Inicio > Opinión > Leandro Area Pereira: Para una memoria de lo no vivido (*)

Leandro Area Pereira: Para una memoria de lo no vivido (*)

 

Pienso que al menos son cuatro los factores que explicarían en buena medida el devenir histórico de los venezolanos y de Venezuela, expresado en sus actitudes y comportamientos políticos. Ellos son: una profunda sensación de orfandad; un sentimiento de despojo; una persistente aunque imprecisa aspiración de libertad y una ambición desmedida por el poder.

El primero de los aspectos señalados refiere a la distorsión y utilización temprana pero sostenida en el tiempo por la historia y los historiadores, no sé a quién responsabilizar primero, en la que se vende en exceso heroico, dramático y gramático, la separación de Venezuela de la Madre Patria en términos de quebrantamiento libertario, revolucionario, permisado y necesario. Esa visión echa raíces, flores y frutos hasta el día de hoy.

De ese matriarcado colonial pasamos, y no sin traumas, al patriarcado de los libertadores que entre otros logros, de no poca virtud, se traicionaban y mataban entre ellos, cuenta otra vez la historia y sus historiadores, en el efervescente caudillaje tribal de rutina tropical y levantisca de la cual tampoco se salvaría Simón Bolívar, el Padre de la Patria, al que poco valió honra y honores para salir indemne de soberana humillación por parte de sus congéneres.

En Venezuela, si es que el país aún existe, no hay territorio ni mausoleo suficiente para enterrar a tantas glorias y traiciones sin contar además con tanto heredero realengo, cobradores de peaje o de sucesión, que se reproducen a lo largo del tiempo por estos tremedales. Huérfanos pues, de padre y madre, “pueblo” decidieron llamarlo, y tal seguimos mendigos solicitando hospicio sustituto.

En agregado se encuentra además de esa, sin faltarles en todo la razón, esta otra interpretación multiplicada y saboreada por todos los rincones según la cual Venezuela ha sido y es un país invadido, mutilado, expoliado y reducido por propios y extraños. Allí se suman en fila interminable o en componenda, el Imperio español, y ya desde gateando el británico y ahora Guyana que no se quede atrás, el Virreinato de la Nueva Granada hasta el día de hoy, los gringos ni se diga. Súmele a los traidores internos, a los partidos políticos en su momento, a las “élites podridas”, ahora a Chávez y su marea roja, a los cubanos del mar de la felicidad, al otro imperio, el ruso, a los chinos e iraníes y demás, FARC y ELN incluidos, que el menú da para todos los guisos y posturas políticas.

El territorio, El Dorado, el petróleo, las riquezas, la identidad, todo ha sido amputado, sustraído, negociado, por lo que entonces, en razón de esa rapiña alienante, no hemos podido llegar a ser lo que supuestamente deberíamos. Ese discurso hecho demagogia persiste desde los héroes libertadores y se hace abecedario diario en el discurso de caudillos, en la derecha, en la izquierda, en los interminables golpistas, en el centro, en el nosotros, y se entreteje nido en la cabeza de todos convirtiéndonos en culpables o en víctimas propiciatorias o en vengadores de un supuesto destino implacable. Pasajeros pues en permanente tránsito, turistas del gerundio, hacia la comarca siempre postergada del “quién sabe”, del “puede ser”, del “tal vez”. ¡Bienvenidos sean pues los salvadores de la patria!

Luego deambula incorpórea una imprecisa noción de libertad: “Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó…” ¡Cómo nos fascina esa imagen con la que nos embelesamos y cantamos bajito para dormir a nuestros hijos y nietos en la cuna! Pero además con esa consigna nuestra gente sigue marchando por las calles frente a la dictadura y la he oído gritar pidiendo libertad más que comida. Somos peritos testarudos en construir imágenes bajo el sol implacable, labradores de soñadurías, ilusiones ingratas aunque paradisíacas. Al menos desde 1810 hasta nuestros días y contando.

Que no se nos olvide la cuarta pata del taburete inestable sobre el que nos mantenemos a flote, balseros del espíritu, y que es el del gozo, la ambición por el poder, el instrumento fácil para llegar a ser personalmente, individualmente, lo que no nos permiten nuestras incapacidades colectivas.

