

Y ese es un enigma ético que sigue sin solución.

BBC

 

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