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Nelson Chitty La Roche: Complejidades políticas y ciudadanía

 

“Solo si se reconoce la inevitabilidad intrínseca del antagonismo se puede captar la amplitud de la tarea a la cual debe consagrarse toda política democrática.”
Chantal Mouffe

Asombrosos relatos, y créanme que todavía los hay, llenan nuestra cotidianidad. Mi amigo Octavio presenció hace poco un velorio en Coche de un modesto vendedor cuyo cadáver, envuelto en sencillas mortajas, dentro de una especie de ataúd hecho con maderas de los guacales de tomates dañados y ya sin uso, reposaba en la acera. Sus amigos y tal vez familiares lo acompañaron, entre gritos y palabrotas dirigidas a la alcaldesa de Caracas toda la noche y, lo montaron, en la mañana, en una pick up para enterrarlo por allá en Cúa.

El país muere literalmente de inanición. Las bolsas y cajas CLAP pueden paliar, quizá, la grosera necesidad de muchos, pero no alcanzan para compensar las carencias diversas en que viven ingentes sectores poblacionales. El bajón del consumo de proteínas se sutura grave a los más desfavorecidos, especialmente a las mujeres y los niños, como una herida contumaz que hay que coser más de una vez. Una dolorosa llaga que no se cura porque se reabre cada día de cada semana.

Suena la misma campanada en los hospitales y centros de salud que, testimonian de la absoluta precariedad en que deambulan sus males los humildes que, por cierto, ya son muchos de ellos venidos de la otrora clase media. No hay insumos ni productos básicos ni elementales. Ni gasa, ni alcohol, ni sutura, ni vacunas, ni tratamientos antihipertensivos, ni para diabéticos ni nada en suma. Y la fulana ayuda humanitaria o es muy poca o no llega donde debe.

La deserción escolar, media y universitaria ofende. Las aulas vacías o a medio llenar desnudan la cruda realidad de un país arruinado y frustrado que o se va a cualquier parte o se dedica a tareas poco edificantes para simplemente sobrevivir. La estampida criolla sigue impenitente.

El vía crucis continúa para los compatriotas, pero lo que más me solivianta el espíritu es la sensación de que algunos se acostumbran o se resignan y otros llevan su amargura a extremos tales que dejan de apreciar los esfuerzos que se hacen buscando resolver, o dedican su emoción a denostar sistemáticamente a los que no piensan como ellos.

Venezuela vive un teatro digno de Epicuro y Sófocles. Dramático y perceptible en su tortuoso desenlace. Aunque conocido racionalmente, se exhibe ambiguo en sus fases y etapas de concreción, suponiendo que las haya en el indeterminado tiempo histórico de Venezuela y del mundo.

Paralelamente; escuchamos a los correligionarios, condiscípulos, compañeros y colegas interrogarse y preguntarse por este ambiente opaco, difícil, inasible que no nos muestra, verdaderamente, hacia dónde vamos. Alguien me decía, entre jocoso e irónico, que la política se ha puesto difícil. Los análisis se parecen, pero llegado un momento se detienen. Nadie siente que está tan claro y seguro para vaticinar y si lo hace, es sesgado y sentimental el juicio que expresa.

El diagnóstico nos traslada a escenarios académicos y no por ello menos vivaces. En efecto; Carl Schmitt nos propone la asunción de su tesis de amigo-enemigo dentro de la cual el péndulo de la política se mueve en un plano de impajaritable antagonismo y allí cuadra bien el esfuerzo chavista y madurista a partir, inclusive, de la puesta en práctica de la propuesta Ceresole. Para ellos y sus socios de uniforme el cosmos es maniqueo, ellos y los otros que deberían dejar de ser. Solo uno queda y si la tolerancia es negociable, el respeto y la cualidad no lo son para los demás.

Chantal Mouffe ensaya una postura para explicar la perspectiva liberal agonística que permite en la relación política encontrar espacio y racionalidad para la coexistencia. El adversario y no el enemigo, prospera desde que tiene cualidad de interlocutor, opuesto pero susceptible de convivir y más aun, legitimarse como tal. La elección consagra a uno y a otro, aunque en roles distintos.

Marcelo Posca Cohen(2019), en un acucioso trabajo presentado en la universidad complutense de Madrid recientemente, alude al punto en una secuencia de pensamiento que considero afortunada: “Como vemos, la política es pensada por Mouffe, como un marco institucional que permite transformar el antagonismo potencial que existe en las relaciones sociales en agonismo, o, lo que es igual, transformar al enemigo en adversario (la categoría del adversario es crucial para redefinir la democracia liberal de una manera que no niegue lo político en su dimensión antagonista). Si hay agonismo es porque existen instituciones sociales y políticas; pues el agonismo “se pone en escena” en un marco institucional”.