Guerra de la Independencia, caudillismo, dictaduras, democracia, izquierdismo, militares, empresarios y curas, chavismo-madurismo, oposiciones democráticas, en todos bulle esa avidez traumática por encontrar figura, lustre, riqueza, desproporción, gula de espejo y de fortuna. Bucaneros, mineros, almas en pena.

Y si estos cuatro afluentes apuntados anteriormente fluyen sin cortapisa, sin diques de contención, como el Estado y otras instituciones, el derecho, la justicia, los principios, la ética, sin ni siquiera un simple semáforo en la calle, el río turbulento que se crea de esa sumatoria de causas no tiene freno. Torrente que sin madre se desborda permanentemente por doquier y derriba todo lo humanamente construido.

Por su parte la izquierda criolla, su mitología, discurso y representantes, no son animales políticos ajenos a esta vorágine. Esa mentalidad de moda “marxista” caló desde muy joven aquí en el siglo XX venezolano. Baste leer a los pichones políticos de la llamada Generación del 28 por ejemplo, sin contar a los del Partido Comunista, que cansados de tanta dictadura, atraso, exilio, con razón, agallas y corazón, proponían nuevas ilusiones de progreso y de ciudadanía con lenguajes calcados del Manifiesto Comunista o de la Revolución Bolchevique. Léase nada más, para muestra un botón, el Plan de Barranquilla firmado por sus autores en marzo de 1931.

Allí habría que husmear tal vez los orígenes de esos calenturientos marxistas venezolanos de los años sesenta, que de esos vientres nacieron y que con otros viudos del poder encabezaron golpes de Estado, guerrillas, y ejercieron entre ellos y otros tantos de afuera, acciones encaminadas a derrotar la democracia que acababa de nacer tambaleante.

Varios escenarios acompañan esta aventura izquierdosa y zurda de los sesenta explicada en distintas versiones por actores del reparto o elaboradas por historiadores, otra vez, u otros estudiosos de estos laberintos. De ese enjambre de explicaciones me quedo en principio con las que siguen:

En lo internacional los sesenta son los años de plena guerra fría y los intereses geoestratégicos y geopolíticos de las grandes potencias de entonces, Estados Unidos y la Unión Soviética, poseen una especial importancia y significación para entender lo que ocurría en el mundo, en la región, y en nuestros frágiles y porosos países.

Existían planes concretos de ambos bandos para penetrar y dominar a América Latina, patio trasero de potencias, en la que se reflejaba una lucha por el poder que iba más allá del simplificador título de “Democracia contra Dictadura”. No era pues tan solo ideológica la aspiración de dominación sino sobre todo económica, política, militar, cultural y multiplicadora, camuflada en el discurso pro defensa de ideales humanos y sociales.

En lo regional, por su parte, era un tiempo convulso para los sistemas políticos latinoamericanos en el que encontrábamos entretejidas unas con otras, asumiendo extrañas formas, tendencias democráticas, militaristas, dictatoriales, comunistas, socialistas, indoamericanas, populistas y personalistas todas, ninguna de ellas dominante en principio sobre las otras.

Era una época entonces de crisis del orden político, económico, social y cultural, también regional en países inestables, frágiles, con un crecimiento voraz de la pobreza, que en paralelo, es verdad, experimentaban el surgimiento de clases medias con crecientes aspiraciones de movilidad social. Subdesarrollo clásico.

Aspecto relevante y aparte, lleno de interrogantes, es el de por qué el triunfo de la Revolución cubana logró tanto eco, aplauso e influencia imantadora en buena parte de los países de América Latina.

En lo nacional no puede dejarse de lado, en primer lugar, que existía para el momento una recóndita, y a veces evidente, fractura entre los factores de poder que derrocaron la dictadura del general Pérez Jiménez. No había atracción política suficiente entre ellos, ganaba a veces la dispersión de fuerzas y de esfuerzos.

Habría que agregar la decepción en cierta juventud adeca que se vio frustrada frente a unas mayores aspiraciones de cambio reprimidas una vez que “el partido del pueblo” es gobierno en 1959. A pesar de no pertenecer generacionalmente a la camada de los pioneros del 28, mantenía enfoques y apetitos que se conservaban inscritos en el ADN doctrinario abonado desde los documentos fundacionales y otras trazas, tantas, marxistas y radicales de lucha dejadas a través de escritos, discursos y acciones producto de lo vivido en el tan intenso período que ocupa 20 años,1928-1948, de lucha política partidaria, la mayoría del tiempo clandestina, que incluye el golpe y derrocamiento del presidente Isaías Medina Angarita y el posterior período de gobierno (1945-1948) conocido como el Trienio Adeco.

