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Adriana Moran: El fin de la batalla final

 

Aferrados a una idea fija e inmodificable, un grupo de opositores no se ha dado cuenta de que aún en medio de aguas embravecidas y cielo encapotado, el capitán que daban por muerto ha ido retomando el control del barco que parecía destinado a desbaratarse en mil pedazos mientras atravesaba la tormenta perfecta. Más enfocados en pensar en la nueva y moderna nave imaginaria que vendría a rescatar a los hipotéticos náufragos para llevarla a puerto seguro que en vigilar el curso de la tormenta y las maniobras de la tripulación para esquivarla, se fueron quedando en una escena congelada, repitiendo la misma frase, incapaces de ver como todo cambiaba a su alrededor y contando con una aniquilación que no se produjo.

Repitiendo que el barco a la deriva no tenía forma de salvarse, fueron descuidando a los pasajeros que eran el objetivo de su lucha. Y los que fueron injustamente acusados de mansedumbre por no encender el motín que terminaría defenestrado al capitán autoritario para sustituirlo por uno más inteligente, más preparado o quizás, hasta con un uniforme más reluciente, entendieron que sus vidas miserables dependían de ellos mismos y que tenían que pedir y reclamar a quien de verdad estaba al mando y podía concederles algún alivio a sus atribuladas vidas.

Protestaron desde sus pequeños espacios, le reclamaron por la falta de lo más esencial para sobrevivir, le pidieron mejores salarios para que el destartalado barco siguiera a flote y salvar la vida. Se fueron alejando del discurso que prometía una última batalla épica que resolvería en un único y heroico acto todos sus problemas para siempre y se decidieron a luchar por lo que querían e ir construyendo una fuerza capaz de mantener la nave y sus vidas a salvo.

Es un barco que no se ha librado aún de la amenaza de tormenta, que navega en aguas turbulentas y profundas, que tiene daños graves, pero que es ante todo, un barco con millones de almas decididas a hacer valer sus derechos y a reclamarle por un lado al abusivo capitán que siempre está a punto de hundirlo, y por el otro, a los que llaman a incendiarlo con ellos adentro. No es el tiempo de ninguna batalla final. Es el tiempo de escuchar a los que quieren ser dirigidos a puerto sin necesidad de hundir la embarcación que los transporta. No es la hora del naufragio. Es la hora de la maniobra inteligente que pueda salvarnos a todos.

 

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