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Pedro R. García: Venezuela: y su prorrogada ilusión de armonía

 

“Sin Civitas diaboli no hay, históricamente hablando, Civitas Dei”.  Sin un latente antagonismo interno o externo no hay orden político…

El gran Cartago lideró tres guerras: después de la primera seguía teniendo poder; después de la segunda seguía siendo habitable; después de la tercera ya no se encuentra en el mapa. (Albert Camus).

Ubicando algunas pistas…

Sigue preterido en el país, lo que plantearon, con valentía, Moisés Naim y Ramón Piñango, desde el (IESA octubre de 1984), y desde la El caso Venezuela ¿Una Ilusión de Armonía?, en mayo de en mayo de 1986 desde l La COPRE, publicó: Propuestas para una Reforma Política inmediata. La Comisión  para la Reforma del Estado (COPRE) fue una comisión presidencial creada en 1984 por el presidente Jaime Lusinchi para examinar la reforma del estado venezolano y su sistema político. La comisión de 35 miembros incluía a 18 independientes, 9 de Acción Democrática y 5 de El COPEI Entre 1984 y 1987 fue presidido por Ramón José Velásquez; después de su renuncia fue reemplazado por Arnoldo José Gabaldón. La comisión impulsó una política para la descentralización territorial en Venezuela, pero el gobierno de Lusinchi rechazó el documento junto a los líderes de su partido Acción Democrática, quienes decidieron retardar en el Congreso los mecanismos de elección para los estados y municipios. Ricardo Combellas fue designado por el presidente de la República, Rafael Caldera como presidente de la COPRE, desde el 2 de febrero de 1994 hasta el 23 de diciembre de 1999, día en que la Constitución recién aprobada eliminase la comisión, siendo el último que ocupó este cargo. Algunos de los miembros destacados de la misma fueron: Ramón José Velásquez presidente e historiador, Ricardo Combellas, abogado, profesor y dirigente de Convergencia, presidente de la COPRE (1994-1999). Pompeyo Márquez, miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS) Mercedes Pulido, política y embajadora Evangelina García Prince, socióloga, Arnoldo José Gabaldón, ministro e ingeniero civil, Domingo Maza Zabala, director del Banco Central de Venezuela entre 1997 hasta 2004, José Antonio Gil Yépez, presidente de Datanálisis.

