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Gustavo Coronel: El amigo en la batalla, Antonio Pasquali

 

“Un amigo es la imagen que tienes de ti mismo”
Robert Louis Stevenson

Esta mañana, 5 de octubre, ha muerto en Cambrils, España, mi amigo Antonio Pasquali, compañero de viaje por la vida durante 71 años. Juntos aprendimos que esto de la vida no es asunto de ganar o perder: es la batalla. La batalla se da conociendo de antemano el desenlace. Lo hermoso es la determinación de luchar como si la lucha fuese a cambiar el resultado. Por muchos años, en el fragor de la batalla, uno llega a olvidar que llegará el día que el sol no salga más para nosotros. Pero la batalla continúa y otros entran a la brecha, sin arrugas y sin achaques, llenos de entusiasmo, grandes de corazón, seguros de que saldrán victoriosos.

Así nos sentíamos Antonio Pasquali y yo en las mañanas neblinosas de Los Teques de 1948, cuando el mundo era nuestro y nada parecía imposible.

La llegada de Antonio Pasquali a Los Teques, en septiembre de ese año había causado una cierta sensación en el pueblo. Todavía en aquel año Los Teques era apenas una minúscula ciudad de unos 12.000 habitantes, cantada por poetas, olorosa a pinos, una especie de Davos Platz tropical. Uno de sus poetas, Carlos Gottberg, la había bautizado como la capital de la bruma. En algunas de sus esquinas no hubiese sido sorprendente ver aparecer en cualquier momento a Settembrini o Hans Castorp, dos de los protagonistas de “La Montaña Mágica”, la novela de Tomás Mann.

Fue a este pueblo inolvidable, perdido entre montañas, que llegó Antonio Pasquali, aún adolescente. Llegaba a Venezuela con sus padres y hermanos desde Robato, pueblo de Brescia del norte de Italia y proyectaba estudiar su cuarto año de bachillerato en el Liceo San José, manejado por los Salesianos, un centro educativo de gran prestigio en el país.

Decimos que su llegada causó una cierta sensación por su aire francamente nórdico, la blancura de su piel y porque todavía usaba pantalones cortos, algo extraño para los tequeños de su edad, quienes ya a los catorce años cumplían con el rito de alargarse los pantalones. La combinación de su ya desarrollado nivel intelectual y físico exótico quizás le dificultó un tanto a Antonio su rápida asimilación al nuevo ambiente. En el Liceo “San José” de aquellos años Antonio y yo tendríamos como compañeros a quienes, como Enrique Acevedo Berti, Carlos Alberto Moros, José Luis Bonnemaison, Leonardo Montiel Ortega, Román Chalbaud y Armando Segnini, entre otros, serían destacados rectores universitarios, líderes políticos, cineastas o gerentes petroleros. Luego, iríamos al Liceo Andrés Bello, a estudiar el quinto año de bachillerato, fundaríamos un periódico literario “ESPIRAL”, el cual solo vio tres números, llenos de poemas, traducciones y trabajos de, entre otros, Guillermo Sucre, Francisco Álvarez, Maritza Kohn, de Antonio y del suscrito.

La llegada de Antonio a Los Teques representó un hito muy significativo en mi vida. Desde el momento en el cual lo conocí, hace 71 años, hasta el día de hoy, Antonio fue no solo el más antiguo y más querido de mis amigos, sino uno de los tres amigos más influyentes en mi vida. Dedicado plenamente al disfrute de esa amistad nunca había pensado en ella como lo que fue realmente: un verdadero milagro y un magnífico regalo recibido de la vida a una temprana edad.

Ya no recuerdo las exactas circunstancias de nuestros primeros encuentros pero sí recuerdo que lo invité a nuestra casa desde que llegó a Los Teques, donde se alojó en la pensión de la bondadosa Sra. Casado. Intuí que Antonio se sentiría un tanto solo en un ambiente nuevo, tan culturalmente diferente y lo llevé a la casa con frecuencia. Luego yo tendría la oportunidad de ir a su casa y llegar a conocer y apreciar el resto de la familia, viajando con él a Rio Chico, donde sus padres se radicaron por algún tiempo y donde comí, por primera vez, la escarola.

Lo que nos reunió de inmediato fue una fuerte afinidad por cuatro aspectos de la vida: el amor por la literatura; la afición por la música clásica; el disfrute de la naturaleza y algo más íntimo, un rígido apego a principios y valores humanísticos que nos convirtieron en hermanos espirituales. Antonio, pocos años mayor, se convirtió rápidamente en un modelo a imitar, en un mentor. En nuestras caminatas por el Parque “Gustavo Knoop”, lleno de senderos alfombrados por las agujas de los pinos, Antonio me daba consejos sobre el cómo escribir y actuar.

Hace más de dos mil años Cicerón escribió un tratado, Laelius de Amicitia, basado en la amistad entre Gayo Lelio y Escipión, el cual describe los componentes de la maravillosa relación. Al inicio de ese tratado Cicerón dice: “La amistad solo puede existir entre personas buenas”, aquellas personas cuyas acciones estén en línea con sus valores y tengan el coraje de defender a ultranza sus convicciones. Esto es precisamente lo que encontré en Antonio y ello me llevó a verlo como mi auditor amable pero inflexible en el campo de la ética, un apoyo que afortunadamente también recibí de mis padres, de mis maestros y de otros amigos excepcionales. Ello siempre me ha ayudado a navegar el mar proceloso de la ética, ya sea en Venezuela o en cualquier otro lugar del mundo donde me ha tocado vivir. He sentido siempre que debo dar cuenta de mis actos a la memoria de mis padres y que debo vivir mi vida al nivel ético de mis grandes amigos. Y Antonio fue y seguirá siendo – hasta el final – uno de los grandes raseros por el cual medir mi conducta.

Se dice que el viaje por la vida, ese maravilloso viaje del cual nos habla con tanta elocuencia Constantino Cavafis en su poema Itaca, no debe ser hecho en soledad. Nuestro viaje necesita compañía que nos ayude a llevar sus cargas y a compartir su disfrute. Nuestras alegrías solo son completas si pueden ser compartidas con los amigos. Antonio fue un gran compañero de viaje y un gran aliado en la eterna batalla del idealista por construir un mundo mejor.

La amistad con Antonio, la cual comenzó en la adolescencia y se mantuvo durante toda una larga y feliz vida, sin desavenencias o interrupciones, me ha hecho una mejor persona. Su hogar fue el mío y mi hogar el suyo. Lloramos juntos, con el desenfado que dan los años, al re-encontrarnos en Virginia después de muchos años sin vernos.

Leer lo que él escribía siempre me hizo pensar que eso era lo que yo hubiera escrito. Hemos sido igualmente inflexibles en materia ética y así será hasta el final.

Empédocles decía que “La amistad es la fuerza unificadora del Universo”. Al final de sus vidas los amigos caminan juntos, al mismo paso decidido con el cual comenzaron el viaje en algún pueblo perdido entre montañas.

Muchos fueron sus amigos y sus amores intelectuales, bella su familia, mucho será escrito sobre la inmensa obra que Antonio Pasquali deja al mundo del pensamiento, sobre sus cualidades como maestro de multitud de estudiantes universitarios, sobre su decisiva influencia como referencia moral redentora en un país azotado por la mediocridad y la ignorancia, sobre su excelencia gastronómica. Pero el Antonio que siempre tendrá un sitial muy especial en mi corazón es aquel joven que llegó a Los Teques, portador de una milenaria sabiduría y me tomó de la mano para servirme de ejemplo y guía durante lo que ha sido un largo y maravilloso viaje.

 

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