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¿Por qué el fin de una serie de televisión nos hace sentir vacíos?

 

El fin de una serie de televisión que hemos seguido durante varios años con interés y hasta con pasión, no siempre es fácil de asumir. No solo supone despedirnos de unos personajes y de una historia, al duelo por ese punto y final, se le añade otro interesante factor: un desenlace que no siempre es de nuestro agrado. Son realidades cada vez más comunes en nuestro día a día que también esconden un gran interés psicológico.

Decía hace muy poco Stephen King que rara vez estaremos del todo conformes con el final de un libro o de una serie en caso de que tanto uno como otra nos apasionen. Lo que de verdad nos cuesta asumir es su finalización. A las personas nos es muy difícil dar algo por terminado siempre que exista cierto vínculo emocional. Por tanto, la sensación de pérdida es real, así como la propia frustración.

Desde la psicología se asume ya que el mundo de la cultura pop (entendida como el conjunto de manifestaciones artísticas y culturales que nos rodean) impacta de manera muy directa en el ser humano. Así, el universo de la televisión tiene sin duda un poder más que indudable. Estamos ante un medio al que acogemos en la intimidad de nuestros hogares y donde las series enhebran casi a modo de ritual una práctica a la que caemos inevitablemente rendidos.

Tanto es así, que el final de estas llega a convertirse en un fenómeno social. Es algo capaz de sustituir, por unos días, el interés por los sucesos sociales, políticos o económicos. Para muchos, el que esto sea así es preocupante. Para otros, es el simple reflejo de una sociedad que ve en las series de televisión una parte más de sus vidas.

«Odio la televisión del mismo modo que detesto los cacahuetes. Pero no puedo dejar de comer cacahuetes».

-Orson Wells-

Lost representando el fin de una serie de televisión

El fin de una serie de televisión y las emociones sentidas

El fenómeno del fin de una serie de televisión y las emociones contrapuestas que podemos sentir por dichos desenlaces no es algo nuevo. Un ejemplo de ello fue lo vivido por Arthur Conan Doyle. El célebre escritor alcanzó el éxito gracias a unas aventuras que publicaba semanalmente en la revista Strand. Aquellas aventuras estaban protagonizadas por un personaje que cautivó de manera irremediable a miles de personas. Era Sherlock Holmes.

Doyle, sin embargo, nunca llegó a sentir un especial aprecio por su criatura. Sentía la necesidad de dedicarse a otras cosas, a escribir un tipo de literatura muy diferente. Por ello, cuando decidió dar muerte a Sherlock Holmes en las cataratas de Reichenbach, tuvo que enfrentarse a algo inesperado: los lectores del Strand lo amenazaron y, en más de una ocasión, llegó a temer por su vida. Tanto fue así, que no tuvo más opción que resucitar de nuevo al inquilino de Baker Street tiempo después.

Los lectores de Sherlock Holmes fueron los primeros fans que experimentaron ese sufrimiento doble tan común a día de hoy. Primero, despedirse de los personajes. Segundo, tener que asumir un desenlace inesperado.

Juego de Tronos representando el fin de una serie de televisión

Las series de televisión, algo más que entretenimiento

Una de las series de televisión más longevas de la historia es Doctor Who. Con más de 50 años a sus espaldas son varias las generaciones que han crecido viendo las aventuras del célebre señor del tiempo. Para la televisión británica es poco más que una institución. Los Simpson, por ejemplo, llevan viviendo entre nosotros desde 1989, y series como el CSI, Anatomía de Grey o Sobrenatural bordean los 300 capítulos.

A largo de esas emisiones semanales ante la televisión y otros dispositivos, los televidentes crecemos, maduramos, hacemos cambios, sufrimos pérdidas y triunfos mientras nos acompañamos de esas historias paralelas que acontecen tras una pantalla. El vínculo creado con ese universo es inevitable.

  • Las series de televisión son para muchos algo más que entretenimiento.Se descubren aficiones, trabajos a los que dedicarse, países a los que viajar, conceptos novedosos, actores, directores y guionistas a los que admirar.
  • Es, a su vez, un modo de desconectar momentáneamente de la realidad. Conectarnos a otras historias y otros personajes genera alivio y nos ayuda a reducir el estrés.
  • Asimismo, tampoco podemos olvidar el componente social relacionado con estos medios. Ver el último capítulo de determinadas series es casi un ritual. Gracias a ello tenemos temas de conversación en el trabajo. Aún más, en la actualidad, formar parte de un grupo relativo a una serie de televisión en las redes sociales es también un modo de conocer gente.

El duelo por el fin de una serie de televisión

A día de hoy, nueve años después del último capítulo de Lost, muchas personas siguen teorizando sobre su desenlace. Si asumir el fin de una serie de televisión ya es difícil, para algunos aún lo es más al hacerlo sin comprender su resolución o sin estar de acuerdo con el propio desenlace.

A esa estela de finales controvertidos y polémicos, se le añade (según la opinión general) la reciente Juego de Tronos , Cómo conocí a vuestra madre, Dexter, House of Cards o Breaking Bad. Grandes espectáculos que nos sorprendieron en su momento por sus personajes y acertados guiones nos llevan (a veces) al desencanto en su resolución.

¿Cómo asumir entonces el fin de una serie de televisión en estos casos? Obviamente no es recomendable hacer con los guionistas lo mismo que hizo el personaje de Annie Wilkes en Misery con su escritor favorito. Aunque creemos un vínculo emocional con estos espectáculos televisivos, no deja de ser eso mismo, un apasionante espectáculo con un inicio y un final.

Podemos llevar a cabo nuestro propio duelo con otros fans, con amigos, compañeros y familiares compartiendo sensaciones y evocando, sobre todo, los buenos momentos vividos en esas series. Lo bueno de este universo televisivo es que el espectáculo nunca terminaCuando nos demos cuenta, aparecerá otra serie a la que caer rendidos.

 

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