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Earle Herrera: Autoproclamado e insepulto

 

Nadie se atreve a echarle la última pala de tierra, aunque todos están ansiosos por el mérito. Los analistas y encuestólogos que lo vendieron como una mezcla de Charles de Gaulle y Winston Churchill, guardan un avergonzado silencio, esperando que ya nadie recuerde sus floridas hipérboles. Un exrector lo definió como un “Chávez civil, pero mejor orador” ¡Dios y Demóstenes lo perdonen!

Cuando el comandante bolivariano hablaba convertía derrotas cantadas en súbitas victorias. Recuerden el “por ahora” y la convocatoria a la batalla de Santa Inés, el día que le activaron el referéndum pretendidamente revocatorio. “Aquello fue una pieza maestra”, reconoció Jorge Olavarría, el más brillante antichavista, si es que hay otros. En cambio, la caída en picada del autoproclamado es directamente proporcional al uso público de su inextricable lengua. Don Pedro Emilio Coll pudo haberlo ayudado en su fortuita carrera hacia Miraflores, de haberlo leído.

La confusión provocada entre los opositores tampoco es para ruborizar a nadie. Hay grandes consuelos salvadores. El mismo Trump confesó estar decepcionado. Pompeo dejó colar que ni como jefe de la CIA pudo dar con un líder indicado. Y Abrams quiso aclarar y oscureció más la confusión de la Casa Blanca, la Escuela de Chicago y Hollywood.

¿Quiénes conspiraron para convertir al autoproclamado en un precoz cadáver insepulto (lapidaria metáfora del celador del camposanto político, don Rómulo Betancourt)? La conversión la iniciaron sus rivales endógenos, quienes entregaron a las redes las facturas orgiásticas de Cúcuta, con innecesarios detalles libido-políticos: fracturas de mozas “prepago”, almuerzos erógenos, ardientes noches de ronda, hoteles cinco estrellas y estrellados, tiendas de lujo, parrillas del Arauca y sobrebarrigas con escopolamina.

El desglose de esos gastos –juraron- pesaría más en la carrera del interino que las lápidas que resguardan las momias de Ramsés II y Tutankamón. Al primero que Betancourt endilgó el remoquete de “cadáver insepulto” fue a Jóvito Villalba. Pero el maestro margariteño y excelso orador sí ganó unas elecciones y la dictadura de entonces –esa sí, mire- le impidió ser proclamado. Guaidó, en cambio, es un cadáver autoproclamado, o sea, un insepulto de facto ¿Se fijan?

 

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