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Fernando Mires: La rebelión electoral de los fachos alemanes

 

En Alemania los resultados electorales son generalmente predecibles. Pero las empresas encuestadoras no predijeron esta vez el gran aumento de la participación electoral en las elecciones que tuvieron lugar el domingo 01.09.2019 en Sajonia y Brandeburgo. De ahí la paradoja que se produjo en ambas regiones. Mientras los nacional-populistas (AfD) aumentaron su votación aún más allá de lo que aseguraban los vaticinios, no obtuvieron en ninguna de las dos elecciones la mayoría: 27,5% en Sajonia con un crecimiento de un ¡17%! con respecto a las penúltimas elecciones, y 23,5% en Brandeburgo con un alza de un 11,3%. Evidentemente, el aumento de la participación habla de una re-politización de la sociedad alemana. Por lo menos una parte de la ciudadanía comienza a advertir el peligro que se avecina con el crecimiento acelerado de la extrema derecha.

Las obtenidas por los conservadores socialcristianos (CDU) en Sajonia y por los socialdemócratas (SPD) en Brandeburg fueron victorias amargas. La CDU bajó 7,3% y 7,4% respectivamente. La SPD 7,7 y 5,7.

Definitivamente, el bi-partidismo, como en la mayoría de los países europeos, también pertenece al pasado de Alemania. Hecho que contrasta con el crecimiento del Partido Verde (aumentó un 2,9 y un 4,6 respectivamente). La Linke (la izquierda) también fue un gran derrotado. El otrora poderoso partido del Este ha cedido muchos votos frente a AfD y los Verdes.

Por cierto, las de Sajonia y Brandeburgo son elecciones muy regionalizadas, dominadas por las particularidades del Este alemán, nunca comparables con las del resto de la nación. Sin embargo, el crecimiento de AfD fue “demasiado mucho” para que no se encendieran algunas alarmas democráticas en el resto del país. De una u otra manera, aunque no con las desmesuradas cifras del Este, estamos frente a dos fenómenos nacionales: el crecimiento del nacional-populismo y el retroceso del los partidos representantes de la democracia liberal.

El máximo dirigente de AfD, el opaco pero hábil Alexander Gauland, señaló que AfD ya no es un simple partido de protesta sino uno que “vino para quedarse”. Por lo mismo es uno que ya es parte de la estructura política de la nación. Lamentablemente para los demócratas, Gauland tiene razón. Con AfD hay que contar, se quiera o no. Más todavía, el hecho de que AfD ya esté situada en el corazón de la política plantea dos grandes problemas. ¿Cederá la parte más conservadora de los socialcristianos a la estrategia de AfD destinada a formar alianzas puntuales con la CDU?

Por ahora, en Alemania imperan relaciones “a la francesa”. El AfD como el FN francés, obtenga los votos que obtenga, sigue siendo todavía un “partido paria”. Pero ¿hasta cuándo? No es un secreto que por lo menos en las zonas con tradición agraria, hay más compatibilidades entre los electores de la CDU con AfD que con la SPD y por supuesto con Los Verdes.

El segundo problema tiene que ver con las coaliciones que por doquier deberán formarse para detener el avance de AfD. En casi todas estas posibilidades el tren coalicionista pasa por Los Verdes. La CDU no tiene grandes problemas en coalicionar con Los Verdes. Pero Los Verdes con la CDU, sí.

El viejo esquema de la Guerra Fría (derecha contra izquierda) sigue primando entre los padres fundadores del partido ecologista. No pocos Verdes imaginan ser todavía de izquierda y están dispuestos a unirse incluso con la extrema izquierda para detener el paso no de AfD sino de la CDU considerada todavía por algunos como el enemigo principal, como ya sucedió en la ciudad de Bremen. No así la SPD, pero ya es sabido que en muchas regiones los números de la SPD ni siquiera alcanzan para formar coalición con la CDU. Problema grave: Los Verdes deberán decidir entre su pasado imaginario y el futuro que espera a Alemania si es que AfD sigue creciendo sin interrupciones, como viene sucediendo. O en otras palabras: deberán decidir entre una difusa ideología “anticapitalista” y el principio de responsabilidad política que les corresponde asumir.

¿Por qué aumenta tanto la votación de AfD?

Alemania, en comparación con otros países europeos goza de una economía estable, con un gobierno preocupado de equilibrar altas cuotas de ahorro sin disminuir el gasto social. El esquema clásico de la politología liberal según el cual la votación hacia los extremos crece como consecuencia de las crisis económicas, no parece calzar con las recientes elecciones. El tema de las migraciones -que nunca afectó a Sajonia ni a Brandeburgo- ya está técnicamente controlado y la entrada de nueva fuerza de trabajo corresponde con la disminución laboral que aparece como consecuencia de la tasas de envejecimiento y deceso en la población. La respuesta hay que buscarla por otro lado.

