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Luis Fuenmayor Toro: ¿Es Maduro un tirano genocida?

 

He enfrentado en muchas veces, y muy particularmente en la red de Twitter, el uso alegre de adjetivos calificativos para efectuar valoraciones políticas, morales y éticas de nuestros gobernantes. Otro tanto he hecho cuando esos calificativos proceden del gobierno contra quienes se le oponen, tanto en la época de Chávez como hoy con el gobierno de Maduro. Y esta posición no obedece a razones de cortesía ni de exaltar los buenos modales, sino a la necesidad de efectuar caracterizaciones correctas de quienes se enfrentan en el escenario político. Sólo teniendo claro quién es el otro realmente y no sustituyéndolo por seres inexistentes en razón de manipulaciones politiqueras, se puede descifrar con precisión la realidad en la que se desarrolla la lucha política, el escenario en que se actúa y las mejores formas de tratar de influirlo en función de los intereses de que se trate.

Me he opuesto a considerar que el régimen de Maduro es una tiranía genocida, así como también a que se considere a los grupos opositores extremistas como fascistas. Son calificativos que no se corresponden estrictamente con la realidad y que son producto del fanatismo existente en una parte de los venezolanos, o de una retórica politiquera y demagógica, que busca manipular la voluntad de quienes escuchan ese discurso vehemente. Ni Maduro es el carnicero de Sudamérica, ni Leopoldo López es el monstruo de Ramo Verde. Y esto lo afirmo sin reducir en un ápice mi total rechazo a las políticas y acciones de ambos. Por supuesto, la visceralidad existente en el escenario político venezolano, que nubla el entendimiento y la razón, hace que estas afirmaciones no sean del agrado de todos.

Este estado de cosas lleva a que las personas no comprendan la realidad, la entiendan sólo como expresión de su extremismo político y de sus odios, y terminen actuando como energúmenos. Es decir, en forma enloquecida, rabiosa y violenta, contra lo que realmente es una creación de sus mentes. He visto con total asombro, y lo digo a manera de ejemplo, como se afirma con una seguridad alucinante, que las 300 mil muertes violentas habidas en Venezuela en este siglo fueron asesinatos premeditados y con alevosía cometidos por Nicolás Maduro, los cuales deben ser llevados a Corte Penal Internacional, para garantizar la condena del genocida más grande que haya existido en América. La gente no sólo inventa un cuento, sino que termina por creérselo en tal forma que afecta su estado de ánimo y su juicio.

Claro. Ésta no es una conducta que surge simplemente en forma espontánea, sino que es impulsada y cultivada tanto dentro como fuera del país, pues se aspira un rédito político interno de la misma, así como lograr éxitos internacionales de condena y un aislamiento del enemigo político. Para ello se utilizan las transnacionales de la desinformación, así como las redes en la época actual. Y desde ya les respondo a quienes tendrán convulsiones y  me atacarán groseramente, sin dar ningún argumento valedero y sólo por sentirse descubiertos, que nadie me ha pagado por este artículo, que no sigo teniendo ningún corazoncito chavecista porque nunca lo tuve, que sí trabajé en los primeros años del gobierno de Chávez y que fue una gestión calificada por todos, tirios y troyanos, como muy buena.

He podido relatar en detalles un caso similar, pero impulsado por el régimen contra la oposición, y no lo hice, aunque mencioné el cuento del monstruo de Ramo Verde. Y no lo hice simplemente porque este artículo tiene que tener una extensión particular, ya que no sólo será publicado en portales electrónicos sino también en algunos medios impresos no gubernamentales, que aún sobre viven en medio de muy grandes dificultades. El gobierno de Maduro, además de ignorante, ineficaz y corrupto, se ha caracterizado por claras y conocidas acciones contra las libertades de expresión y de prensa. Es además indolente ante el sufrimiento y las penurias de los venezolanos, sanos y enfermos, y ha asumido la represión como fórmula de acallar las legítimas protestas de la población, violentando incluso el debido proceso establecido en la Constitución.

 

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