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Liliam Caraballo: Las colas de la gasolina en Táchira

 

En fin, que lo hemos venido sobrellevando. Pero como la memoria popular es endeble, muchos quisiéramos dejar testimonio escrito porque las generaciones futuras pensarán que son exageraciones del abuelo, cuando nuestros hijos se lo cuenten a sus hijos; tampoco  podremos dar repuesta de por qué no hicimos nada para cambiar ese estado de cosas. Para puntualizar, voy a referirme a las palabras dichas por un coterráneo de 96 años, en pleno uso de su lucidez mental, cuando vio las enormes colas y a los conductores reunidos en grupitos charlando animadamente:

— ¡Para mí que nos están echando algo en el agua para secarnos los compañones!

A medida que el problema del combustible se agravó, el Gobierno implementó estrategias para resolverlo; una de ellas fue usar el número terminal de la placa del vehículo para surtirlo de acuerdo al día de la semana. Al principio funcionó, pero dada la reducción de la cantidad de gandolas que llegaban, los conductores debían permanecer más de 24 horas en las colas y, como es lógico, no aceptaban retirarse porque al día siguiente no les correspondía el número de palca asignado. Entonces, el “Estado Mayor de la Gasolina” eliminó temporalmente la disposición.

La situación empeoró porque cientos de conductores empezaron a vender la gasolina que adquirían. Muchos lo hacían por verdadera necesidad, para compensar el ínfimo valor del salario; otros para ganar dinero extra, y los más, buscando enriquecimiento fácil; ninguno tendría justificación, pero unos y otros se convirtieron en verdaderos especuladores; el precio de un contenedor de 20 litros llegó al astronómico precio de ochenta mil pesos colombianos, es decir dos dólares y medio al cambio del mercado paralelo en ese momento.

Las cosas se complicaban por los conductores que querían “colearse”, apoyados por los trabajadores de las estaciones de servicio, en complicidad con el personal militar encargado de la custodia, que lo permitían a cambio de un pago en moneda colombiana. En un aparente intento por controlar esto, el “Estado Mayor de la Gasolina” privó a la Guardia Nacional del control de las colas y ordenó que los usuarios lo ejercieran. Al principio pareció funcionar; empero, el desorden generado por la actitud de muchos usuarios obligó a implementar un sistema mixto: los usuarios controlarían las colas mediante listados y el personal militar numeraría los vehículos de acuerdo a esa lista.  A principios de junio, se volvió a implementar la dotación de acuerdo al número de placa; sin embargo, las colas seguían siendo kilométricas, la reventa de gasolina iba en aumento y la producción y/o importación del combustible iba decreciendo.

En esas “colas de la gasolina” ocurrieron casos dignos de ser narrados; voy a referirme a  uno donde se cumplió el fenómeno de la Tabula rasa,  circunstancia en la cual dos personas, sin importar condición, situación o posición, son colocadas en el mismo nivel.

Una tarde, a principios de junio, una jovencita, conduciendo un Aveo blanco, se colocó en el último lugar en la cola de la E/S Lagoven de la avenida España (El Castillo), quedando a medio kilometro del Asilo San Pablo, en la avenida principal de Pueblo Nuevo. La cola atravesaba la avenida España, siguiendo hasta la intersección de Quinimarí, donde se dirigía a la derecha empalmando con la avenida principal de Pirineos, hasta la avenida 19 de Abril, para llegar a la avenida España, terminando en la E/S mencionada. Una fila de varios kilómetros de carros esperando ser surtidos de gasolina, con conductores de todos los niveles, edades y condiciones en el país petrolero más próspero de América Latina. Otrora, en la década de los noventa.

La joven se dispuso a esperar usando de manera imprudente su celular de última generación. El conductor del carro que le precedía se dirigió a ella para advertirle que en esa cola robaban muchos celulares, pero cuando vio una bata blanca colocada en el espaldar del asiento cambió de actitud, mostrándose agresivo.

—Señorita, ¿Usted es médico?

—Sí, señor… ¿en qué puedo servirle?

—Tengo entendido que los médicos echan gasolina en la bomba de La Guacara, ¿usted no cree que es un abuso que, teniendo ese privilegio, venga a ocupar el puesto que otro necesita?

—Usted tiene razón, señor—contestó—. Sin embargo, permítame explicarle. Yo estaba en la cola de La Guacara desde ayer y nos avisaron que hasta pasado mañana no llega gasolina. Tengo guardia este fin de semana y para movilizarme necesito el carro. Por esa razón me vi obligada a buscar otra alternativa — dijo con firmeza.

—Mujer tenía que ser. Si fuera un hombre le diría lo que se merece —masculló el malhumorado mientras se marchaba murmurando cosas que Roxana no alcanzó a oír.

El sol coloreó el cielo sobre el cerro El Mirador en bermellón, rosa y azul, antes de  dar paso a pequeñas sombras que crecieron imperceptiblemente hasta terminar en noche cerrada. Igualmente creció la angustia de los conductores, que se refugiaron en sus vehículos a guisa de cuartel general, a conciencia de lo endeble de sus defensas ante el ataque de cualquier predador que usando la motocicleta, medio de transporte favorito de esa especie, se presentase de improviso amenazando a gritos y mostrando sus armas blancas y/o de fuego, para robar celulares, bolsos, relojes y cualquier otra cosa. Una sensación de orfandad ocupó el alma de la mayoría de aquellos desdichados.

 

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