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El País / Editorial: Costa vence

 

El primer ministro portugués, Antonio Costa.

La victoria del socialista António Costa en las elecciones legislativas celebradas el domingo reflejan el respaldo de la sociedad portuguesa a una fórmula de gobierno de izquierdas monocolor que ha empleado inteligentemente los apoyos parlamentarios para convertir a su país en un ejemplo de estabilidad institucional y que le ha permitido entrar en una senda de progreso superando los difíciles momentos generados por la crisis económica.

El Partido Socialista ha aumentado notablemente su número de escaños, pasando a 106 —de una Cámara formada por 230 diputados— desde los 86 que obtuvo en 2015. Se trata, sin duda, de la “victoria expresiva” que reclamaba el primer ministro luso a los votantes y que le coloca en una posición de fuerza a la hora de afrontar la formación de un nuevo Ejecutivo para los próximos cuatro años. El resultado además refleja un claro retroceso del centro encarnado por el Partido Socialista Demócrata (PSD) y de la democracia cristiana del CDS. Acudiendo juntas a las urnas en 2015 ambas formaciones llegaron a los 107 escaños, mientras que ahora, por separado, han obtenido 77 y —apenas— 5 congresistas respectivamente.

Se trata del triunfo de un político que llegó al poder un mes después de las anteriores elecciones legislativas, cuando la Cámara rechazó la designación como primer ministro de un candidato de centroderecha. Entonces Costa propuso una inédita fórmula que levantó objeciones incluso dentro de su propio grupo. El Partido Socialista gobernaría en solitario buscando principalmente el apoyo parlamentario de los partidos de la izquierda. La fórmula superó primero las reticencias y posteriormente demostró su eficacia y solidez a la hora de gobernar. Durante este tiempo, Costa no cerró nunca la puerta a acuerdos puntuales con la oposición, con cuyos votos ha contado en algunas ocasiones, enfrentándose incluso a las formaciones que sostenían su Gobierno en la Cámara.

El resultado de este entendimiento institucional, que refleja la comprensión política de que los votantes emiten un mandato al Congreso para que el país tenga un Gobierno, ha dado unos resultados que ni los más optimistas hacían presagiar cuando Costa llegó al palacio de São Bento. En apenas cuatro años Portugal ha pasado de un crecimiento del 1,5% anual y un déficit del 4,4% a crecer al 2,6% y reducir su deuda al 1,4%. En este tiempo el primer ministro ha tenido que convencer —a veces con mucha dificultad— tanto a sus socios como a sus conciudadanos de la necesidad de aplicar políticas prudentes en cuanto al gasto y al mismo tiempo ha dejado claro a Bruselas que la austeridad económica no puede convertirse en un fardo inasumible para la ciudadanía. Los portugueses han dado su aprobación a esta estrategia colocando a los socialistas en una posición de mucha más fuerza a la hora de reeditar la fórmula, que ahora entra en un proceso de negociación que, en cualquier caso, no se prevé fácil dado que los partidos de izquierda —que han experimentado un ligero retroceso— han anunciado que exigirán importantes medidas concretas en sus reivindicaciones sociales.

Este es precisamente el gran reto de Costa, poner el foco en los servicios en un país todavía bajo los efectos de la crisis con la dificultad añadida de gestionar la economía en un escenario de menor crecimiento.

 

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