Una acotación necesaria…

Tres años después en febrero de 1989,la furia detonó, caótica, sobre todo en Caracas y zonas aledañas. Fue el Caracazo, con su cara de tragedia y su clara advertencia. Pero en inveterado simplismo histórico encontró su chivo expiatorio en los políticos. La ira pensó que sólo el estamento político era culpable de las fatigas del venezolano. Faltó valor para reconocer que ese estamento político era expresión de una sociedad no sana. Faltó audacia para decir Fuenteovejuna, Señor. Faltó coraje (también entre la mayoría de los políticos) para decir que la rabia era un deficientemente faro y que el intento de hacer tabla rasa con la clase política solo podía favorecer a los lobos con piel de oveja, a quienes predicaban (y predican) el anti-politicismo para poder hacer su política, imponiéndola como única vía, como amputación del pluralismo y la tolerancia, como escalonamiento indeseable del imaginario y de la conciencia colectiva. Así se yegó a la exaltación compasiva de los alzados el 92 y a su respaldo mágico electoral el 98. Los resultados están a la vista. No se evangelizó lo malo, se desmanteló  lo bueno y se incineró lo que quedaba de una sociedad política que, en el caso venezolano, había sido la lenta incubadora de una (todavía hoy) poco vertebrada sociedad civil. A pesar de todo, en la actualidad, pareciera, que la sociedad civil es más multiforme y dinámica que una no renovada sociedad política. Pero, no nos engañemos: su espontaneidad no es garantía de eficacia en el marco de una confrontación; y su necesaria organización y proyección eficaz ha resultado y resultará difícil en un horizonte donde predominan el individualismo y el primadonismo, elementos antagónicos de toda presencia seria en los espacios públicos. Y el quizás único ejemplo  de organización y eficacia lo han dado los jóvenes universitarios que no tenían uso de razón cuando Chávez yegó al poder  como Generación Libre o Generación de la Libertad, como coordinada presencia de las Federaciones de Centros Universitarios de todas las Universidades públicas y privadas desde su aparición después del Referéndum Revocatorio, hasta la derrota de Chávez 2007 y la combativa y eficaz presencia en las campañas de 2013 y 2014, por cierto su coraje incitado a dar una especie de salto al vacío al que fueron lanzados por algunos que toda su vida han buscado atajos, sumados a la Confusión que iba desde una visión semiletrada del mundo del pensamiento político y de la herencia institucional de Occidente que nos yegó, guste o no, por vía de España, la Madre Patria, hasta una variación del sentido del lenguaje y de las coordenadas de pensamiento. Revolución, por ejemplo, se interpretó como demolición. Y se procedió (y se intenta proseguir con Maduro), con entusiasmo digno de mejor causa, por parte de los elegidos por la rabia, a desmantelar cualquier rastro institucional de la vida republicana. Muchos, pensando con temor, dieron el garrote al ciego. La antigua Corte Suprema de Justicia dio la aspecto legal que necesitaba el invidente de la ciencia jurídica y administrativa en su frenesí demoledor, quien sin haber leído nunca a Shakespeare (La tempestad) pensaba que todo pasado es prólogo. Después de defenestrada con una contorsión críptica la defensa de la Constitución del 61 (ponencia de Humberto J. La Roche), la vieja Corte procedió a suicidarse (Cecilia Sosa dixit). Lo demás ya se conoce. El proceso constituyente y el nuevo Tribunal Supremo. Allí, en el TSJ, sigue haciendo de las suyas la continuidad de lo rabulesco. Con más de seis “reformas” del Reglamento Interior y de Debates, según el menú de las necesidades del oficialismo, (grotesco estilo Jalisco que no tiene precedente en la historia parlamentaria de Venezuela), la unicameral Asamblea Nacional (teórica heredera del Congreso bicameral) se ha garantizado la eliminación de facto del Parlamento plural que tipifica a toda verdadera democracia y completando el camuflaje “legal” del asalto a otras instituciones. La reforma del Reglamento de la AN fue necesaria, p. e., para imponer, con la “razón” de la fuerza; la reforma de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia: aumentando el número de magistrados para manejar, según el querer del César, con mayor seguridad y menor costo, la máxima instancia judicial del país. Y, por supuesto, el control económico: la manipulación sin precedentes del Banco Central de Venezuela tenia como último objetivo el control total de la banca nacional; es decir, el monopolio de la capacidad crediticia en manos gubernamentales. Como se hizo en Cuba desde el nombramiento del Che Guevara en el Banco Nacional de ese sufrido país hermano que yeva soportando a Fidel Castro y ahora a Raúl más de medio siglo. Si faltaba algo, es perceptible el intento de lograr la definitiva sumisión a los criterios demolicionistas revolucionarios de lo que aún quede de institucional en el seno de las Fuerzas Armadas.

