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Alfredo Michelena: Venezuela en ruinas

 

Poco o nada queda de aquella Venezuela que vivimos los que nos criamos en la segunda mitad  del siglo pasado. Al igual que la peste bubónica -solo que ahora roja- que arrasó Europa en el siglo XIV, el castrochavismo diezmó  a Venezuela. Por ahora solo queda la geografía y la voluntad de muchos de sus hijos de seguir la lucha.

“Todo tiempo pasado fue mejor”, es un dicho que le escuché recurrentemente a  la generación de mis padres y tíos, y siempre pensé que era un poco de nostalgia de lo que pudieron hacer en su juventud. Yo no creí mucho en eso, pues siempre fui creyente del progreso como una acción inevitable de los tiempos que vivíamos. Más bien el lema con el que me crié fue que cada día las cosas van a mejorar. Nuestra generación veía y vivía el progreso que no solo nos mostraba el mundo moderno al cual estábamos interconectados, sino que  lo palpábamos en Venezuela.

Mientras a ellos les impresionaba llagar a Caracas desde el interior del país, a mí me fascinaba viajar al interior para conocer más mi país; pero también al exterior para sentirme un “ciudadano de mundo”. Aunque debo confesar que Caracas era en mi época una ciudad cosmopolita y desde joven apreciaba esa mezcla de culturas, en especial las provenientes de la Europa de postguerra. Grandes restaurantes y cafés al aire libre, buenas librerías y la seguridad de salir de una fiesta en la noche e irse a comer una arepa o tomarse una sopa de cebolla con unos amigos. Salir a dar serenatas y practicar a la orilla de la playa tomando cervecitas entre panas, en una cálida noche al ritmo de las olas son imágenes, sensaciones, olores y sabores que vienen a mí hablando de un pasado muy feliz.  Eso es nostalgia.

Pero ahora lo que se añora no es algo nostálgico sino algo concreto. Lo que ahora añoramos  es una Venezuela vivible.

No estamos hablando de querencias sino de supervivencias. La simple razón de que más de tres y medio millones de venezolanos se hayan marchado, es decir, más del 10 % de la población y que se proyecte que para fines de este año llegue a más de 8 millones (Brookings Institution) -casi un cuarto de la población- es de suyo una evidencia que no tiene refutación. Los venezolanos salen en estampida de un país que ya no es vivible.

Una tragedia que vimos crecer frente a nuestros ojos y que se concretó con el desmantelamiento de los partidos políticos y la elección de quien prometía freír las cabezas de los líderes de esos partidos con un proyecto de refundación de la república, que en el fondo fue la destrucción de las frágiles instituciones que teníamos y que creímos muy sólidas. Ha sido un proyecto de tierra arrasada, que no ha dejado piedra sobre piedra.

En un intento de construir un modelo comunista que nunca ha funcionado se gastaron, o mejor dicho, se dilapidaron y robaron cerca de un millón de millones de dólares. Destruyeron. No construyeron nada. Ahora Venezuela está en ruinas. Solo comen completo ellos, “los enchufados”, los que ganan en dólares o han ahorrado en esa moneda y los que reciben alguna transferencia del exterior. Por eso esa masiva migración.

Siete millones de venezolanos, según la ONU, necesitan ayuda alimentaria. El informe, además, señala que casi 3 millones de personas requieren asistencia en salud –incluyendo 1,1 millones de niños menores de cinco años-, así como que 4,3 millones no reciben agua y saneamiento esenciales. Y pensar que llegaron para acabar con la pobreza y las desigualdades, dejaron al país con “la peor crisis económica para un país sin guerra”, como titula el “New York Times”.

Vamos en acelerada picada y la única salida es deponer este régimen delincuencial y demencial.

Los venezolanos tenemos 20 años luchando contra este régimen y muchos están exhaustos, pero nos levantamos y seguimos. Es como algo en nuestro ADN que nos hace no aceptar lo que estamos viviendo -quizás esa idea del progreso que vivimos y añoramos. Hemos avanzado mucho, pero la lucha ha sido dura y solo ahora desde que conquistamos la Asamblea Nacional, y el régimen comenzó a torpedearla, la comunidad democrática mundial comenzó a realmente apoyarnos.

Y aunque aún muchos dudan, ella ha sido clave en esta lucha. Nos ha permitido mostrar más músculo que  el que tendríamos en solitario. Todavía no sé si aún con esa ayuda tendremos posibilidad de,  parafraseando a  Clausewitz, “… colocarlos en  una  posición tan desventajosa que su sacrificio (dejar el poder) sea su mejor opción”.

Veo que todas las medidas emprendidas por esa comunidad internacional y en especial por EE.UU. -que le ha metido el diente al sostén económico-  tienden a debilitar al régimen; pero también eso tiene sus “daños colaterales” en nuestra gente ya depauperada.  Espero que esta dosis de quimioterapia para acabar con el cáncer no sea en vano. Y para eso debemos mantener la lucha si queremos salir de esta ruina que nos asfixia.

No es que la Venezuela de ayer fue mejor, es que la de hoy ha sido llevada a la ruina por el castrochavismo.

 

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