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Ramón Hernández: Veta literaria desperdiciada

 

Hasta agosto Lucy Ellmann había vendido medio millón de ejemplares de un libro que pesa algo más que un kilo y consta de una sola oración que ocupa poco menos de 1.022 páginas. Es un monólogo de un ama de casa que hace tortas para la venta y se hace preguntas y se responde sobre los programas de televisión, las canciones de moda, los discursos de Donald Trump y cuenta, en paralelo, las penalidades de una leona para proteger sus cachorros. No ganó el Book Price 2019, quedó entre los finalistas, pero su monólogo ha hecho correr ríos de tinta y videos.

Comprar un libro no es leerlo. Todavía hay coleccionistas del boom latinoamericano que conservan numerosos ejemplares con su papel celofán original y marxistas de pelo en pecho que no han terminado el prólogo de El capital, y hasta peor, ministros de Ciencia y Tecnología que nunca entendieron el principio de Arquímedes ni cuál es la velocidad de la luz, pero no debe asombrar que tantas personas sacrifiquen el tiempo de ver televisión, hacer una parrilla o salir de tragos con los amigos para leer la retahíla mental de una señora que se dedica a pensar en lo que están haciendo su esposo y sus hijos mientras ella bate huevos y los mezcla con harina de trigo y azúcar.

Los venezolanos vivieron encadenados a un monólogo desde 1999 hasta 2013, cuando sin solución de continuidad empezó otro que todavía no termina, aunque todas las opciones están sobre la mesa. No es otra versión literaria ni siquiera un pasatiempo estético, tampoco la continuidad de la experiencia irrepetible de Gabriel García Márquez en el Otoño del patriarca, también una sola oración y un experimento hecho con el Ulises de James Joyce en la cabeza y la posibilidad mágica de imaginar a un viejo tirano revisando su gallinero y llevando la cuenta de las cluecas, de las alborotadas y de las que serían destinadas al próximo salcocho.

Con los veinte años de discursos, alocuciones y anuncios transmitidos por cadena de radio y TV, por ahora, se podrían hacer más de un centenar de volúmenes como el de la señora Ellman. Obviamente, serían superiores en ficción, en la variedad de asuntos abordados, en los aportes léxico-semánticos y en la barroca concatenación de hechos e irrealidades. Insuperables. El verdadero realismo mágico, participativo y protagónico, con su toque de sangre, sexo, cárcel, tortura y corrupción. Material sobra, además del inimitable Aló, presidente, existen los sucedáneos posteriores y las versiones nicaragüense, boliviana, ecuatoriana, mexicana y, albricias, cubana (Miguel Díaz-Canel, sin guion, tiene uno y a veces lo transmite Telesur). Sobra material, falta filtrarlo.

Sin duda, aquel discurso ante la Asamblea Nacional que sin siquiera una chuleta duró más de nueve horas, por respeto a la majestad del Estado, no puede incluirse, pese a sus recurrentes juegos de palabras y sus montones de figuras literarias, pero la transmisión del protagonista cavando uno de los túneles del ferrocarril del Tuy, con el tum-tum-tum de fondo, mientras aguantaba las ganas de ir al baño, como contó posteriormente, merece un tomo completo. Si Ellmann quedó finalista este año, la revolución bolivariana se lleva el gordo el año que viene. Manos a la obra, claro, si encuentran los archivos digitales y en físico del comandante intergaláctico que fueron expurgados y volvieron polvo cósmico, el futuro que se anuncia para el cuartel de la montaña. Vendo plataforma literaria sin estrenar, incandescente.

@ramonhernandezg

 

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