Meta: demolición del Estado

La meta parece ser, pues, que sólo quede en Venezuela el polvo del Estado, sus cenizas. El último Congreso de la República (el elegido en 1998, el que presenció la entrega del poder de Rafael Caldera a Hugo Chávez, el que no reaccionó frente al salvoconducto que daba la Corte que moría para brincarse con garrocha el artículo 250 de la Constitución del 61, el que no dijo nada ante el no juramento de Chávez a esa misma Constitución, en 1999) fue, evidentemente, incapaz de hacer respetar la Constitución de 1961, que había jurado cumplir y hacer cumplir. Junto con ese mini Congreso (mini en duración y en estatura histórica) murió la que, hasta el presente, ha sido la Constitución de más larga vida de nuestra accidentada vida republicana, y que, a pesar de sus defectos, resultó un texto sabio, producto de un verdadero consenso nacional después del derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez. ¿Cuál fue, históricamente hablando, el producto de la identidad entre guerra y política? Sus tristes resultados no son un secreto. Entre otros desaguisados, merecen mencionarse la anemia institucional de la República y el agotamiento (casi al límite) de un civilismo carente de las fuertes raíces de una extendida conciencia de ciudadanía. Anemia y agotamiento, éstos, que permitieron aquél unión, paz y trabajo de la Causa: la unión (en los grillos), la paz (de los sepulcros), y el trabajo (en las carreteras) en el largo absolutismo tiránico de Gómez. El tiempo gomero (además de otras endemias y horrores) supuso 27 años de alergia provocada a la política de ideas. Alergia provocada, desde un poder omnímodo y excluyente: gobierno personalista y de fuerza que sólo entendía a sus adversarios como “los malos hijos de la Patria”; y, en consecuencia, no podía concebir para ellos otra situación que su silencio, generado por el destierro, la prisión o la muerte. Algo semejante pretendió Chávez y pretenden sus devaluados herederos políticos. Hay partidos formados para alcanzar el poder y partidos formados desde el poder. Los partidos formados para alcanzar el poder intentan hacer Estados ideológicos. Los partidos formados desde el poder son reflejo necesario de la gestión gubernamental que los gesta y mantiene. Los partidos formados desde el poder duran mientras dura el poder. Acción Democrática y El COPEI fueron partidos para alcanzar el poder y, desde él, aspirar a realizar un programa. Fueron expresiones ideológicas de la socialdemocracia y la democracia cristiana. Su decadencia vino como consecuencia del clientelismo y la corrupción: la ilusión popular en sus banderas justas se marchitó con la incoherencia de quienes se decían sus representantes. El caso del PSUV es distinto. No es un partido formado para alcanzar el poder, sino formado desde el poder mismo, para aspirar a perpetuarse en él. El origen no es una juventud con formación ideológica, como fueron las surgidas de la FEV y la UNE. El origen remoto del PSUV es la logia militar golpista del 4F. Así el MBR está en la base de las evoluciones posteriores, que siempre supusieron la transformación del Ejército en Partido. Luego vinieron, por consejo, modelo y matriz cubana, la ilusión de dotar de una organización de masas a lo que, diciéndose “revolución”, era un revoltijo de apetencias personales y radicalismos de bufonadas, sin ninguna urdimbre política seria. En Cuba la sustitución del viejo PSP (el comunismo histórico de esa isla) por el PCC de factura castrista (excluyendo al núcleo duro pro-soviético: la yamada Microfracción de Escalante) pasó por el intento de las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas) y por el PURS (Partido Único de la Revolución Socialista). El PCC fue hecho a la medida de Fidel. En Venezuela el intento de unificación encontró fuertes resistencias en el novel postulante a heredero del MAS, y hasta en el PCV. Pero el PSUV fue hecho a la medida de Chávez. La muerte de Chávez ha supuesto un rápido proceso de inconexión. El fenómeno no es nuevo en Venezuela. Indica que están perdiendo el poder y que el PSUV desaparecerá cuando las mieles hegemónicas del ejercicio arbitrario del control del Estado desaparezca. ¿Precedentes? Está el caso de las Cívicas Bolivarianas de López Contreras y del yamado PPG (Partido de los Partidarios del Gobierno). También está el caso del PDV (Partido Democrático Venezolano) medinista. Este último tuvo, según Ramón J, Velásquez, la mayor concentración de intelectuales y artistas que haya tenido organización alguna en la historia de Venezuela. Y después del 18 de octubre de 1945 desapareció sin dejar rastro. Los partidos hechos desde el poder se evaporan cuando el poder ya no es hegemónico o pasa a otras manos. Por eso la resistencia organizada desde el gobierno a que se conozca la verdad desde la votación del 20 de mayo del 2018. Pero esa verdad se conoce. Y lo que está enterrado por la votación popular es el tinglado que garantizaba prebendas y lucros. El PSUV no es una excepción. Como todos los partidos hechos desde el poder y para el poder está comenzando su agonía. Y la logia militar golpista original del 4F ya no tiene recambio histórico. Hemos visto, sin toda la capacidad de respuesta que hubiera sido necesaria, la prostitución de nuestra memoria histórica.