Si bien es cierto que los niveles de pobreza han disminuido notablemente, han aparecido otros. Por ejemplo el aumento de velocidad en la movilidad laboral. La transición del capitalismo industrial al capitalismo digital ha creado nuevas ocupaciones pero estas en su mayoría son breves y transitorias. Para las nuevas generaciones perder un trabajo es solo una una circunstancia, incluso una chance. Para quienes en cambio no han logrado adaptarse a los moldes del orden post-industrial, solo la posibilidad de perder un puesto de trabajo, o tener que cambiar de lugar geográfico para continuar laborando, es visto como una tragedia personal y familiar.

Puesto de trabajo y lugar habitacional habían llegado a formar parte de la identidad de muchas personas. La posibilidad de pérdida de uno o los dos atributos es visto como pérdida de la identidad social y cultural y esa, como toda pérdida, origina miedos. Miedos sociales que han sido politizados por AfD. Por lo menos el partido nacional populista da una respuesta, falsa, pero respuesta al fin, al origen de esos miedos. La culpa -reza su mensaje- la tienen los partidos tradicionales que no se ocupan de los problemas de “la gente”, la destradicionalización de las costumbres tiene su origen en el cosmopolitismo y Angela Merkel ha entregado la nación a la maligna burocracia de la UE para que invierta fondos en el financiamiento de las naciones del terrorismo islámico. Así de fácil.

Como contrapartida AfD se presenta como restauradora de la identidad nacional, como el partido que defiende los valores cristianos en contra de la amenaza islamista, como el enemigo mortal de la UE, y sobre todo, en contra de esa Merkel que permite a homosexuales, lesbianas y extranjeros acceder al poder político.

Gauland dio, además, otra respuesta acertada. Después de las elecciones dijo: AfD es desde ahora un “partido de masas”. Él se refería por cierto a la enorme cantidad de gente que vota AfD, pero sin querer tocó el fondo del problema. AfD es efectivamente un partido de masas. De masas, no como sinónimo de multitudes, sino de seres sin pertenencia social claramente establecida, es decir, de un partido sin un centro social.

Para decirlo a modo de ejemplo, mientras el centro social de los socialdemócratas sigue ubicado entre capas de trabajadores sindicalmente organizados, mientras el de los democristianos lo encontramos en los estamentos, corporaciones, gremios y en un empresariado nacional fuerte y competitivo, mientras el de Los Verdes lo encontramos en capas medias con formación académica y profesional, AfD carece de un centro social claramente definible. Es, en exacto sentido del término, un partido transversal. Un partido de masas no en el sentido positivo que los marxistas asignaron al término, sino en el sentido más negativo usado entre otros por Hannah Arendt y Emile Durkheim, vale decir, masa sin estructuras, masa no clasificada, masa anómica, en breve: masa producto de la descomposición de la sociedad de clases. De ahí viene el carácter populista de AfD. Su sujeto es el pueblo-masa, no el pueblo político.

Como es fácil inferir, la masificación de la sociedad es mucho más fuerte en el Este alemán pues mientras en el Oeste la transición del orden industrial al digital ha ocurrido de acuerdo a fases evolutivas, en la ex RDA ha tenido que ser impuesta sobre las bases de una estructura industrial ya arruinada antes del derribamiento del muro.

Hay un problema adicional y su carácter no es social sino político. Sus características fueron tematizadas por el columnista de Der Spiegel, Andreas Wassermann, en un excelente artículo publicado el 16. 08. 2019. Según el mencionado autor, parte de la ciudadanía de la ex RDA sufre un mal derivado de una precaria politización. Y desde dos lados. Desde uno, los valores transmitidos por la antigua generación del periodo comunista, privada de derechos políticos, tienen que ver más con el acatamiento a la autoridad que con la libre determinación ciudadana. Y bien, de todos los partidos, el más autoritario es sin duda, AfD.

Desde otro lado, muchos de quienes fueron opositores a la dictadura comunista no adherían a los principios de la democracia liberal sino al de un anticomunismo tan ideológico y fanático como el comunismo de la “nomenklatura”. En cierto modo eran la otra cara de la medalla. Muchos estaban dispuesto a favorecer a cualquiera alternativa, aún fuera fascista, que se opusiera al comunismo dominante. La de 1989- 1990 fue una revolución democrática, sin duda, pero no todos sus actores eran democráticos. Para decirlo en español popular: muchos opositores anticomunistas eran fachos. La que se vive en estos momentos en los territorios de la ex RDA y en menor medida en el resto del país, sería una rebelión electoral de los fachos.

Pero al menos es una rebelión electoral y mientras solo sea eso habrá que aceptar su legitimidad. En una democracia políticamente organizada los fachos también tienen derecho a formar sus propios partidos. Quizás sea mejor así: de otra manera estarían horadando como topos dentro de los partidos democráticos. De lo que se trata, y ese es el gran desafío, es de arrebatarles sus electores. ¿Cómo? Después del negro domingo que dio inicio a septiembre los políticos no paran de discutir sobre ese tema.

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