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Pedro R. García: ¿Se puede ambicionar un debate sobre democracia?

 

¿Dentro de un nuevo marco de consenso ético…?

Una acotación necesaria…

“Fuerza de obligar (o impulso) de las normas éticas: Es de índole etológico-psicológica y tiene, por decirlo así, una naturaleza hormonal. Esto significa que el impulso ético puede considerarse, hasta cierto punto, controlado por la educación o el adiestramiento de los individuos, que, también hasta cierto punto, es independiente de los contenidos. Es el individuo quien habrá de asimilar (a veces se dice: “interiorizar”) la norma ética, de suerte que ésta se identifique con su propia voluntad individual práctica. De hecho, y en la medida en la cual el individuo está moldeado socialmente, cabe afirmar que, en general, la fuerza de obligar de las propias normas éticas procede también del grupo social o político en el que el individuo está insertado. La conducta ética no está movida por el interés económico o político, ni se regula por el cálculo de utilidades, porque es transcendental, es decir, no se configura en la perspectiva de la estricta “individualidad egoísta”, sino en la perspectiva del individuo como miembro de una clase. Esto no significa que no deba intervenir el cálculo en la formación del juicio ético, sobre todo cuando la norma ética entra en conflicto con otras normas éticas, o morales, o políticas. Puede tener, sin embargo, algo que ver con la firmeza el yamado “comportamiento ético interno” en la vida económica (“cumple tu trabajo escrupulosamente, aunque nadie te vea”; “no robes, aunque no tengas peligro de ser descubierto”…) si este comportamiento contribuye efectivamente, según la idiosincrasia del sujeto, a consolidar la “autoestima psicológica” del individuo; en estos casos el comportamiento ético interno puede tener un valor positivo, en cuanto a la fuerza de obligar”. (La revista El Basilisco fue fundada por Gustavo Bueno en 1978 como revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura).

Lejos de la retórica alucinada y de la concepción teológico-política, la teoría democrática actual, dejando a un lado los juicios economicistas de un Gordon Tullock y de la Public Choice, tiene, en gran medida, por padre al sociólogo e historiador de la economía Joseph Schumpeter, en cuya trazado se sitúan Raymond Aron, Robert Dahl, Ralf Dahrendorf, Norberto Bobbio o Giovanni Sartori. Como defendió en su célebre obra (Capitalismo, Socialismo y Democracia), sólo existen regímenes democráticos en presencia de una estructura pluralista “poliárquica”, dirá Dahl del mercado político: es solo un sistema en que operan varias elites que compiten entre sí por la conquista del liderazgo y confían la decisión de la contienda a elecciones políticas libres y no al uso de la fuerza. Desde esta perspectiva “poliárquica”, el Estado pierde sus caracteres soberanos de estructura monista, centralizada y omnipotente. Sus órganos decisorios se convierten en focos de compromiso y de mediación entre sujetos que operan por cuenta y en nombre de grupos organizados partidos, sindicatos, organizaciones profesionales, empresas económicas,  y demás que son portadores de poderes autónomos y que, por lo tanto, inciden en los procesos de toma de decisión del Estado.

