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Enrique Meléndez: Nada de nada

 

El reparto que ha hecho Nicolás Maduro por la vía del Carnet de la Patria de la nada es de terror. Se pone a la altura de aquel dictador, que gobernó Zimbabue hace años, y que también disolvió la economía en nada; puesto que repartir billetes a diestra y siniestra sin un respaldo monetario, es para salir huyendo de ese país, y que es lo que hacen miles de venezolanos todos los días; porque lo que viene a continuación es una multiplicación de la nada, es decir, la miseria más absoluta.

Incluso, ya la gente se ríe de la demagogia de Maduro; cuando estuvo en el ambiente la corazonada, de que venía con un decreto de aumento del salario mínimo de 450 mil bolívares; para complacer a la dirigencia sindical bolivariana, en una especie de peloteo; para que ésta ganara puntos en el mundo de los trabajadores; a propósito de la solicitud que lanzó días antes; tanta paja que habló, para venir a anunciar el reparto de un bono de 250 mil bolívares; cuyo valor durará varios días, y que se puede medir en el comportamiento de la gente, con respecto a los billetes. Ya el de 50 bolívares no los admite, sino el mundo de la indigencia; que ahora abunda por todas partes, y para comienzos de año este billete todavía costaba. Ya la amenaza pesa sobre el billete de cien bolívares. Incluso, ya hay sitios donde no se admiten.

Es lo que no se explica el cómico Mario Silva; cuando en su programa presenta un video, en el cual se ve al personal de un banco privado descargar unas bolsas llenas de billetes de antiguos conos monetarios en una carretera; que seguramente ya no caben en sus bóvedas; sobre todo, porque el Banco Central de Venezuela, que sería el encargado de vaciar esas bóvedas y desincorporar esos billetes, no existe como institución o es lo que dicen los economistas, a consecuencia de la ejecución de una política económica, que parte del principio de que repartiendo dinero se soluciona el problema de la escasa capacidad adquisitiva del venezolano, y que vuelve basura esos billetes a la vuelta de dos o tres meses; a la descampada, como se dice, se veía que dejaban esos billetes los operadores de un banco; por supuesto indignado el cómico Silva; sin entender que esa basura se ha convertido, como tal, por culpa de esas bombas de tiempo, que reparte Maduro, y que las saca de la nada.

Es aquí donde uno observa lo delicado que es el tema de la investidura, que se le otorga a un primer magistrado, y que como su nombre lo indica se convierte en el primer maestro del país: el que todo lo sabe y todo lo puede. ¿Conoce Maduro lo que es la nada? Sartre decía que el ser humano era nada, pero que a cada instante se llenaba de sucesos, y de allí el ansia por la existencia. Escribió un libro que se llama “La Náusea”: ganas de vomitar ese mundo que uno se ha tragado; que sería la metáfora de lo ocurre hoy con ese volumen de liquidez monetaria, que lanza Maduro a la calle: la gente sale de esos bolívares en lo más inmediato, antes de que comiencen a ser rechazados; lo que es una forma también de vomitarlos: un a medio camino entre el vómito y el desprecio.

Porque, para empezar Maduro no tiene ni la más mínima idea, de lo que son las instituciones, y a las que considera que son nada. Incluso, la misma visión la tenía Hugo Chávez, a quien no le importaba que determinado instituto del Estado se parara por falta de recursos, y es aquí donde uno se da cuenta del por qué el rey Luis XIV de Francia decía que el Estado era él: el personalismo absoluto. “En este país no se mueve un dólar sin mi autorización”. El ego por encima de los asuntos públicos; lo que constituye una aberración política; porque se trata de un ego que todo lo disuelve en sí mismo. No se gobierna para el colectivo, sino para el ego.

De hecho, Maduro no tiene ni un economista en su equipo de gobierno o busca asesoría de alguna firma consultora, y que sobran en el país; con un personal especializado que lo pondría en los palitos de inmediato; para decirlo a la venezolana; sobre todo, en lo que corresponde a la política fiscal del país, y que es la que impacta la solidez de la moneda, que cada vez compra menos; por lo que la gente se ve obligada a apelar a otra moneda, por temor a embasurarse los bolsillos, a los fines de resguardar su capital, y es esto lo que explica que el precio del dólar en un par de semanas se haya disparado hasta el infinito. Es irreductible esta escalada; porque no hay razón alguna, para que se detenga, si se parte de una explosión, como hemos dicho que ocasiona Maduro, cada vez que hace un anuncio de esta naturaleza. Aquí cabría mencionar una de las suposiciones de Aristóteles, quien consideraba que los cuerpos tendían al reposo, y así se veía que mientras los pesados tendían a caer, los cuerpos livianos tendían a subir; por lo tanto, el reposo del humo está en el aire, y que es lo que hace al sentido común decir, cuando el precio de una cosa ha subido demasiado, qué está por las nubes.

Si fuera un poco más magistrado, Maduro debería entender que quien paga ese bono de los 250 mil bolívares, es aquél que no tiene acceso al beneficio del Carnet de la Patria, a través de ese impuesto implacable, que se conoce como inflación; un flagelo cuya magnitud creo que ya se sitúa por encima de los niveles de la época de Robert Mugabe en Zimbabue; pues como proclama el neoliberalismo de Milton Friedman: no hay almuerzo gratis; alguien te lo paga, y lo que nos lleva a descubrir, que tampoco el hecho es de la nada; es decir, la base de ese billete, que le reparte Maduro a los carnetizados, parte de la miseria de los no carnetizados, y que es la tragedia, que vive la familia venezolana, si se tiene presente que la población afiliada a este beneficio acaso cubre el 10 por ciento; siendo ese pan, que le está dando Maduro, sólo circunstancial; dado del ritmo de depreciación del bolívar.

melendezo.enrique@gmail.com

 

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