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Leandro Area Pereira: El poder descompuesto

 

El poder es fundamento tanto de la vida humana particularizada como de la social. ¿Llegamos a este mundo con ese gen o lo fuimos ganando, costumbre que se adquiere  y fija, a lo largo de nuestros múltiples partos históricos? Porque no existe organización construida por el hombre, por simple o compleja que ella sea que no esté permeada, influida o determinada por ese componente que amalgama, reúne y compacta las tendencias a la dispersión que se expresan en y a través de lo individual.

Es así también como nos planteamos evitar el supuesto caos del yo multiplicado mediante la jaula liberadora del nosotros. ¡Qué paradoja! Lo singular que cobra sentido en lo plural. Se atenúa. Contenido en continente. Ecuación que nos indica que se puede ganar perdiendo y perder ganando al mismo tiempo. En esa vitrina se promocionan y venden, en el mercado de la conflictividad,  los beneficios de estar juntos. De allí la tribu, la familia, la educación, las leyes, las costumbres, el idioma, las religiones, las nacionalidades, y demás. Son todas y cada una relaciones de poder. La unidad.

Poderes hay además para todos los gustos y colores. Unos a la vista otros escondidos, presentes y ausentes, externos  e íntimos, reales o inventados, pasajeros y constantes. Liberadores como la mente y otros castrantes, como ella misma puede llegar a ser. ¿El poder es bueno o malo? ¿Tonta pregunta? Instrumento de doble cara. Mercancía.

El amor es otra de sus formas que así como nos sublima pudiera, una vez que se rompe su hechizo, culminar en odio. La esclavitud es también despiadada dependencia de poder que nos destruye hasta que nos liberamos. La democracia por su parte es vínculo inestable entre poderes, nosotros el fundamental, que nos convencen y representan, equilibran y dan sentido compartido. La dictadura es una imposición de voluntad que nos aplasta y envilece.

El poder pues es una relación, no un destino, y hay poder y poderes en todos los ámbitos de nuestra existencia. Podemos sentir su potencia hasta en nuestros comportamientos más íntimos e insospechados. Siento y creo entender en principio que las plantas de mi jardín no ejercen influencia sobre mis valores, actitudes y conductas, pero mi perro en cambio sí. Hay entonces una gama interminable de posibilidades, matices, de interconectividades, conscientes o inconscientes, que al final me hacen ser, nos hacen dibujar lo que somos, lo que hemos dejado de ser por voluntad, desgano o debilidad, y también lo que podemos merecer por conciencia, mérito y empeño.

El poder mira de arriba abajo y viceversa. El que manda conmina, domina, no tiende a tranzar o discutir a menos que sienta su majestad en vilo, en crisis, en peligro. Allí sí es verdad que es capaz, oportunista y solícito él, de negociar, dialogar y llegar a acuerdos. Puede que baje la cabeza con tal de mantener su predominio. ¡Total, Paris bien vale una misa!

En democracia, cuyo poder radica teóricamente en los ciudadanos, ese vínculo o apego tiende a expresarse y concretarse en vida diaria consentida a través de múltiples y complicadas formas, una de las cuales, la más emblemática, romántica y simplificadora, radica en la fuerza del voto donde se concentra y expresa la supuesta libertad de elegir entre todas las opciones, incluso la peor.

Pero no es una diosa perfecta la de votar, y progresivamente su majestad se ha venido a menos frente a una cascada de denuncias y evidencias que incluyen la manipulación y compra de los votantes, fraudes electrónicos, inoperancia de los sistemas electorales, corrupción de los organismos comiciales y de sus funcionarios, en suma, guisos, trampas y mentiras a diestra y siniestra asociadas a los intereses políticos, económicos e ideológicos que corroen más aún el recto sentido de lo que debería ser vivir dignamente en sociedad. ¡Ilusos, soñadores, nosotros!

Pero el poder se escabulle de toda esa epidemia bacterial pues tiene vida propia, mecanismos de defensa y sobrevive, recicla, a cualquier embate de la realidad, y se impone sin tregua a la depravación de la política que vendría a ser una de sus hijas o máscaras dilectas, a los desastres climáticos, a los fracasos económicos, a las corroídas instituciones, a los hombres, a los dioses, en fin.

Es más, pareciera que en esos cataclismos se apuntala y catapulta inmortal, acompañado de los peores, y se hace más imperioso porque se requiere más de él, se le necesita, para protegernos de la incertidumbre, del miedo y de la intemperie. Entonces, es luz y sombra perenne que hay que conocer, aprender sus lenguajes, sus silencios, sus escalas y tiempos, sus latigazos y sus efímeros y equívocos galardones. Recuerda que tú eres parte del juego. Jugador y juguete.

Hoy pareciera que los poderes que mantenían el orden social, político, económico, cultural, religioso, se hallan en estado de franca descomposición, descoyuntados, descompuestos e imagino que esto provocará, si no ocurre algo peor, la recomposición de los mismos elementos que estimulan la crisis en contenidos “nuevos”, reciclados, metamorfoseados, que tiendan a superar el desequilibrio global del sistema con el que nos despertamos, ya sin sorpresa ni aspavientos a cada rato, y aparezca una nueva forma de equilibrio inseguro y perecedero como lo son todos los equilibrios.

Es hora de imaginar creativamente y rápido una nueva forma de sistema político que supere, incluyéndola, a la democracia, que se aleje de la dictadura y de los populismos, y rescate por sobre todo lo demás el principio básico e ineludible del respeto por los derechos humanos, otorgando oportunidades de progreso espiritual y económico a la gente, al ser humano cada uno me refiero. ¿Estaremos pensando en eso o viviremos obnubilados más bien bajo el poder castrador del presente?

 

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