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Gustavo Coronel: Silencios, cobardías y entregas: ¿podremos cambiar?

 

Es muy duro enfrentarse a las razones por las cuales Venezuela se ha desintegrado como sociedad en los últimos 20 años – un escenario de masivos silencios, cobardías y entregas, de sumisión ante un régimen mediocre pero armado. Aunque el país ha tenido ciudadanos heroicos en su lucha contra la dictadura, parece claro que el grueso del país ha preferido dejarlos solos. La masa crítica social ha preferido ver los toros desde la barrera, “no meterse en líos”. Si hubiera actuado con más decisión para apoyar a sus héroes otra hubiese sido nuestra historia en el siglo XXI. ¿Qué nos ha sucedido?

Una sociedad con un desarrollado sentido de identidad, con una fusión de sus miembros alrededor de principios y valores comunes, producirá una masa crítica decidida a hacer los mayores sacrificios para lograr su objetivo.

Que esa masa crítica no se haya logrado en Venezuela es el producto, nos decía Arturo Uslar Pietri, de nuestra carencia de historia. AUP nos hablaba de la necesidad de “una historia que fuese, a la vez, el reflejo y la explicación del quehacer humano en todas sus dimensiones y variedades, donde junto a la fuerza del hecho económico esté el poder de la creencia, donde junto a la acción del héroe esté la del medio, donde junto a las técnicas del trabajo estén las obras del pensamiento; donde junto a la estructura social esté la concepción cultural; una historia de los trabajos, de las acciones, de los pensamientos y de las creaciones; una historia de los grandes hechos y de las diarias tareas, una historia en que esté lo universal junto a lo peculiar de cada pueblo. Una historia del hombre entero para la comprensión completa del hombre.” (Uslar Pietri, 1988, 314 y 315).

Lamentablemente, Uslar veía solo tres tiempos en la historia venezolana: “un borroso arranque, una culminación breve y fulgurante y una interminable decadencia”. Sus palabras no fueron atendidas por ser consideradas demasiado pesimistas y quizás por venir de un venezolano de perfil antropológico diferente a la normal venezolana, no reconocido por el grueso de la población como uno de ellos.

La fusión, la identidad de propósitos, la conciencia de pertenecer a un grupo con el cual compartimos nuestros principios, valores, sueños, deseos y ambiciones de progreso es la clave para explicar la acción o la inacción de una sociedad frente a sus oportunidades o amenazas.

Una sociedad venezolana reblandecida por décadas de ingreso petrolero que no requería mucho esfuerzo, que literalmente manaba y era manejado por unos 30.000 venezolanos, una pequeña parte de la población, generó actitudes y aspiraciones bastante alejadas del sacrificio, orientadas al disfrute de un regalo que Dios le hacía a sus hijos favoritos.

Se creó la imagen de que éramos una sociedad rica, chévere, “la mejor del mundo”.

Nuestro verdadero nombre, se pensaba, no era Venezuela sino Tierra de Gracia. La adhesión a esta mitología criolla consolidó una sociedad identificada con la idea del disfrute, dispuesta a hacer todo lo que fuese necesario para conservarla. Los ideales del venezolano fueron y siguen siendo esencialmente materiales, anhelos de gran bienestar y vida muelle, más que de educación o del cultivo de ideas abstractas de progreso y mejoras colectivas. De allí que sacrificio no sea un concepto que figure en lugar destacado de nuestro imaginario social. Quienes lo han practicado, venezolanos de excepción, la mayoría muertos o en prisión o el exilio, han sido calificados con frecuencia de idiotas, mientras que quienes han violado las leyes de la decencia y del honor han recibido admiración.

De allí tanto silencio, cobardía ciudadana y entregas que han apuntalado la sobrevivencia de un régimen mediocre, cruel e inepto, lleno de vulgaridad y pudrición moral. En la mente colectiva del venezolano sigue predominando la idea de que “mientras yo esté bien, no hay problemas” o el de “hasta ahora a mí no me han tocado”, la cual asfixia toda idea de solidaridad real o, menos aún, la de sacrificio por un objetivo colectivo.

Por supuesto, este tipo de reflexiones no es popular, no suena bien a nuestros oídos venezolanos, siempre dispuestos a preservar el mito de nuestra condición de pueblo elegido. Hemos aplazado para un mañana indefinido un encuentro con nuestra realidad, el cual debería ser inaplazable. No se trata de llamar, por capricho, a un ejercicio colectivo de auto-flagelación sino de enfrentar con los ojos abiertos nuestras limitaciones y los errores derivados de nuestra admiración por los hombres de a caballo o por demagogos pródigos en promesas incumplibles. Como cantaba Olga Guillot, hemos preferido el “Miénteme más, porque me hace tu maldad feliz”.

El precio pagado por esta carencia de identidad nacional, por los silencios, cobardías y entregas ha sido horroroso. Salir del foso económico, social, político y, sobre todo, moral en el cual estamos atascados no será tanto asunto de fondos monetarios o acciones diplomáticas sino de crecer como pueblo. Y eso no se logra con un liderazgo que aún pretende construir una Venezuela futura sobre las ruinas, mitos y engaños que nos llevaron al fracaso.

Los cuatro pasos que se requieren para un cambio radical en el país son la insurgencia (con ayuda externa) para expulsar al régimen miserable del poder, un gran debate nacional sobre lo que deberá ser Venezuela, la aparición de un nuevo liderazgo con verdadera visión de futuro, el cual hable claro, tenga coraje y se aferre a los principios y un Programa Nacional de largo plazo de Educación Ciudadana, diseñado para remplazar al gentío con ciudadanos.

Solo así, luchando con denuedo y algún día, podremos tener una nación de la cual sentirnos justamente orgullosos.

 

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