Naufragio del socialismo real…

La borrachera demoliberal, tras el ocaso de los regímenes del “socialismo real”, se extendió igualmente al ámbito de la economía. Amartya Sen, quien en 1998 fue laureado Premio Nobel de Economía, reflexiona e imagina la democracia como un requisito para el despegue económico industrial. Una tesis que podemos considerar no sólo solamente retórica, sino ilusoria desde el punto de vista histórico. No existe correlación entre democracia y crecimiento económico. Chile, en período del general Pinochet, se desarrolló  mas rápidamente que sus vecinos sudamericanos democráticos. La China autoritaria supera, al menos por el momento, a la India liberal y pelea mercados con el gigante occidental EEUU. En cuanto al pasado, Japón despegó bajo un régimen autócrata, lo mismo que Corea. La Alemania imperial, a finales del siglo XIX, se desplegó con la misma rapidez que la Francia republicana o el Reino Unido parlamentario. En el caso español, no deberíamos olvidar que el arranque económico y la industrialización se produjo durante el régimen del general Franco. Sin embargo, el utopismo demoliberal yegó, frente a la prudencia inherente a los discursos de Schumpeter, Aron, Dahl, Dahrendorf o Sartori, aún más lejos; y, lo que es peor, con resultados trágicos. No pocos políticos y pensadores yegaron a abrigar la presunción de que ya sólo existía un régimen político dotado de legitimidad: el demoliberal en su versión norteamericana. Se construyo una narrativa, con un furor más religioso que científico, a la emergencia de la “democracia global”. La teología-política demoliberal del ex-presidente Bush y sus intelectuales ejemplo, (Leo Strauss, 1899–1973), yevó a una auténtica cruzada militar y política. Como ha señalado John Gray, el Estado norteamericano, bajo la dirección de una contradictoria “derecha utópica”, se comportó como “un régimen revolucionario”, a la hora de ambicionar exportar, Manu militari, su modelo político a los países de Oriente Medio, y en particular a Irak. Los tristemente célebres “neocons” no eran, en ese sentido, conservadores, sino “unos intelectuales revolucionarios con una visión confusa del mundo en el que la mayoría de la humanidad vive realmente”. Su proyecto político globalizador, cosmopolita, de base kantiana, iusnaturalista, racionalista y constructivista, provocó, a la hora de intentar hacerse realidad, no sólo aculturación y desarraigo, sino reacciones de inusitada contestación de violencia terrorista, por eso el proceso de búsqueda para sentar las bases aceptadas universalmente, sobre las que podamos construir un nuevo consenso moral es necesario pero puede ser largo y doloroso. Otros prefieren mirar hacia atrás, a fin de recuperar lo redimible de aquel  sustrato humanista, original que el liberalismo fue perdiendo, aquella pasión del deber prescrito por la voluntad de conjurar la dinámica del egoísmo individual. Aquel período se ha cerrado. En las sociedades  actuales doblemente secularizadas, desprendidas de cualquier imperativo categórico e incluso, de aquellos supuestos que impliquen deberes propiamente dichos, no hay lugar sino para una actuación “Light”  minimalista restrictiva. La también constatable  premura  de la “Academia” de desempolvar viejos e inoperantes códigos por los que las respectivas profesiones autorregulaban su ejercicio. En esa misma dirección, las cátedras de “ética  profesional”, hasta hace poco marginales, dentro  de las  innumerables carreras son ostentosamente promocionadas, especialmente Centros de Estudios Superiores, que dicen ser ellos los que mayor énfasis ponen en el desarrollo de la familia y como aclara Richard Lanham. “Nuestro mundo noético esta cambiando, así como la visión hincada en la antigua Grecia notablemente dominadora esta siendo substituida como ocurrió ya en el Renacimiento Europeo. Así que cualquier institución que se precie, incluso las “bancarias” contrata profesionales bien remunerados “expertos” en comportamientos, para que aceleradamente desarrollen seminarios rápidos de adiestramiento o de “barnizados éticos” para su personal. No es mi intención, no es el lugar ni el momento de analizar a fondo las causas de esta efervescencia  moral. Devenida en moda. Quizás la más profunda tenga que ver con el conflicto “estructural” del propio individualismo liberal que, al desconocer al otro, niega cualquier posibilidad a una legítima moral, siempre racional. Obviando de alguna manera el fondo del problema, se estaría ahora por encontrar una ética funcional y adaptada a un individualismo “de rostro humano”. El pragmatismo ramplón y los reduccionismos financiero y consumista, cierran perspectivas y acortan dimensiones, lo cual yeva irremediablemente a la degradación o al simple aburrimiento. Lo que parece evidente es que el recurso compulsivo a instancias morales es un atajo inviable y tiene que ver con el fracaso de los grandes breviarios ideológicos, que parecen no responder con eficacia suficiente a las urgencias del momento. La ética tendría una función supletoria, constituida ella misma en ideología Superior. No se puede pasar por alto, en esta rápida enumeración de causalidades, allí el último descubrimiento de banqueros, comerciantes, publicistas y convenientes asesores de imagen: La ética también vende. Es decir ha pasado  a  tener  su propio lugar privilegiado en la estantería  del mercado Global, por aquello de los escenarios simbólicos: concurrimos todos los días y de cara al espectro mediático, perplejos más que escandalizados a presenciar el frívolo secuestro de los valores morales. El vicio y la virtud, en amalgama indigesta, se convierten así en espectáculo rentable, ¿rearme moral o desarme definitivo? Contradicciones del sistema. Maniqueísmo obtuso. Esquizofrenia inducida. Todo es posible.

