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Eligio Damas: Venezuela entre “Viaje a la Semilla” y  “Casas Muertas”

 

Es como la misma gente

Para ahorrarme trabajo, esfuerzo intelectual, he tomado de https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/viaje-la-semilla, nota referida a “Viaje a la Semilla”, el conocido relato de Alejo Carpentier: “la demolición de una casa es interrumpida por la llegada de un anciano negro que la reconstruye mágicamente y echa a correr el reloj hacia atrás; a partir de ese punto, los cirios crecen lentamente “perdiendo sudores” (cuando recobran su tamaño los apaga una monja “apartando una lumbre”), los signos de envejecimiento de los protagonistas se revierten (“borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza”), los pájaros vuelven al huevo “en torbellino de plumas” y los muebles “crecen” mientras el protagonista del relato se vuelve más y más pequeño.”

Se trata pues de un relato, digamos en retroceso o en dirección contraria al futuro, cuando a partir del presente se reconstruye una historia que nos llevaría al pasado, en este caso de cuando todos “los signos de envejecimiento se revierten” y la casa y la vida en herrumbre toman el esplendor de antes; la monja apaga los cirios apartando la lumbre y el “anciano negro” regresa a la niñez. Se trata  no sólo de volver al pasado sino al esplendor; porque este está ligado a aquél y lo están en la casa y en el “anciano negro”. Hay una bella casa que habla de un tiempo ido, una clase que la habitó y construyó bajo los designios y exigencias de gente en cuyos rostros se dibujaron patas de gallina y sus carnes comenzaron a volverse flácidas, para contarlo también como al revés. Y con la ancianidad de la casa y el deplorable estado que exhibe cuando la visita el “anciano negro”, quien en su quimérica tarea, retrocede paulatinamente con la casa a la niñez, se habla del fin de quienes la habitaron. Como que el Marqués de Capellanías, Don Marcial, su viejo dueño ha muerto y en la ruina, por lo que el banco ha decidido darle a aquella propiedad otro uso. Es el tiempo de cuando las viejas clases vienen rindiendo su cuenta a las nuevas fuentes de poder. Es el movimiento y el cambio, la historia que transcurre con toda su carga. El viejo negro solo es un narrador que vio todo aquello transcurrir, lo que hasta se llevó su vida, que trata de rescatar por lo menos en sueños sin que él tuviese protagonismo en la historia.

“Casas Muertas” de Miguel Otero Silva, que por algo es la antecesora en el relato mismo y en el trabajo narrativo de su autor, de “Oficina Número Uno”, usa una técnica diferente y como opuesta. La historia en ambas novelas corre por la sabana  hacia adelante, hacia el futuro. La obra de Carpentier no hace valoraciones más allá de lo que narra y si lo hizo, más interés puso en el mágico trabajo de contar, a través de un viejo que se rejuvenece, una crónica al revés como reconstruir una casa a partir de su estado de ruindad, decadencia y muerte. Y a través de ella y la gente que la habitó habla de una historia, con todo lo que esto encierra. Otero Silva narra para insinuar el cambio hacia la sociedad venezolana que viene, desde el pueblo rural, agropecuario y la humilde gente del agro a la nueva sociedad que nace en el llano mismo, no muy lejos de Ortiz, que entrará con “Oficina Número  Uno”, alrededor de taladros, balancines y mechurrios y de la industria petrolera que comienza a cambiarlo todo con la imagen o la idea que eso conduce al futuro y a una vida mejor.    No sólo por lo que dice Olegario, uno de los personajes de la novela, oído a los camioneros que “cuando se muere un pueblo nace otro en alguna parte”, sino también por lo que en esos nuevos pueblos sucede y en ellos se planifica.

Sebastián, el novio de Carmen Rosa, contenía toda la fuerza y la pujanza que había hecho sobrevivir al pueblo, tanto que “había sido la capital del Guárico, la rosa de los Llanos, con hermosas casas enteras de dos pisos y fuegos artificiales que se desgajaban en estrellas verdes y rojas sobre la procesión de Santa Rosa.” (1)Y la muerte de aquél es también el entierro del pueblo, es la Venezuela decadente de los tiempos de las cotidianas guerras de caudillos por asirse del poder para repartirse las migajas del ingreso nacional y apoderarse de las tierras que mantendrían improductivas porque no estaban ganados ni menos formados, pues herencia no tenían, para hacerlas producir. Y esta historia pasada y esa falta de herencia de los capitanes y propietarios, marcarán la huella del futuro.

