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Nelson Chitty La Roche: De la ciudadanía y otras lejanías más

 

“Lo político parece constituir hoy una esfera de justicia entre otras, en tanto que el poder político es también un bien a distribuir y al mismo tiempo envuelve todas las demás esferas en su condición de guardián del espacio público en el interior del cual se enfrentan los bienes sociales constitutivos de las esferas de justicia”
Paul Ricoeur

¿Qué es el ciudadano? ¿Qué significa ser ciudadano? ¿Somos realmente, materialmente, ciudadanos? Interrogantes similares se formulan a diario en los distintos escenarios y el asunto desborda cómodamente los linderos académicos. Son preguntas que acompañan el juicio que la sociedad se está haciendo sobre el sistema político que comúnmente llamamos el mejor; la democracia pues.

Pero; también la democracia conoce un mundo de dudas y reconcomio en sus formas y en su fondo. Sus actores, gobernantes y gobernados para simplificarlo bastante, lucen ilegitimados por unos y otros. Una amplia desconfianza se instala y el reclamo es variado y creciente, como si mientras más democrático sea un país, más contenciosos se abren. Suerte de paradoja y aporía, el examen de esta realidad no se está resolviendo en un pacífico proceso dialéctico sino que, se suma a la pila de constructos inconsistentes que nos dejan sin claridad, sin convicción. Lucimos estancados y nos reconocemos así.

Varios son los elementos que destacan en esta apreciación sintomatológica. Ab initio mencionaré la que me luce más evidente y es aquella que resalta en las más variadas latitudes actualmente, el individualismo como valor prevaleciente aún para la comunidad. En efecto; el sujeto como tal y ello se soporta en la preponderancia de los derechos humanos, se consagra como el bien a tutelar y por encima de cualquier otra valoración aun comunitaria.

Políticamente se advierte que la tendencia en el entorno social, económico, institucional y cultural favorece en la consideración discursiva a lo que llamaría Constant la libertad de los modernos y en detrimento de la significación de la membresía política cara a los antiguos.

Berlín corroboraría, me temo, el razonamiento, al observar cómo se enfatiza y realza el aumento de los márgenes concedidos al individuo como propios de un reconocimiento a su condición de persona humana, pero con un visible sesgo liberal. La libertad negativa se acrecienta indudablemente distanciándose entonces del Estado civil.

Fenomenológicamente emerge en paralelo una condición que afecta la sociedad y es la despolitización de un lado y la antipolítica por el otro, con el debido respeto a las afirmaciones de Pierre Rosanvallon. En realidad, la denuncia persistente y compulsiva a ratos que apunta a los adquiridos sociales los traslada del plano de las fortalezas a los de las debilidades y no siempre en el obrar se constata un procedimiento inscrito en la natural procura de la justicia.

La ciudadanía termina afectada, menguada, deslegitimada o abandonada en la medida que sobreviene una consecuente corriente de anomia y ello deriva como la secuencia natural al desapego del deber hasta ignorarlo y la demanda ultrosa de reclamos a todos y a todo, sin asumir responsabilidades, ni en la dinámica, ni en el cuerpo político propiamente.

Ensayaré de explicarme; definir la ciudadanía tiene que describir roles y compensaciones como quiera que sanciona una cualidad amplia a tener y gozar de derechos de compleja naturaleza y de libertades coetáneas, pero políticamente también exige la asunción de la pertenencia comunitaria con sus deberes, que incluyen y especialmente la visita y la exposición militante en el espacio público, la deliberación y la decisión.

La ciudadanía entonces se mueve entre las dos esferas públicas; la de los derechos políticos que reivindica, como principal, siguiendo de alguna forma a los antiguos pero que correlativamente y en virtud de la noción de responsabilidad social, a nuestro juicio, inmanente a la función societaria siempre en la perspectiva de la alteridad que le ofrecería sustentabilidad, y la revelación de su libérrimo ejercicio individual que le asiste como personalidad y la transporta a los confines  de sus propios intereses. Debe, pues, el ciudadano viajar en el péndulo como movimiento alterno sin perder consciencia de los objetivos concomitantes.

Hablábamos de anomia para revelar una tendencia, al menos en Occidente y en la América Latina democrática, que justifica conductas anómalas, por así denominarlas, entendidas como reacias a recorrer los caminos regulares y a desempeñar la función de autocontrolarse. El pueblo entonces solo está pensando en la comodidad de sus miembros vistos por separado y no como combinado social. No le interesa asumir la tarea de explorar y corregir. Siente que al hacerlo pierde autoridad su amago de rebeldía. Espera otro capítulo del Estado benefactor y esta fatigado de esforzarse, por esa cada vez más numerosa proporción de conciudadanos dependientes.

