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El País / Editorial: Israel, fracturado

 

El primero ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el pasado domingo.

Por primera vez en su historia, Israel tendrá que repetir unas elecciones después de que el primer ministro, Benjamín Netanyahu, como cabeza del Likud, no haya logrado conformar una mayoría con la que revalidar su mandato al frente del Gobierno. El acuerdo entre los socios con los que debía contar Netanyahu no ha sido posible por el enfrentamiento entre Israel Nuestra Casa, de Avigdor Lieberman, y el partido ultraortodoxo Unión por la Torá y el Judaísmo a cuenta de la exención del servicio militar a favor de los estudiantes de las escuelas religiosas. Lieberman es partidario de acabar con este y otros privilegios tradicionales, en tanto que los ultraortodoxos los consideran innegociables.

Netanyahu apuró el plazo legal para que la Kneset invistiera un Ejecutivo, manteniéndose en la ambigüedad de si lo hacía por conceder tiempo a sus aliados para llegar a un acuerdo o si lo que buscaba, por el contrario, era la repetición electoral sin aparecer como el responsable. Sin embargo, no resulta fácil prever si estos meses de parálisis beneficiarán al líder del Likud. Las acusaciones judiciales por corrupción siguen tomando cuerpo, lo que podría colocarlo ante la próxima campaña en una posición comprometida. A favor cuenta con el respaldo cada vez más expreso del Gobierno estadounidense.

La diplomacia del presidente Trump en apoyo de las políticas más radicales de Israel ha hecho saltar todos los límites observados por las anteriores Administraciones, ya fueran republicanas o demócratas. Fiel a su estrategia de obtener ventajas inmediatas sobre los palestinos en la creencia de que, una vez consolidadas, conducirán a una solución definitiva del conflicto, Netanyahu no parece prestar atención a las fracturas que provocan sus decisiones. Si no ha podido formar Gobierno es porque, después de situar la política israelí en el extremo que cierra la puerta a cualquier entendimiento con los palestinos, ahora resulta que en ese extremo afloran divergencias insalvables sobre la idea del país que se hacen las fuerzas laicas y las religiosas.

Y, junto a esta fractura interna, se está dibujando otra exterior, derivada de asociar la suerte de Israel a la diplomacia de Trump. El hecho de que esta se haya alineado hasta ahora con las posiciones del Likud y de la constelación de fuerzas contrarias a buscar fórmulas de paz distintas de la mera imposición no la hace más hábil ni más previsible. Al igual que ha sucedido en otros escenarios internacionales desde que llegó a la Casa Blanca, Trump puede desdecirse de las más graves decisiones acerca de Oriente Próximo con tanta rapidez y facilidad como las adopta. Si esto ocurriera, Israel no solo tendría que pagar las consecuencias de un error de estrategia diplomática, como le sucedería a EE UU. Además, se enfrentaría a una soledad internacional cada día más profunda.

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