De Colon al Chávez

Desde las estupideces sobre Cristóbal Colón y un supuesto irredentismo indígena, ajeno a nuestra realidad; hasta la exaltación de lo menos perdurable de la Federación, contemplando espejismos, con miopía fingida, suponiendo socialismos agrarios en el acratismo y en el dislocación del sentido de comunidad nacional que produjo la barbarie anárquica. Esa que generó tal extenuación ciudadana que permitió que se consolidara, cruzada la curva de la mitad del siglo XIX, por tres décadas, la egolatría deshonesta de Guzmán Blanco. Éste se concentró en el ejercicio del poder central y en el disfrute de una inmensa riqueza amasada con concusión, en perjuicio de la sociedad cuyo control poseía. Gobernó Antonio Guzmán, hijo, desde Caracas o desde París. Cuando Guzmán, en el epílogo del guzmancismo sin Guzmán (para usar la terminología de Augusto Mijares) se dio cuenta de que el Gran Partido Liberal Amarillo ya no respondía a sus caprichos sino a los intereses de los caudillos segundones (es decir, que lo que parecía impensable se había dado: que quien mandaba de verdad en estos predios era Joaquín Crespo) exclamó, más con cansancio y desprecio que con ira, en su casona de Antímano: Vámonos, que las gallinas están cantando como gallos. Y se fue. ¿Adónde podía retirarse un hombre como Guzmán Blanco, que se jactaba de ser el hispanoamericano más rico de su tiempo, un marginado por exceso (para usar la terminología de Arístides Calvani). Pues a París, por supuesto. Una de sus hijas resultó la consorte del duquecito de Morny. La aventajada plutocracia post federal criolla y unió su sangre, su fortuna y sus destinos con la aristocracia del II Imperio francés. Allí, en París, murió, en 1899, Guzmán Blanco, mientras por estos predios, entonces más semibárbaros que lo que son ahora, una bala indocumentada acabó antes, en 1898, con la vida de Joaquín Crespo en la Mata Carmelera. Así finalizó el agitado siglo XIX venezolano. Chávez yevó a Guzmán al Panteón. El orador que hizo su panegírico, el historiador de filiación comunista Federico Brito Figueroa, no pudo menos de reconocer que había sido uno de los gobernantes más deshonestos de la historia republicana. Por cierto el inefable Dr. Rafael Antonio Caldera Rodríguez en (Los Causahabientes  de Carabobo a Punto Fijo, 1999), dice, sin embargo que esta bien yevado al panteón. Es lamentable que comparta los honores: (del cofre donde la patria guarda el recuerdo de sus grandes, según Andrés Eloy Blanco) ¿Se irán los herederos de Chávez igual que Guzmán? ¿Adónde irán? Me parece que ninguno, en realidad, lo sabe. Son más predecibles los destinos con que sueñan los más conspicuos representantes de la yamada boliburguesía, y su variante diferencial yamados eufemísticamente bolichitos un subproducto de (la nueva burguesía “bolivariana”). Corsi e ricorsi como diría Vico. Desaparecido Chávez parece que se eclipsará el chavismo. Los resultados electorales del 20 de mayo del 2018, son más que evidentes, aunque algunos se empeñen en no ver. Cuando Guzmán se fue de verdad y mataron a Crespo (aún se discute de dónde salió la bala) se acabó el guzmancismo sin Guzmán. Y entonces vinieron los andinos. Los sesenta fue la aventura iniciada en la frontera occidental, en el Táchira. Desde allí arrancaron los compadres, Castro y Gómez, para imponer (con Gómez) la paz forzada y hacer del siglo XX un siglo andino en la historia de Venezuela. Al comienzo fue el delirio, la retórica nacionalista y la adulación sin límites al Cabito por parte de algunas Logias y de la oligarquía valenciana y caraqueña. Historia de opereta. Ayuna de grandeza. Mezcla continuada de cuadros risibles y dolorosos. Miseria moral y material. Cadena tragicómica. Siempre por la tangente del caudillismo o de las roscas nauseabundas de intereses de grupo, económicos y políticos. La patria como ficción. La República como aquella amarga carcajada de la que hablara la pluma cebada en el dolor de José Rafael Pocaterra. El terremoto de comienzos de siglo XX y Castro saltando con un paraguas por un balcón de la Casa Amarilla, terminando, como es lógico, desmayado por el golpe. Muy bolivariano, despertó lanzando un discurso a la asombrada guardia que acudió en su auxilio con aquello de si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca, y otras payasadas propias del histrionismo del Cabito. Precedentes, esos, de otras parodias grotescas más cercanas. Las secuelas fueron más prosaicas: una pierna rota y el abandono del antiguo y céntrico palacio de los capitanes generales, la Casa Amarilla, y luego (hasta él) de los presidentes de la República, buscando en la mansión crespera de Misia Jacinta, Miraflores, un lugar antisísmico más seguro. El Bloqueo de 1902 y la proclama (dicen que fue escrita por Manuel Landaeta Rosales o Francisco González Guinán) que todos conocen (al menos en mi tiempo de bachillerato todos conocían) por sus primeras palabras: “La planta insolente del extranjero ha hollado el sagrado suelo de la Patria”. ¿Intentó Chávez imitar a Cipriano Castro? Su obsesión contra “el Imperio” pareciera indicarlo. Pero el suyo fue un antiimperialismo de pacotilla: los Estados Unidos siguieron siendo el primer cliente del petróleo venezolano. Lo fuero aún en el inicio poschavista de Maduro, hasta hace unos meses cuando escalo la confrontación, de esta etapa.

