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Rafael del Naranco: Reina de Paramaribo

 

Maxi Linder fue el apodo en  papel couché  adoptado por Willhemina Angélica Adriana Merian Rijburg –  más  conocida  como la Reina de Paramaribo –  en la exótica, y a la vez exuberante  Surinam, norte de la América del Sur, tierra de  nuestros mejores años siendo emigrante.

“Reina”, en su caso, significa prostituta, mujer lasciva, esa que por afición y gusto se entrega a los goces sexuales con uno o más hombres.

Una trova de arrabal – repleta de conjunciones gramaticales lascivas –  lo cuenta en susurros de madruga:

“Mujer de la alta noche mariposa del frío, que conoces a los hombres a la hora del pan, que   importan que te besen los hombres o el rocío, si el rocío o los hombres son cosas que se van”.

Los misóginos o manfloros criollos que convierten la confusión  del lupanar en luz de palmatoria, aún sin  tener mazorca entre las piernas,  ignoran todo de la prostituta más famosa e influyente de la ex colonia holandesa.

Tampoco nosotros hasta el  pasada semana  viniendo de Roma a la Valencia mediterránea en la que hemos encallado, sabíamos de la existencia de esa hembra, y ha sido  debido  a una  sempiterna espera en el aeropuerto Leonardo da Vinci ,  cuando pudimos conocer  la historia ya legendaria de esa mulata,  que en palabras de su biógrafa, Clark Accord, era de una insolencia nunca vista “y de una  voluptuosidad sin parangón  a la hora de desarmaba a los hombres atravesados  en su camino”.

Y uno sabe cuanto de eso puede suceder en un puerto de mar a la hora del calor aplastante, el sudor lujurioso y el ron que todo lo reviste y lo desviste de insinuantes aventuras febriles.

Cuenta que Maxi no era una mujer cualquiera. Aparte de ser una real hembra impregnada de connotación erótica, sobresalía en las calles de aquel Paramaribo de principios de siglo pasado sobre  de las demás muchachas color café, por su estatura, la voz potente “y los llamativos colores de sus vestidos”, esas hojas de parra que en el trópico son un manojo de irisaciones de luz cegadora.

Hasta el final de su vida – murió en 1981 – asumió una actitud desprendida y magnánima hacia los más necesitados, algo casi innato en la mayoría de las meretrices. Y así,  en dos pinceladas matizados,  Clark Accord – una  paletada de Degas o esa pose de las muchachas con hojas de mango de Gauguin –  nos cuenta como  en una tierra caliente  donde hacer el amor es una actitud del alma, ella repartió su riqueza entre los más necesitados mientras compartía su cama con amantes inexpertos, maridos insatisfechos, personajes de enorme poder y marinos beodos.

Al final sucedió  lo contado por Juan Filloy en uno de sus poemas y Maxi quedó varada en la soledad,  igual a  un mar de sombras  en el rutilante recuerdo de una prostituta voluminosa:

¡Que no diera por ver como una estrella,
rutilando el recuerdo
de esta callada meretriz obesa
que abrigó mi lujuria
—triste barco borracho—
en el tranquilo golfo de sus senos!

Y esa es la jácara  saboreada en una sala de  aeropuerto italiano  bajo  las excitantes insinuaciones de una mujer del alba,  sobre todas las  irisaciones luz que brotan al calor de la pasión descarnada  entre  los agites carnales más antiguos e imperecederos del mundo.

 

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