Inicio > Opinión > Luis Fuenmayor Toro: La verdad, la responsabilidad y las redes

Luis Fuenmayor Toro: La verdad, la responsabilidad y las redes

 

Una cosa es responder ante la justicia, por las acciones ejecutadas durante el ejercicio de un cargo público, y otra muy distinta es la condena a priori de todo aquél que se desempeñó como funcionario gubernamental, sin importar el nivel de sus responsabilidades ni la idoneidad de su gestión. En esa jungla que llaman las redes sociales, donde se mezclan impunemente el anonimato, las mentiras, las calumnias, las ofensas, las amenazas, la difamación y la manipulación grotesca, he visto como muchos intentan confundir al colectivo, mediante la identificación de la justicia con la venganza, la denuncia con la verdad y dónde desaparecen mágicamente dos principios fundamentales del debido proceso judicial: la presunción de inocencia y el derecho a la defensa.

Incluso personas afectadas hasta hace poco por las injusticias carcelarias gubernamentales participan de esta cruzada vengativa. Olvidaron rápido que hasta hace poco fueron víctimas y se convierten rápidamente en victimarios. Las redes sirven, entre otras cosas, para crucificar inocentes, fabricar culpables, descalificar la verdad y la racionalidad; para desatar el odio colectivo, la persecución y para desviar la atención de cuestiones importantes. No es nada nuevo cualitativamente hablando, pues los medios de comunicación escritos, la radio y la televisión, siempre han hecho esto, sólo que con más limitaciones en cuanto a la magnitud del público a quienes ordinariamente llegan. Pero lo más importante era que los generadores de contenido se limitaban a periodistas, directivos, dueños de medios y a quienes estos se lo permitieran, y de todos se sabía quiénes eran y cuáles sus intereses.

La restricción del número de los generadores de contenidos permitía que estos se formaran con mayor propiedad y que tuvieran alguna calificación en la materia, lo que permitía la existencia de una ética de la comunicación, muy maltrecha muchas veces, pero presente al fin y al cabo. En el caso de las redes, esta condición es inexistente. Cualquiera, sepa o no escribir, esté o no comprometido con la verdad y responda o no a un código de ética, genera contenidos que se diseminan con muchísima mayor velocidad y facilidad que en el pasado. En esta característica, para bien y para mal, radica la gran diferencia. Cualquiera, muy fácilmente frente a un teclado, escribe y publica lo que sea, sin investigación ninguna, sin respaldo en nada concreto, sin argumentos y sin rendir cuentas de sus exabruptos y atropellos.

Sumemos a lo dicho la existencia en las redes de grupos creados y financiados para labores específicas de desinformación y destrucción de enemigos políticos, económicos e incluso personales, algo que tampoco es nuevo pero que ha adquirido dimensiones muy grandes. Esto nos da una idea de la gran distorsión informativa que generan las redes en forma permanente. Crean una realidad muchas veces completamente disociada de la que existe, y el ámbito o extensión de este fenómeno incluye a todos los sectores de desempeño de las sociedades, como totalidades o de las organizaciones integrantes de la misma.

En pocos minutos, se puede someter a la población a un sobresalto general con noticias alarmistas sobre desastres naturales, epidemias o vandalismos. En unas horas un cantante, un profesional o un político, pueden sufrir daños incalculables en el prestigio construido durante años. En días, una marca comercial puede ser seriamente dañada en su imagen, sin que haya la necesaria correspondencia con la realidad. En meses, un gobierno es destruido en relación a la valoración nacional e internacional que de él se haga, sin que necesariamente sean ciertas todas las fallas y perversiones que se le endilgan. Las redes se han convertido en actores fundamentales en la creación de opinión y en modelar la conducta de la gente. Políticos y gobernantes las utilizan cada vez con mayor frecuencia e intensidad.

En esa desconexión con la realidad que las redes generan en algunos, se llega a internalizar incluso que las opiniones y pseudo encuestas realizadas a través de Twitter, por ejemplo, significan más que los estudios científicos serios de opinión o los procesos electorales de carácter universal, directo y secreto. Actúan como si la realidad es un reflejo de las redes y no al revés como debería ser, lo que en definitiva significa que los manipuladores se vuelven víctimas de sus propias manipulaciones. Es de esperar que con el tiempo, en la medida que la cruda realidad va imponiéndose a la realidad virtual de las redes, comiencen a producirse cambios en el comportamiento de quienes las integran que las vayan llevando paulatinamente a acercarse cada vez más a la realidad. De hecho, hoy se está mucho más consciente de las noticias falsas (fake news) que lo que se estaba hace años.

Toda nueva tecnología acarrea sus propios peligros. Ocurrió con la revolución industrial y ocurre actualmente con la revolución digital. Esos peligros terminan por ser enfrentados conscientemente por la Humanidad, en la medida que la necesidad de hacerlo supera otras necesidades también importantes del desarrollo humano.

 

Te puede interesar

Loading...
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Traducción »