“-Este pueblo se nos va a caer encima, Olegario -dijo Carmen Rosa tras el largo silencio. -Sí, niña -respondió Olegario-. Se nos va a caer encima. Aunque ya no queda gente a quien caerle encima, Olegario. Si se murió Sebastián que era el más fuerte, ¿qué nos espera a nosotros, a ti, a mí, a los cuatro fantasmas que andan todavía por la calle? -Sí, niña. Nos vamos a morir todos.”(2)

-Y cuando se acaba un pueblo, Olegario, ¿no nace otro distinto, en otra parte? Así pasa con la gente, con los animales, con las matas. -Y también con los pueblos, niña. He oído decir a los camioneros.”(3)

En “Casas Muertas”, Otero Silva anuncia, a partir del presente y con la disposición de Ana Rosa a marcharse, pues toda la fuerza que le pegaba a Ortiz se disolvió con la muerte de Sebastián, lo que será el futuro, la huída hacia Oficina Número Uno, hacia la mesa de Guanipa, donde los gringos comienzan a extraer el petróleo y a organizar la nueva economía. Una basada en el “oro negro” que se extrae del vientre de la tierra, con grandes capitales y propietarios de por medio, abundancia de “mujiquitas”, largas tuberías que lo llevan a los puertos más cercanos, hacia la costa del norte para irse a los mercados donde ya ni siquiera el café y caco se les envía y las ciudades que crecerán para acumular trabajadores de bajo costo y consumidores de lo que llegará por esos puertos. Atrás quedó la Venezuela agraria, la que no fue capaz de producir para la independencia y la “soberanía alimentaria”, porque no ha habido gobiernos ni clases que para eso hayan servido, pues el parasitismo y el chuleo fue lo que aquí prevaleció.

Habrá que escribir otra novela, alguien habrá de hacerlo, que no continúe con “La muerte de Honorio” y “Cuando quiero llorar no Lloro”, sino contándonos la tragedia por la “audacia”, habiendo mirado lo que hemos “mirado a través del cristal de la experiencia”, de imaginar que el socialismo estaba a la vuelta de la esquina y nos rodeaban samaritanos, no sólo para indicarnos el camino, mientras nos veían pasar sin darnos de su poca agua y alimento. Ya lo advertía el poeta hondureño Ramón Ortega, en “Verdades Amargas”, que aunque la vida no sea tan cruel, si es una advertencia digna de no menospreciar:

“Yo no quiero mirar lo que he mirado

a través del cristal de la experiencia

el mundo es un mercado donde se compran

honores, voluntades y conciencia.

Amigos? Es mentira, no hay amigos

la verdadera amistad es ilusión

ella cambia, se aleja y reaparece

con los giros que da la situación.”

https://www.poemas-del-alma.com/ramon-ortega-verdades-amargas.htm

¿Otra vez perdimos el camino? La guerra de independencia no terminó su obra. A Bolívar y Sucre les asesinaron para que el proyecto grande se derrumbase. Pasaron los años. El rentismo nos atrapó e hizo que una capa amplia disfrutase a sus anchas de los beneficios del petróleo. Hubo quienes acumularon a sus anchas, llenaron sus botijas, joyeros y gastaron hasta más no poder para satisfacer sus vanidades. Nada construyeron ni crearon. Y en esto se nos vino otra oportunidad en la que la historia con el Caracazo y lo acontecido posteriormente se nos abrió y pensamos, soñamos, que ahora sí había llegado el momento. Había un gobierno en disposición de empujar un cambio por la independencia, el crear, construir y producir todas las bases para ella; y el petróleo esta vez se puso de nuestra parte. Pero habrá que escribir la historia, la novela que explique si vamos al futuro o, como uno parece percibir, en marcha vacilante hacia el pasado y hasta de espaldas. En “Viaje a la Semilla”, el viejo negro, pese sus años y las dificultades habituales de la memoria, cuenta la historia con el ritmo adecuado, propia de la excelente capacidad narrativa de Carpentier. Creo nos faltaron clases atrevidas, eso podría despejarlo el narrador. Tengo la impresión que, si desde ahora y hacia atrás, como en “Viaje a la Semilla”, comenzamos a deshacer la historia, encontraremos  que al mando y en el control, ha estado la misma gente. Quizás, no sé, se descubra algún cambio insustancial de caudillos.

*Casas Muertas: https://www.guao.org/sites/default/files/biblioteca/Casas%20muertas%20-%20Miguel%20Otero%20Silva.pdf

 

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