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Ismael Pérez Vigil: Deslinde

 

Los caminos se angostan. En enero de este año todo parecía propicio para un rápido final y una salida del régimen. El comienzo del nuevo período legislativo con la designación de nuevas autoridades y la definición de una ruta –cese a la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres– junto con grandes manifestaciones y movilizaciones opositoras así parecía indicarlo, incluso para aquellos que pensábamos que la designación de un presidente por parte de la Asamblea Nacional no era una buena decisión política.

El tiempo nos ha ido diciendo que, al menos desde el punto de vista de liderazgo, aquella fue una decisión acertada, aunque después algunos de los errores cometidos alejaron la perspectiva de una salida como se veía en enero, fácil y rápida. Los mangos no estaban bajitos; con todo lo ocurrido aprendimos que no teníamos la fuerza a nivel interno, ni el apoyo internacional suficiente todavía, para que esa anhelada salida se pudiera concretar.

Hoy nos damos cuenta de que las minorías activas, manipulando la información y las redes sociales, imponen su opinión, frente a una gran mayoría que ha decidido guardar silencio. Ante esa situación los formadores de opinión –que hoy llaman: “influencers”, “bots”– tanto del gobierno como de la oposición extrema aprovechan la ocasión para estimular sus propias ideas; unos –los del régimen– tratan de convencer a los opositores diciéndoles que “no hay nada que hacer, todo está perdido, cualquier esfuerzo es inútil…”; y otros –los de la oposición extrema– que aprovechan para arreciar en contra de aquellos opositores que no comparten la ruta de salida en la que ellos creen y pretenden que han diseñado.

Pero todo esto ha tenido una virtud: que los campos se deslinden, que las ideas se aclaren, y que se vayan perfilando cuáles son las opciones en las cuales nos vamos alineando. Para el gobierno, la perspectiva es simple, en su afán de sobrevivir y teniendo claro que la fuerza opositora sigue siendo limitada, al menos en comparación con la fuerza física y bruta que él posee, trata de mover la perspectiva de adelantar elecciones, pero parlamentarias, que de todas formas ya tendrán que celebrarse en el 2020 que es lo constitucionalmente previsto. Obviamente trata de manipular la fecha, adelantándola para un momento que le sea propicio o menos desventajoso y que sea bajo sus “condiciones”, unas que le garanticen el triunfo o que impidan una derrota como la del 2015.

En la oposición –al no existir un pensamiento único que se impone por la fuerza, como en el régimen– la situación es un poco más compleja. Las vías de salida que algunos veían en enero se han ido cerrando. Ya tenemos plena conciencia que no contamos con una fuerza militar interna que restituya la legalidad constitucional. Tampoco se cuenta con una –indeseable– intervención extranjera de ningún tipo, ni siquiera con el TIAR, mucho menos con el mítico R2P. Algunos, sin embargo, todavía apuestan por una “insurrección popular” que de todas maneras nadie parece estar organizando y que podría ser muy peligrosa de producirse espontáneamente, pues cuando los pueblos están dispuestos a producir un cambio violento, pueden hacerlo en cualquier dirección, no necesariamente en la dirección deseada, de acuerdo con alguna doctrina, ideología o programa particular.

Nos va quedando una opción de la cual muchos no hablan porque levanta todo tipo de pasiones y de insultos: la opción de negociar una salida electoral. Eso supone en primer término tener la fuerza suficiente no solo para obligar a la dictadura a sentarse en la mesa de negociación, sino también para que acepte las condiciones que allí se le presenten; y, en segundo lugar, supone estar de acuerdo en las características de esa vía electoral y eso tampoco es tan sencillo.

Frente a la posición de negociar, la discusión en la oposición se debate en dos simples términos: hacerlo o no hacerlo. No voy a repetir aquí esa discusión, ni los términos con los que nos calificamos mutuamente quienes estamos por una u otra opción.

Sobre la opción más concreta de la vía electoral se presentan también varias posiciones en el sector opositor; una, la de quienes la rechazan de plano y se decantan por cualquier otra salida, muchas veces sin concretar o proponer ninguna. Dos, entre quienes aceptamos esta vía se presentan varias opciones también; está la de los que están dispuesto a aceptar cualquier proceso electoral que proponga el régimen, sin ningún tipo de condición y plantean asistir al proceso con una posición voluntarista, contando simplemente con que la oposición tiene la mayoría suficiente para ganar y el régimen “respetaría” ese resultado. Quiero pensar que en ese sector hay un grupo que considera que debe haber unas ciertas condiciones, mínimas, aunque en cualquier caso acepten ir a un proceso electoral sin mayores pretensiones.

Pero creo que hay un sector mayoritario de la oposición, que está silencioso y no se manifiesta, que apoya a quienes pensamos que se debe negociar una salida electoral, pero con condiciones mínimas que ya hemos expuesto en otras oportunidades; por ejemplo, un CNE imparcial, observación y supervisión internacional, que voten todos los mayores de 18 años, donde quiera que estén, en síntesis, y para no extenderme mucho, que se respeten las leyes electorales. Pero lograr eso supone dos elementos fundamentales: uno, la unidad opositora que enfrente a la dictadura como una sola fuerza o por lo menos como una fuerza mayoritaria y que logremos las alianzas internas suficiente que movilicen a la población para ir a votar y defender el voto; y dos, las alianzas internacionales que se constituyan en una fuerza que obligue al régimen a respetar los resultados que, sin duda alguna, no le serán favorables.

Lograr esta fuerza interna con movilización de la mayoría venezolana que repudia a la dictadura y lograr esa coalición internacional que nos apoye en una salida electoral, debe ser la estrategia política y las tareas prioritarias de la oposición, a la que debe dedicar todo su esfuerzo.

 

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