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Gorka Larrabeiti: Italia, seguramente incompleta

 

Italia, como bien se sabe, es tierra de manifiestos. No hará mucho que se publicó uno muy evocador. Se trata del Manifiesto incompleto (Alterazioni Video), un sólido decálogo de nueve puntos que, además de alumbrar el país ética y estéticamente, induce a la reflexión política. ¿Qué sostiene ese texto? Pues así, mal resumido y desordenado, dice: que lo incompleto es el estilo arquitectónico más importante desde la última guerra; que esas ruinas contemporáneas son fruto del entusiasmo creativo del liberalismo; que la ejecución parcial de los proyectos es un postulado; que el hormigón sería su material constitutivo; que se basa en una ética y una estética, y que es símbolo del poder político y de una sensibilidad artística.

Una vez geolocalizadas, no es difícil deducir que todas esas ruinas de rotondas, centros comerciales, aparcamientos, scalextric, anfiteatros y puentes inacabados no son errores sino estilo. Y el estilo es estética y ética; y la estética y la ética, en definitiva, pura política. Creo que los españoles, expertos en burbujas inmobiliarias y corrupción, lo entendemos a la primera. Desde 1945 hasta 2019 Italia ha tenido 67 gobiernos. Lo incompleto, lo inacabado, lo incumplido sería, por consiguiente, la razón política más sustantiva y fecunda de la posguerra italiana.

Siguiendo con la alegoría, el material constitutivo, el hormigón que ha venido sirviendo de aglomerante republicano, ha sido, sin duda, la Democracia Cristiana (DC). Que la DC, salpicada de escándalos de corrupción y mafia, desapareciera como partido no significa que desapareciera como ideología. La DC siguió, durante 26 largos años, fluyendo en prácticamente todos los partidos del espectro político italiano. Desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, desde Comunione e Liberazione, pasando por Berlusconi y Prodi, hasta los catocomunistas de Rifondazione, las corrientes democristianas han bañado todas las orillas de la política italiana. Bajo la hegemonía de Silvio Berlusconi, pionero de la antipolítica (“Basta con los políticos de profesión”) y monarca de la “mutación antropológica” profetizada por Pasolini, muchos democristianos entraron en una fase más o menos críptica.

Pues bien: se acabó el periodo subterráneo. La DC ha vuelto. El nuevo gobierno Conte 2 es puramente democristiano no solo porque lo haya favorecido un Presidente de la República democristiano, lo hayan acelerado contra todo pronóstico democristianos como Prodi o Renzi, lo formen al menos cuatro ministros declaradamente democristianos o lo presida Giuseppe Conte, cuya formación pasó también por Villa Nazareth, “uno de los más refinados think tanks del catolicismo comprometido en política”.

Este gobierno es exquisitamente democristiano porque cumple con los dos postulados básicos de la fe política democristiana: pactar (incluso con el diablo) y durar (al menos hasta que su ruina sirva de cimiento a otro proyecto hecho del mismo material). La razón que explica este rebrote democristiano es Matteo Salvini, un arquitecto político temerario, capaz de haber edificado un proyecto, la Liga Salvini Premier, en tiempo récord y de haber conseguido un temible 34% en las últimas europeas. ¿Cómo? “Vendo batalla”, confesó Salvini durante una entrevista televisiva (Otto e mezzo, 5/6/19). Igual que Berlusconi, el líder de la Liga dice ser un vendedor. Pero mientras Il Cavaliere vendía sueños, Il Capitano se ha pasado más de un año vendiendo miedos a inmigrantes, rencores a Europa, pesadillas conspIranoicas. Lo llaman “estrategia de la tensión comunicativa”.

Las dos próximas batallas que iba a vender Salvini eran los “plenos poderes” y el euro. Batallas mayores que, ciego de sondeos, no esperaba que nadie le comprara. Resulta que se las compró la DC, el espectro que siempre recorre Italia. Y ello porque Salvini estaba por cometer toda una herejía: construir un proyecto político sin hormigón democristiano, material bien presente en el anterior gobierno de coalición con el Movimiento 5 Estrellas. Estando fuera del gobierno, la construcción de Salvini podría deteriorarse rápido al no contar ni con las teles ni con tantos medios de Estado para sostener su campaña electoral permanente. Fuera del gobierno, con el paso del tiempo, no es improbable que a la Liga Premier Salvini le salga alguna grieta democristiana, llámese Maroni o Giorgietti, liguistas carismáticos de larga experiencia institucional y, por tanto, duchos en el arte de edificar con hormigón.

Sin embargo, bien pudiera suceder también que el “nuevo humanismo” y el “fin de la estación del odio” que propone el nuevo gobierno Conte 2 no sea suficiente para convencer a un electorado de izquierda en Italia que, asqueado de chaqueterismos, opte por abandonar toda construcción y prefiera cobijarse bajo el cielo raso del abstencionismo, con la identidad a la intemperie. Comienza un gobierno que sabe ya a ruina. Y las ruinas invitan siempre a soñar.

 

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