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Rafael del Naranco: El muro  de la  libertad

 

Han  trascurrido 30  años de la caída  del muro de Berlín, y  ello nos recuerda  de que  “no hay nada hecho por la mano del hombre que tarde o temprano el tiempo no destruya”. Lo dijo Cicerón.

Muchos en muestro  país criollo de pesares recónditos, desilusiones hirientes, que  inunda el socialismo de  infortunios inhumanos,  debieran verse en esas piedras y aprender de tal oscuro abrevadero.

El Muro de Berlín ya no existe: queda algún pedazo, no más. A nuestro ver, la ciudad cometió un pequeño desliz: debería haber dejado una extensión más amplia  de ese armatoste como referencia  a un pasado aterrador.

En nuestra última visita a Berlín nos hospedamos en el recuerdo, es decir, en un hotel emblemático que guarda una historia vivaz en sus amplios aposentos. Se trata   del Bristol Hotel  Kempinski, alzado en el incomparable paseo Kusfürstendamm. Existe desde 1897 y es un clásico.

Se le llama el hotel de la “guerra fría”. En él políticos, periodistas, espías, artistas y mujeres hermosas, crearon un ambiente de cine negro que aún perdura,  y aunque destruido por los bombardeos rusos y reconstruido en 1952, volvió a recuperar su antiguo esplendor. Actualmente sigue siendo cita obligada de  los que acudan al Ku´damm. Tomar el té en sus salones es una ceremonia canonizada.

En esa urbe antiquísima levantada sobre una llanura inmensa  – en ella se siente el rugido del viento de la estepa – cada visitante  puede escarbar sobre sus estructuras imperiales cada una de sus nostalgias.

– “El Berlín  de Bismarck o de Hitler, el Berlín donde ondea la bandera roja o el Berlín donde resuenan las notas del `Ángel Azul`, el de Gropius o el de Gras”, como nos iba tarareando  el guía que nos llevaba aquellos días casi en volandas sobre la ciudad, marcaban sobre nuestros pasos   los ensortijados de una posguerra que había  partido por la mitad  el continente europeo.

La  existencia de los berlineses en el pasado siglo XX,  está estampada sobre la historia reciente, y esa es la causa de que los edificios vanguardistas y modernos, el cine, los teatros y la puerta de Brandeburgo, punto álgido  donde comienzan el Oriente y el Occidente,  sean el encanto de una metrópoli irresistible cuya razón de ser es  perpetuar el  valor de la liberación  en su más amplia acepción.

El 9 de noviembre de 1989, hacia las 11 y 15 minutos de la noche, centenares de personas acuden a los pasos fronterizos divisorios, y en tropel,  cual si fueran una migración de aves en busca del calor del sur, avanzan desde la parte oriental y rompen a tramos el murallón que tanta sangre y  dolor inconmensurable había sembrado.

Esa anochecida, Europa respiró aires frescos envuelto en una dulcificada esperanza, y el humanismo europeo – en expresión de George Steiner – que había nacido en los cafés de la ciudad  y borrado a sangre por el nazismo,  retornó envuelto en bocanadas de brisa cantarina que envolvía a unísono la palabra más hermosa posible en todo momento: libertad.

 

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