No hay pues en la configuración de Schmitt y me refiero a su visión de la política como conflicto patente, sino un modelado, en esencia violento que ejecuta un presupuesto de negación de toda oposición. La política es el ejercicio del afán de prevalecer a toda costa, a partir sin embargo de un hallazgo que opone.

Por otra parte y siempre dentro de la política como abordaje del conflicto también, pero dialécticamente en procura de consensuar y convivir en la categoría del pluralismo agonístico, toma cuerpo por contraste el otro. Allí se atraen el liberalismo y la democracia para tejer juntos el manto que guarda en su interior la democracia liberal.

Así las cosas; advertimos y visualizamos a Chávez y epígonos, acólitos y usufructuarios. El difunto militar golpista y el de la masacre del 11 de abril de 2002 y luego, el chavismo madurismo, igualmente violento autor de varios centenares de asesinatos políticos y un sinfín de abusos y transgresiones contra la ciudadanía que criminaliza y judicializa para aniquilarla.

Ambos, Chávez y Maduro, por hablar de dos pero también puede ser el mismo, lucen en substancia ontológicamente y profundamente antidemocráticos. Esa constatación es valiosa y elucida la fingida incertidumbre que despierta en la ingenuidad liberal de europeos y en la menos cándida de los norteamericanos, procesos eleccionarios que por aceptarse no son garantía de respeto. La forma electoral la siguieron tanto en aquel revocatorio que perdió pero ganó Chávez como, en las parodias que el CNE desde su aquelarre simuló con resultados prefijados. Ilusionismo y cinismo en esos casos fueron de la mano.

Bastaría recordar a bolcheviques y mencheviques en el umbral de la revolución, protagonizando una comedia electoral que desconocieron los primeros, mostrando al hacerlo, el talante que luego los caracterizó y que se mueve entre el fascismo y el totalitarismo. Luego fue China, Corea, Albania, Yugoeslavia, Polonia, Hungría, Checoeslovaquia, Cuba y otras experiencias menores. En todas y sin excepción solo hubo amigos y enemigos y nunca la disposición a coexistir pero siempre fingieron sin embargo.

No quiero y no puedo en este limitadísimo espacio abundar sobre las diferencias que el comentario en curso estimula sobre dictaduras y regímenes totalitarios, pero es menester resaltar que las unas toleran la disidencia y pueden perseguirlos pero no necesariamente; los regímenes ideologizados totalizantes, de su parte, no aceptan ni toleran nada y por el contrario exigen y fuerzan a militar a favor.

Hemos esperado y tratado a los chavistas como lo que no son: demócratas. Los ha, así mismo, autorizado la comunidad internacional concediéndoles el deferente correspondiente como si lo fueran y, aun creen en que puedan dialogar y por eso la caricatura de Oslo con su inocultable fracaso.

El mundo no acaba de metabolizar el caballo de Troya que lleva la democracia en su interior, la del populismo que en el caso de Mouffe es de izquierda y que padecimos nosotros con la perniciosa experiencia del chavismo, disfrazado de democrático para permear pero, en el fondo, antagonizante y depredador.

Por otra parte, cabe constatar una pesada aporía que se erige en el procedimiento que pretende conciliar a unos y a otros, antagonizantes y a aquellos agonísticos por denominarlos así en un sistema institucional y legal bajo la égida de una Constitución cuyo propósito principal es cuidar las libertades y derechos de los conciudadanos, controlando, limitando, supervisando las acciones del poder sabiéndolo peligrosamente avieso como la mismísima naturaleza del hombre.

Debe agregarse y es capital hacerlo que la constitucionalidad contiene primeramente una garantía y es la de educar la coexistencia y la convivencia ciudadana, pero, siempre hubo y habrá quienes prefieren someter y no persuadir, arrodillar y no convencer y que justifican aquellas palabras de Karl Popper, pertinentes y convincentes, “La democracia es el sistema que permita el traspaso de mando de unas manos a otras, sin derramamiento de sangre.”

Chantal Mouffe nos seduce con su capacidad y versatilidad para describir y descubrir pero, nos confunde a veces con sus conclusiones orientadas y a la postre, discutibles. Su posicionamiento militante aparece para guiar sus derivaciones, ideologizadas y radiactivas. Nos sirve, como antes dijimos, para comprender y ello es una virtud considerable, aunque su paso postula a menudo encrucijadas.

Confieso que al otear el horizonte político y encontrar a los espalderos del difunto devenidos en las dignidades públicas y, peor aún, sostenidos por la fuerza militar enajenada y alienada, entiendo algunas formulaciones de Mouffe, para quien no es verosímil necesariamente el trance democrático, siendo que en el fondo no se han superado los antagonismos.

Acoto al final una remembranza que viene a mi espíritu desde la lectura de Eduardo Rinesi y su texto sobre la política, que ofrece un rostro trágico por su imposibilidad de realizarse democráticamente.

nchittylaroche@hotmail.com
@nchittylaroche

 

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