Revolución o ¿la Ínsula Barataria?

Pero ya lo sabemos las incidencias de esta ĺnsula Barataria en la que ha devenido la República no resultan muy lógicas. Chávez murió y sus herederos parece que desean (de dar crédito a la retórica fanfarrona de Cabello y Padrino o a las contradicciones sin fin de Maduro) que el epílogo del chavismo sea apocalíptico. Quiera Dios que no lo logren. Un día de guerra civil son cien años de odio. Nuestra última guerra civil fue la yamada Revolución Libertadora de Manuel Antonio Matos (el principal banquero del país, emparentado con Guzmán Blanco). En el papel, la insurgencia no podía perder: agrupaba contra Cipriano Castro a los más destacados caudillos de la historia con olor a pólvora de
nuestro siglo XIX. Pero perdió. Fue una guerra horrorosa: la última con batallas de verdad y casi 40.000 muertos, según las cifras de Arellano Moreno en su Mirador de Historia Política Venezolana. El encuentro más prolongado y sangriento (22 días y cerca de 4.500 bajas, en una lucha casa por casa) fue la Batalla de La Victoria. Según referencias aportadas por Manuel Caballero en Gómez, el tirano liberal, los observadores militares norteamericanos de la Batalla de Ciudad Bolívar (22 de julio de 1903) estimaron en 1.200 los fallecidos en la acción que constituyó la derrota definitiva de los revolucionarios y el reconocimiento de las cualidades de combatiente de un comerciante y hacendado fronterizo trocado en “general” de montoneras, Juan Vicente Gómez. Según sus propios cálculos, el chavismo no puede dejar el poder, pero…¡nunca se sabe! Los vivos, en el alarde de su propia viveza, suelen terminar por dejar de ser inteligentes. Y en política (más aún en la política venezolana nada es eterno. Los excesos de Castro minaron su salud. Y la salud desmejorada abrió el paso a la operación quirúrgica y a la recomendación de su tratamiento en el exterior. La historia es conocida. Castro dejó a su compadre encargado del poder. A un mes de su partida ya Castro no era más presidente. Sic transit gloria mundi. A Gómez le yevaron el telegrama donde el delirante caudillo (respondiendo quién sabe a qué informe o intriga) recordaba desde afuera: “A la culebra se la mata por la cabeza”. Ahora interceptan los teléfonos y
los correos electrónicos; antes lo hacia con los telegramas. La operación interna fue política. Sin un tiro. Rodearon inicialmente a Gómez los políticos de Caracas y Valencia que pensaban que un hombre primitivo y de muy escasas letras sería presa fácil de la casi ilimitada capacidad de maniobra que el sector que deseaba unir el poder político y el económico se atribuía maquiavélicamente a sí mismo. Gómez los dejó hacer zamarramente. Luego los eliminó, política o físicamente (y, en algunos casos, política y físicamente). Por 27 años seguidos, desde 1908 hasta su muerte natural en diciembre de 1935, fue, para decirlo con la consigna forjada por la adulación de Ezequiel Vivas, ¡Gómez único! ¿Logrará
Maduro emular a Gómez?. No parece Hitler habló del Reich Milenario. Dejando como herencia millones de muertos sólo se extendió por 12 años. En un arranque de magnanimidad, Chávez dijo en Barinas, en  los alrededores de 2004, que su V República duraría cinco mil años! El chavismo ya dura un poquito más que el III Reich. Como dice el Eclesiastés, alguna vez citado instrumentalmente por Chávez, todo tiene su tiempo. No dejo tranquilo ni a Bolívar. Además de un atormentado aquelarre de madrugada para hurgar en sus huesos, al parecer, contando con los buenos oficios de Farruco Sesto. Así como la decidida colaboración del arquitecto Fruto Vivas diseñó  quien lo diseño  se le erigió un mausoleo  en el antiguo Museo Histórico Militar, bautizado como Cuartel de la Montaña. Chávez yevó también a Cipriano Castro al Panteón. Elías Pino Iturrieta escribió sobre la legítima duda que asalta sobre si quienes allí lo yevaron como “prócer” sabían lo que hacían. Luego de la discutible presencia de Guzmán Blanco y del espectáculo circense con el traslado “simbólico” de Guaicaipuro (una especie de vodevil donde actuaron un plumífero “indígena” gringo y otros danzantes), con ese aquelarre a raíz de lo de Castro quedó claro el absoluto irrespeto de la Revolución por el Panteón y quienes allí aguardan, junto con el Libertador la resurrección de la carne.