La diversidad suele acompañar la individualidad y como el nuevo valor a proponer, erupciona atorrante, desafiante, vindicativa. Las sociedades civiles disminuyen como entidades que por vía de la intermediación sirven a la sociedad y al Estado. Se reduce la gestión comunitaria y los lobbies pierden su sentido social quedando reducidos a apéndices fríos de una disputa por el favor del poder.

En Venezuela hay un déficit de ciudadanía que venimos denunciando hace ya años. No hay compromiso societario. Aun en las protestas, la coincidencia no siempre evidencia consciencia de comunidad sino de intereses particulares. Al salir de la calle se pierde la comunicación y regresamos al autismo anómico en el que acabamos viviendo sin expectativas. Seguimos solos, aunque rodeados de gente que como nosotros padece, sufre, marchita, languidece.

Los partidos políticos fueron destruidos por décadas de sistemático descrédito, con razón a veces y sin razón también. Las elecciones de 2015 nos vieron unidos y las torpezas, los errores y la falta de claridad estratégica nos trajo nuevamente hasta el barranco en que hoy nos ubicamos, sin fe y sin esperanza. Deben reaccionar, pero desde las trincheras sociales y acompañando a ese pueblo que ya no aguanta más.

El chavismo asfixió la política, colonizó las sociedades civiles, las sesgó, acobardó y tiranizó. La impronta totalizante de la ideología derivante de la revolución de todos los fracasos, mediatizó, paralizó, dividió y acomplejó a la ciudadanía. Unos se fueron y ellos lucían hasta que  decidieron desarraigarse, parecían buenos y potenciales ciudadanos. Los profesionales liberales, entre otros, asistían a colegios profesionales y animaban a esos agentes sociales y políticos que en su devenir integraban, pero se fatigaron, se cansaron, se fueron.

Debemos como nación repensarnos. Tenemos tiempo sin hacerlo. La ciudadanía debe renacer, regresar, reinventarse. Viene a mi memoria Talleyrand, quien con fina ironía decía que “el dinero proporciona el ocio para darnos la oportunidad de pensar…”. El chavismo estulto, supino y ruin no puede, no quiere y no sabe hacer distintas las cosas, no piensa, calcula pero en el mismo sitio, en el mismo horizonte, en el mismo tiempo histórico. Se hizo del dinero, pero no para pensar. Conjuga bien la cita con aquella otra de Octavio Paz: “La ceguera biológica impide ver, la ceguera ideológica impide pensar”.

La recuperación de la ciudadanía tiene que comenzar sectorialmente. Existe y es constatable en particular en estos días, una ciudadanía universitaria que sabe que más que un atentado contra la universidad el oficialismo busca privar a la sociedad de conducción y guía. El componente universitario no puede seguir callado.

Otro tanto pudiéramos decir de la necesaria ciudadanía magisterial y docente y me refiero a la asunción militante de la defensa de la república desde la labor de educar. Mismo campanazo con los médicos, enfermeras, bioanalistas, radiólogos que son expoliados, explotados e irrespetados y deben asumir su lucha por las más nobles y legítimas demandas para seguirse llamando ciudadanos del Estado venezolano y hacerlo sirviendo en verdad al hombre, al nuestro, al que somos. Acatar el hambre, el menosprecio y la mediocridad es demasiado humillante.

La familia militar que sabe que es cínico hablar de soberanía cuando el mismísimo difunto nos entregó a Cuba, abandonó el reclamo del Esequibo y auspició un proceso que indisciplinó e incapacitó a las fuerzas armadas; debe entonces recordar que juró y exigir un alto al desastre que desfigura a diario a la república y a la nación.

El venezolano debe regresar a la ciudadanía porque se nos acaba el tiempo de ejercerla en un proceso falaz de reivindicación de una democracia a la que le queda solo la fachada. Debemos con convicción arriesgar si es necesario lo poco que tenemos en el servicio público y no permitir que nos enajenen ni alienen con el argumento del salario más bajo de todo el mundo. El venezolano, con bríos, puede y debe decir ¡no más!

nchittylaroche@hotmail.com
@nchittylaroche

 

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