La fragilidad de la democracia…

La crisis de valores remite, en el fondo, a una fragilidad de la democracia. El mundo incrédulo comprueba que la desaparición progresiva de las dictaduras  y totalitarismos de toda ralea, no ha conducido de hecho a un mejoramiento cualitativo de las democracias. La frustración es creciente y universal más todavía, la crisis afecta a los modelos o sistemas de convivencia, entre comunidades humanas. Definitivamente la crisis es social y política, además de económica. A una ética precaria y minimalista la custodia una democracia restringida, en los países de vieja tradición democrática, el sistema muestra graves síntomas de agotamiento, ejemplo el crecimiento acelerado del desinterés por la política. Así como el repliegue compulsivo en la vida privada. En los demás países en las actuales condiciones del mundo, el modelo de democracia representativa occidental es sencillamente inviable. Se consuma así la paradoja de las paradojas: prima el crecimiento financiero que conduce  inexorablemente a la negación de las libertades, la de las personas y la de los pueblos. Sin cambios profundos, que  sin duda vendrán  mucho antes del fin de la historia. La humanidad camina por un despeñadero de una deshumanización creciente. A escala planetaria se ensancha el abismo de las desigualdades económicas, de recursos y de oportunidades. Crecen también en reacción  defensiva y de sobrevivencia, los nacionalismos explosivos y peor aún los fundamentalismos, se intensifica la violencia, el rechazo, la xenofobia, la intolerancia religiosa, a lo interno de cada pueblo, crecen la rabia, la desesperación, la frustración o simplemente la abulia. Dos epifenómenos recientes vienen a agravar el debilitamiento del ideal democrático como posibilidad. Ambos tienen que ver con los requerimientos expansivos del gran capital. Nos estamos refiriendo a la dinámica  inducida de la “globalización”. La economía de mercado y la democracia política están muy lejos de ser las dos caras de la misma moneda. Solo podrían tener en común que ambas, limitan al Estado absoluto. Podría decirse que un sistema abierto, político o económico es la condición necesaria.  ¿No hemos visto acaso a regímenes dictatoriales en la propia América Latina, imponer la economía de mercado? La “dictadura del mercado” que es otra cosa, fenómeno mucho más reciente, lejos de ser condición de democracia,  pasa a ser antípoda  de la misma. Dictadura por una doble razón. En el terreno estrictamente  económico, por su tendencia natural a burlar la competencia y a armar vastos entramados monopólicos. En el terreno ideológico, por la falsa conciencia masivamente inoculada, de  que nada en la vida tiene precio, sino en la medida que tenga valor en el mercado. El monopolio acaba negando la libertad económica, el nunca bien ponderado libre juego de la. El consumismo degrada la condición humana, y la democracia queda reducida a simple caricatura insustancial. Nadie en su sano juicio podría ubicarse en contra de la tendencia a la proximidad entre los pueblos. Con razonable sensatez también debe ser celebrado el descrédito corriente de los nacionalismos estrechos; y más si busca la confrontación por la confrontación misma.  Desde otro ángulo es motivo de orgullo, el hecho  de que la humanidad haya logrado formidables logros técnicos, que viabilizan el intercambio rápido de informaciones así como el conocimiento de personas y pueblos. Tampoco se puede dejar de competir por la búsqueda de medios e instituciones con idoneidad, eficiencia e inteligencia, orientada a resolver los problemas que sofocan al conjunto de las sociedades. La universalización de moda, se origina  por las necesidades expansivas del capitalismo económico y sobre todo financiero, que pretende incluir y construir una globalización despareja, que niega las diferencias legitimas y consagra las ilegitimas. En el gigantesco supermercado planetario habría lo de siempre: dueños, gerentes, consumidores cautivos, y (aportando mano de obra barata)   excluidos, cada vez más y más excluidos. Dos reflexiones adicionales para culminar este capitulo: La primera obvia y ya insinuada, es el intento triunfalista de mundialización que va acompañado al hecho de una segmentación acelerada y reactiva, con expresiones a veces brutales que hoy se multiplican y la segunda  es la dinámica  forzada y totalizadora donde se alojan  las posibilidades de una democracia  para todos. En actitud  como en el país vacilante de repliegue y pugnando solo por la sobrevivencia,  no se pueden fraguar democracias. (Sobre este tema volveremos luego).

“Pasa el tiempo y el segundero avanza decapitando esperanzas”

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

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