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Luis Fuenmayor Toro: La política

 

No voy a escribir sobre las diferentes concepciones de lo que es “la política”, las definiciones que aparecen en diferentes textos, las caracterizaciones que distintos autores, especializados en el tema, hacen al respecto, muchas veces tratando de hacer sublime algo que está mucho más dentro de la cotidianidad que lo que la gente cree. Hace más de 50 años, un compañero de estudios de medicina en la Escuela José M. Vargas de la UCV, militante de la juventud comunista, de padre comunista, involucrado en actividades subversivas con lo que se conoció como el FLN-FALN, utilizó unas pocas palabras para definirme lo que era la política, a las cuales mi experiencia de décadas en la lucha política, mi relación con líderes políticos nacionales e internacionales y el desempeño tenido en cargos de naturaleza política, no le han agregado mucho más.

“La política es el arte de la lucha por la toma del poder”. Lo recuerdo como si fuera ayer. Y la vida me ha enseñado que es eso y más nada. Alrededor de esa lucha, de ese deseo de tomar el poder, de esas ambiciones si se quiere, se construye todo un aparataje ideológico, que pretende justificar esa “toma del poder”. Algunos señalan cuestiones de carácter humanitario para explicar sus motivaciones: la lucha contra la miseria, contra las injusticias, por la igualdad de los seres humanos, a favor de los marginados sociales, por los derechos de los excluidos, por tener una patria grande, libre y soberana; por acabar con el tutelaje extranjero y cuanta cosa pueda ocurrírseles a los protagonistas de ese proceso de luchas por la toma del poder. Para saber si quienes afirman estas cosas dicen la verdad o si mienten para conseguir los apoyos necesarios, hay que esperar a que ejerzan el poder.

Se trata de la toma del poder, o de su mantenimiento una vez tomado, a como dé lugar. Luego aparecerán las explicaciones, o mejor las racionalizaciones, de los actores del proceso. En su desarrollo, la gente, los políticos, pueden llegar a hacer cosas muy perversas contra sus congéneres, contra sus amigos, sus compadres, incluso sus familiares consanguíneos más cercanos. El razonamiento lógico no pasa a un segundo sino a un último lugar. Casi se aplica aquella máxima (no voy a entrar en la discusión de su origen) de que “el fin justifica los medios”. Las verdades desaparecen, realmente no importan, lo que importa es el interés de fortalecer y respaldar las posiciones y las acciones de mis aliados, simpatizantes, amigos, correligionarios, camaradas o compañeros. Todo el que piense como yo será apoyado y  aplaudido, quien no lo haga será rechazado y condenado.

Es por esta razón, que alrededor de un hecho muy simple de ser comprendido y juzgado aparecen las opiniones más diversas y contradictorias y las explicaciones más esotéricas, sin ninguna relación con la verdad. En algunos casos, no necesariamente mayoritarios en número, los historiadores logran aclarar algo lo ocurrido, pero sólo cuando ya los sucesos son muy pero muy lejanos y por tanto no impactan en los procesos actuales. Mientras tengan influencia en lo que hoy sucede, la objetividad estará muy cuestionada. A ello obedecen explicaciones como la del “vacío de poder” del 12 de abril de 2002 en Venezuela, decretado incluso por el TSJ de la época, y la de la suspensión por el CNE del referendo revocatorio de 2016, luego de una sentencia de 6 tribunales penales de primera instancia, totalmente incompetentes para ir contra una decisión de un poder nacional como el electoral.

No hay manera legal ni lógica posible para justificar ninguno de estos dos actos. Ambos fueron una clara y grave violación de la Constitución y las leyes, pero sus ejecutores y quienes los siguen no aceptarán jamás que fue una arbitrariedad monstruosa, contraria a toda lógica, a la democracia y a los intereses de la mayoría de la población y de la nación venezolana. Y como estos hechos hay muchísimos otros, nacionales y extranjeros, que tienen exactamente las mismas características. Nombro algunos recientes por su importancia: la declaratoria del desacato de la AN por el TSJ, el desconocimiento de la elección de Nicolás Maduro como Presidente en 2018, la auto designación de Guaidó como Presidente de dos poderes, el inconstitucional poder comunal.

Y si nos vamos al análisis de la situación política internacional, la situación lejos de mejorar empeora. Evo Morales no ha debido ser candidato pero lo fue y ganó con por lo menos 9 por ciento de ventaja. La auditoría, instrumento que se utiliza precisamente para detectar irregularidades que hagan dudar de los resultados, hizo su trabajo y dio una recomendación, la cual fue acatada por Morales. Hasta allí las cosas marchaban dentro de la institucionalidad vigente. Lo que vino después fue un golpe de Estado, tan claro como el de 2002 en Venezuela. Pero supongamos que estamos equivocados y que todo lo ocurrido lo tiene bien merecido el presidente Evo y, por tanto, su renuncia es lo mejor que podía ocurrir. ¿Qué dice la Constitución? Le corresponde asumir al Vicepresidente, quien también renunció, por lo que le toca a quien presida el Senado de la República.

Pero no. Los opositores tuvieron suficiente fuerza para evitar esto y designaron a la segunda vicepresidente del Senado, quien ya nombró un nuevo Estado mayor militar y a sus ministros. Todo ello inconstitucional, pero se impone por la fuerza de las armas y lo apoyan en Venezuela quienes condenan a Maduro por imponerse por las fuerzas de las armas. La contradicción es más que evidente para quienes tengan todavía algo de pensamiento lógico, pero para el común de los opositores extremistas venezolanos no es así. Volvemos entonces al principio de este artículo: lo que importa es que el poder lo tomó el amigo o aliado y no el amigo de mi adversario. No se razona, la verdad no importa ni tiene ningún sentido conocerla.

 

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