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Luis Fuenmayor Toro: ¿No hay nadie que piense?

 

El odio desatado, los grandes intereses económicos en juego y la codicia de los actores protagónicos, impiden encontrar una salida civilizada a la crisis de todo tipo que hoy nos agobia. Parece que no se comprende la magnitud de la situación que se puede encarar de continuar el sendero hasta ahora escogido. Las conversaciones han sido utilizadas por ambos sectores como mecanismo de ganar tiempo y de tratar de doblegar al contrario, en lugar de ser la vía para una salida pacífica beneficiosa para todos. No han comprendido que ninguno tiene posibilidades de ganar sino a un costo terrible para la nación venezolana, y de acuerdo a como marchan los acontecimientos pareciera que las acciones van en este sentido.

El gobierno no tiene posibilidades de solventar la crisis nacional, no sólo por su ineptitud, negligencia y corrupción, sino porque las fuerzas que hoy mantienen y profundizan la crisis son demasiado poderosas para poder ser derrotadas. Y no estoy subestimando a nadie; estoy siendo crudamente realista. Siento profunda tristeza cuando oigo a algunos compatriotas seguidores del gobierno, que están convencidos que van a derrotar la intervención militar gringa con la espada de Bolívar. Se ve claramente que no tienen idea de lo que dicen y que repiten como loros lo que sus líderes o jefes quieren que repitan. En el caso de estos últimos, es rabia lo que tengo ante sus exhortos mentirosos, manipuladores y pseudo patrióticos.

“Patria o muerte. Venceremos” fue el lema de la revolución cubana que, pese a décadas de ayuda soviética de todo tipo, no pudo vencer y 60 años después el bienestar del pueblo cubano es de un nivel similar o incluso peor al que tenía en 1959. Ciertamente, la claque dirigente no fue sacada del poder por el gobierno gringo, pero este logro no se reflejó en bienestar y desarrollo para Cuba. Podrán hablar de dignidad, patriotismo y valentía, ante las presiones externas, pero esos son simples consuelos y racionalizaciones a la hora de evaluar la realidad actual de vida de los cubanos. No es el caso de Vietnam, cuyo “Patria o muerte. Venceremos” sí fue exitoso, aunque a un costo muy elevado de vidas humanas y de destrucción. Derrotaron a franceses, japonés y estadounidenses, reunificaron su nación y hoy son un pujante país que superó la destrucción y marcha claramente hacia el desarrollo.

Otro tanto podemos afirmar de quienes han sido la contraparte opositora del socialismo del siglo XXI. No pueden, sin llevar al país al caos de una violencia fratricida, de una ignominiosa invasión de ejércitos extranjeros, doblegar a sus socios en esta destrucción de 20 años de Venezuela. No lo pudieron en 2002 con más apoyo popular que hoy en día y a buena parte de la FANB de su lado, mucho menos lo podrán hacer hoy cuando esas dos condiciones no existen. No importa que el rechazo a Nicolás Maduro sea superior al 85 por ciento de la población, pues esto no significa en absoluto que esa misma proporción apoye las proposiciones contrarias a la razón, la democracia y la Constitución de quienes dirigen la AN.

Estas consideraciones, que serían más que obvias para la dirigencia política de cualquier país del mundo, en la Venezuela de hoy parecen no ser en absoluto comprendidas por nuestra élite dirigente, lo que coloca al resto de la nación en una situación de injerencia extranjera y peligros inaceptables en cualquier parte del mundo. Jamás habíamos visto a una oposición, que sin ningún tipo de vergüenza proclamara a los cuatro vientos ser partidaria de una invasión militar a su país. Jamás habíamos asistido al nombramiento de un supuesto Presidente por parte del gobierno de EEUU; un verdadero usurpador que además le endilga esa condición a su adversario. Es algo inaudito que, quienes dicen ser los demócratas frente a una oprobiosa dictadura, quieran constituirse en gobierno por tiempo indefinido sin efectuar ningún tipo de consulta popular.

Estos demócratas se comportan como verdaderos dictadores, que primero quieren gobernar y posteriormente, si acaso, consultar al pueblo. Son constitucionalistas que, al igual que el gobierno, violentan la misma Constitución que dicen defender. Sus prácticas cada vez son más arbitrarias, corruptas y repulsivas. Despliegan una soberbia y un sectarismo igual o mayor que el de quienes tienen más de 20 años en el poder. Y actúan de la misma o peor forma que la que critican. En momentos políticos de estas características se impone la consulta a la población, como forma civilizada y lógica en toda democracia, para que sea la mayoría de la gente la que decida en forma soberana el camino a seguir. Ése es el objetivo central de la lucha.

 

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