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Antonio Sánchez García: “América Latina, EEUU y el monstruo de la intervención en Venezuela”

 

Veía al embajador William Brownsfield entrevistado por Moisés Naim rechazando la estrategia de intervención militar de los Estados Unidos para lograr el fin de la tiranía madurista e imponer el regreso de Venezuela a la comunidad de naciones democráticas de Occidente. Su primer y más contundente argumento en contra de dicha intervención fue una realidad indiscutible, así demuestre la trágica esquizofrenia impuesta por dos siglos de malas relaciones culturales y políticas entre América Latina y los Estados Unidos: el 99,99% de los gobiernos latinoamericanos, según el embajador Brownsfiel, rechazan dicha intervención, aunque la aplastante mayoría de los venezolanos – cosa que tanto Brownsfield como su entrevistador, Moisés Naim tuvieran a buen resguardo silenciar – la reclaman a gritos. Un doloroso malentendido que subraya, además, la trágica opción asumida por Bolívar y los próceres independentistas de preferir seguir el jacobinismo bonapartista francés que el institucionalismo democrático anglosajón.

El predominio del sentimiento antinorteamericano a todos los niveles políticos de nuestra región amén de parecer insuperable, revela una cierta esquizofrenia de la relación entre dirigentes y dirigidos, al extremo de no poder discernir si tal sentimiento anti norteamericano es producto de la envidia y el resentimiento ante los grandes éxitos de la gran potencia del Norte o de un odio cuidadosamente cultivado por el chovinismo de origen socialista y castro comunista. Dicho rechazo, enmascarado ideológicamente de “antiimperialismo”, es tanto más fuerte en países con fuerte presencia de partidos marxistas, como Chile, como débil en aquellos vinculados con los Estados Unidos por factores estructurales, como Venezuela. Pero en todos ellos, los Estados Unidos continúan siendo la único y exclusiva utopía realizable. Al extremo de ser la meta más deseable de quienes escapan de la tiranía castrista o chavo-madurista. El sueño americano es el único sueño dominante en América Latina. ¿Cómo ocultarlo?

¿No es ese odio político e ideológico, cuidadosamente cultivado por las élites latinoamericanas, contradictorio con el predominio avasallante de la cultura de la información y el entretenimiento norteamericanos, hegemónica en nuestra cultura de masas? ¿No sirve ese rechazo a la intervención norteamericana, propiciado por la dirigencia latinoamericana – Moisés Naim es un claro ejemplo de ello – precisamente a la entronización de esos anti valores propios del subdesarrollo político e intelectual de nuestras sociedades tercermundistas? ¿Oponerse a la intervención armada liberadora no es aliarse en complicidad con la hegemonía de la tiranía hitleriana y castrocomunista imperante en Venezuela? ¿Cómo preferir el retorno al tribalismo africano más salvaje, al corazón de nuestras tinieblas, hecho realidad por el chavismo con la brutalidad de la intervención armada de los ejércitos cubanos y sus aliados, el narcoterrorismo, la represión, la tortura y la muerte, a la intervención de las fuerzas del progreso para ponerle fin a la tiranía? ¿Por qué negarse al auxilio de las tropas de liberación norteamericana tras un patético pacifismo alcahueta y quintacolumnista?

Esa contradicción la vivo cada vez que veo, gracias a Directv, Las horas más oscuras, ese extraordinario filme que narra la lucha de Winston Churchill contra Chamberlain y los entreguistas británicos para ir a la guerra contra Hitler y la Alemania nazi. ¿Es imposible destacar los paralelismos entre esa lucha y la que hoy libramos contra las últimas expresiones de Hitler, Stalin y el totalitarismo en Venezuela y América Latina? ¿Por qué sí en Normandía y no en Caracas o en La Habana? ¿No constituye el castro comunismo un peligro tan mortífero y fatal para la democracia latinoamericana como lo fuera el nacional socialismo para la Europa del Siglo XX?

Moisés Naim y Brownsfield han esgrimido el espantapájaros de la invasión a Irán para rechazar de plano lo que el pueblo venezolano ansía mayoritariamente: ser liberado de la invasión cubana y la tiranía, como lo fueran los franceses, por una intervención norteamericana. Ninguno de los dos vive en Venezuela. Ambos viven a salvo, protegidos por la sociedad cuyo auxilio reclamamos. Son puntas de lanza del pacifismo norteamericano y de esa forma edulcorada del pacifismo pusilánime y menguado representado en Venezuela por Juan Guaidó y Leopoldo López. Si logran su velado propósito, maniatarnos, Venezuela será una copia al carbón de la tiranía cubana. Ojalá que Dios y los Estados Unidos de Norteamérica nos ayuden a impedirlo.

 

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