¿Oposición u  opociones?

Alguien podrá decir que, en su forma y en su fondo, algunas posiciones opositoras como las de María Corina Machado Parisca, lucen acaloradas. Puede ser. Son posiciones surgidas del combate y para el combate político. Algunos, que se autoproclaman expertos en medir serenidades ajenas, se quejan de falta de “racionalidad” en la oposición. Para ellos, racionalidad equivale a ataraxia, a impasibilidad, a frialdad solemne o a estirado estilo ayuno de emociones. Según tal óptica, ningún tipo de sentimiento debería traslucir en la formulación de los juicios, ni en el despliegue de las argumentaciones. Frente a un país desquiciado por Maduro y el chavismo, erigirse en la equidistancia que coloca a los demás en los extremos resulta, al menos, una broma de dudoso gusto. En Venezuela nos conocemos todos. Con nuestros aciertos y nuestras pifias. Con los prestigios y los desprestigios acumulados. Porque nadie puede evadir la propia historia. Ni pretender ser de otra galaxia. No es difícil jugar a un carnaval de antifaces para etiquetar a los demás. “He aquí el tinglado de la antigua farsa”, podría decirse evocando las palabras iniciales del monólogo de apertura de Los intereses creados de Jacinto Benavente. ¿Actitud solemne de vestales impolutas? ¡Por el amor de Dios! ¿Quién pretende engañar a quién? Tales simplismos no resultan ya moneda de aceptación general, sino alimento contaminado ex-professo procurando horadar, para quien los ingiera desprevenidamente, la convicción con los prejuicios. El apasionamiento no es necesariamente un defecto. Puede ser una virtud. Hannah Arendt, cuando en 1951 apareció su importante obra Los orígenes del totalitarismo, enfrentó con contundencia la acusación de que, en lo referente al antisemitismo, su carga emocional restaba al estudio fuerza, seriedad y hondura. Dijo entonces algo que, salvando las inmensas distancias, sirve, a mi entender, para rebatir algunos juicios sobre la situación venezolana: “Describir los campos de concentración sine ira no resulta ser ‘objetivo’, sino que equivale a indultarlos”. Hablar de la antipatria de la coalición gobernante sine ira equivale igualmente a indultarla. La hipocresía sólo sirve para mostrar su anemia. Por la supervivencia de nuestro ser nacional es necesario rechazar con fuerza la degeneración que la violencia dirigida desde el poder, auténtico terrorismo de Estado, pretendió y pretende pasar como fenómeno “normal”.

Es fácil ser bueno; lo difícil es ser justo. (Víctor Hugo).

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

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