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José Félix Tezanos: Las elecciones del 26 de mayo en España

 

Aunque las elecciones del 26 de mayo han tenido un alcance político indudable y afectan al futuro de la Unión Europea y al gobierno de doce Comunidades Autónomas y a todos los Ayuntamientos, como la más cercana base de la democracia, es inevitable que sus lecturas tengan un cierto carácter de segunda vuelta electoral.

Segunda vuelta en la que se esperaba que quedaran clarificadas las tendencias generales que se habían apuntando en los comicios del 28 de abril.

En este sentido, no puede negarse que los resultados electorales han confirmado algunas de esas tendencias, en especial la tendencia del sistema español de partidos políticos hacia una creciente fragmentación. Lo que inevitablemente da lugar a que cada vez resulte más difícil –aunque no imposible– la gobernación. Es decir, no solo la formación de gobiernos en sí, sino también la buena realización de las labores de gestión pública en términos de concordancia sociopolítica y de atención a los grandes retos y problemas de la sociedad española como tal. ¡Y no digamos de la Unión Europea! Lo cual va a exigir liderazgos inclusivos y con un alto sentido de Estado.

En su conjunto, los resultados del 26 de mayo reafirman cuatro grandes tendencias generales. La primera es la confirmación del PSOE como el principal partido del país, a una distancia notable del segundo y el tercero. La victoria del PSOE en las elecciones europeas, con un porcentaje de voto superior al del 28 de abril (32,8%) y su predominio en diez de las doce Comunidades Autónomas en las que se han celebrado elecciones significa que durante los próximos años el PSOE va a ser el principal partido de gobierno, asumiendo nuevas responsabilidades en distintos planos (también municipales). Lo que favorecerá una mayor coherencia de las distintas esferas de gestión.

En segundo lugar, la disputa por la ocupación de los espacios de la derecha ni se ha zanjado ni se ha clarificado suficientemente, de cara a los partidos que están pugnando por el liderazgo de estas fuerzas. Es decir, ni el PP logra marcar distancias hegemónicas con Ciudadanos, ni Ciudadanos alcanza su pretendido sorpasso, sino que incluso retrocede en términos generales en las elecciones europeas, pasando de un 15,9% de voto nacional en las generales del 28 de abril, a un 12,2% en las europeas del 26 de mayo, situándose en un más modesto 8,2% en las municipales (respecto a un 22,2% del PP).

En tercer lugar, las perspectivas de Vox han quedado atenuadas y, sobre todo, frustradas en sus pretensiones de convertirse en un gran partido referente de la extrema derecha, como ocurre en otros países europeos. Con un 2,9% en las municipales y un 6,2% en las europeas no puede negarse que Vox queda reducido a una expresión política mínima, que solo puede amplificar y rentabilizar con determinadas alianzas. Lo cual significa que los próximos años van a ser claves para verificar en qué queda esta formación y sus principales líderes. Y también para verificar si la formación de tripartitos de la derecha es un horizonte inexcusable para España, o bien para explorar si existen alternativas de formación de otro tipo de alianzas.

En cuarto lugar, las urnas han evidenciado que el conglomerado de Podemos ha acumulado en pocos años más grietas y fracturas internas de lo que algunos podían esperar, fragilizando su potencialidad general y aproximándose cada vez en mayor grado a los parámetros de lo que representaron en su día Santiago Carrillo, o más tarde Julio Anguita. Lo que plausiblemente va a dar lugar a debilidades internas y a tensiones de liderazgo que pueden ser especialmente perturbadoras si algunos intentan sustanciar dichas tensiones de cara a la galería, con actuaciones tácticas de orientación maximalista y un tanto exageradas. Algo que podría dificultar los acuerdos y entendimientos entre las fuerzas progresistas y de izquierdas que ahora son necesarias. Y que requieren altas dosis de realismo, sosiego y generosidad política.

Amén de estas tendencias generales, hay dos rasgos negativos que también deben ser destacados en las elecciones del 26 de mayo. Uno de ellos se relaciona con la participación y el otro con las orientaciones de las campañas electorales que en esta ocasión han seguido prácticamente todos los partidos políticos.

El hecho de que el 26 de mayo hayan acudido a las urnas menos personas que el 28 de abril se explica por el menor grado de tensión electoral, y de alcance práctico, que han tenido las elecciones europeas, autonómicas y municipales. Y quizás también debido a un cierto cansancio del electorado español, sobre todo después del tensionamiento que algunos partidos políticos introdujeron en las elecciones generales, con unas campañas demasiado ásperas y, en ocasiones, insultantes.

Aún así, la participación en los comicios de mayo se sitúa en parámetros medios-altos respecto a otras elecciones similares anteriores, especialmente en las elecciones europeas (64,3%).

Después de las tensiones negativas y muy agresivas que se vivieron en la campaña de las elecciones de abril, muy especialmente por parte de los tres partidos de la derecha, la priorización del enfoque estratégico de la negatividad en las últimas campañas ha sido sustituido por un mayor esfuerzo propositivo. En ocasiones llegando a propuestas con un alto grado de concreción, e incluso insignificancia.

En la mayor parte de los casos, este cambio de enfoque ha obedecido a un puro tacticismo de los estrategas electorales a la vista de los malos resultados obtenidos en abril por determinados partidos, y no tanto a un cambio de convicciones o de modelos.

La interpretación que predomina actualmente entre los expertos en campañas, en el sentido de considerar que hoy en día los electorados se motivan y se movilizan más por componentes negativos (votar contra…) que por las propuestas programáticas, es una convicción que no parece que haya sido superada a juzgar por los componentes subyacentes existentes en muchas campañas electorales. Se trata de una estrategia que puede resultar “rentable” y producir efectos prácticos, aunque al alto coste de erosionar peligrosamente la convivencia democrática y crear movimientos de distanciamiento y antagonización política entre una parte del electorado. De ahí que se trate de estrategias que tienen que estar muy medidas, ya que, aunque en el caso de Trump y de otros comicios europeos recientes hayan dado resultados prácticos en las urnas, en España tales estrategias negativas-agresivas no han favorecido a ciertas fuerzas de la derecha en la medida que esperaban.

Por lo tanto, se trata de estrategias que los demócratas deberían evitar –o intentar neutralizar, en su caso–, evolucionando desde un modelo de confrontación política basado en el criterio de “hay que evitar a toda costa que gobierne el adversario”, hacia unos enfoques basados en propuestas programáticas específicas (bien elaboradas, bien debatidas y participadas previamente), capaces de suscitar en torno a ellas no confrontaciones descalificatorias maniqueas, trufadas de coces dialécticas –o de pellizquillos de monja, según se tercie–, sino debates de altura en los que se puedan exponer, considerar y contrastar diferentes alternativas y propuestas para intentar resolver los problemas de fondo que preocupan a la inmensa mayoría de los electores. Ejemplos de este propósito –propio de la madurez democrática– han dado durante los pasados comicios líderes como Pedro Sánchez, Josep Borrell y bastantes otros candidatos y candidatas autonómicos y municipales que han cosechado en las urnas resultados mejores que los de los abanderados de la crispación, el insulto y la tergiversación de la realidad. Materia de inflación, no ocurre así en materia de actividad productiva.

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