Reitero que esas inclinaciones juveniles, ideológicas y políticas no se sintieron satisfechas con el plan político “consensuado” que se planteaba en el gobierno de Rómulo Betancourt y así, dentro de todas estas circunstancias, se apura la ruptura, la insurgencia, la guerrilla armada en Venezuela.

Aparte pero no tan lejos, a veces en comandita, en amplios sectores del perezjimenismo siguen vivas sus aspiraciones de volver al poder. Allí están ojo avizor sectores de las Fuerzas Armadas, siempre anhelantes, apostando al mejor demandante que representara sus ambiciones en esos primeros años de desequilibrio, turbios y complejos. Valga nombrar un agregado paliativo y es que para la democracia naciente sirvió de mucho la aparición de la izquierda y la lucha contra el comunismo para que las Fuerzas Armadas Nacionales tuviesen en la agenda algo más que conspirar y andar dando golpes de Estado contra la democracia. “Por ahora”.

Simultáneamente, se sentía el efecto deslumbrador de la Revolución cubana y la figura carismática de Fidel Castro. Explicarnos hoy a la Venezuela de 1959 recibiendo alborozada al líder cubano y sus milicianos barbudos, fusil al hombro, echada a la calle para vitorearlos, no es concha de ajo. Algo pasaba, algo se sentía, algo sobraba, algo se necesitaba. ¿Con nuestros líderes no era suficiente; Rómulo, Caldera, Jóvito y demás? ¿En nuestro proyecto democrático no estaba de sobra la revolución caribe? Igual pasó con su visita a Venezuela cuarenta años después, en febrero de 1989, ahora de traje y corbata, y para ello baste leer el “Manifiesto de bienvenida y sus abajo firmantes”, que nos puede dar un pulso indicativo del deterioro del paciente que venimos auscultando. Tema por demás pendiente para una investigación necesaria.

En esas aguas turbulentas se construiría la democracia, contra ellos mismos irrumpirían militares, marxistas y demás, quienes de una u otra manera se abrogaban la paternidad del siempre huérfano pueblo venezolano. Sobre ese aluvión se instala en la década de los sesenta la democracia de partidos políticos en Venezuela y se pone en práctica el Pacto de Puntofijo con su Plan Mínimo Común, excluyendo a los comunistas, cometiéndose así un grave error histórico.

Allí al lado, en Colombia, está ocurriendo en paralelo lo mismo: cae la dictadura de Rojas Pinilla, se instala el Frente Nacional, se excluye también a los comunistas. Liberales y conservadores allá, adecos, copeyanos y etcétera de aquí, fundan cada quien sus democracias compuestas con sus particulares aliños nacionales incluyendo como aquí a la insurrección armada, financistas y adláteres.

Es fácil observar ahora por el retrovisor siempre empañado de la historia que el producto de todos estos elementos puestos en la licuadora de las circunstancias produjera esa fuerza que se llamó de izquierda que incluía en su menú: guerrilla, conspiraciones, “alianzas dialécticas”, toma del poder por las armas, frentes de liberación nacional, etc.

¿Habrá algún hilo histórico conductor que nos permita comprender la irrupción de Chávez, “el repetido no deseado”, el neopopulista-militaroide-comunistoide, como engendro de cierta continuidad, piezas del mismo rompecabezas de lo que fuimos, creímos dejar de ser durante 40 años de paréntesis democrático, y seguimos siendo?

Mitos, símbolos y realidades políticas que emergen como recurrencias en la pesadilla del hoy histórico. Destino nunca. Interrogantes siempre. Por eso es que seguimos hilvanando apresurados lo que podemos llegar a ser a partir de lo que hemos sido para entender a través de la memoria de lo vivido, de lo no vivido y de lo por vivir, con los pies sobre la tierra, el camino que necesitamos andar en busca y construcción de un país de ciudadanos en democracia y paz, que brinde progreso generoso para todos y para cada uno.

*Se publica con la autorización de Enrique Viloria coordinador del libro colectivo La década de los 60 en Venezuela: Testimonios y reflexiones, de próxima aparición.

 

Te puede interesar
Loading...

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Traducción »