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Aurelio F. Concheso: La pauperización del país como política económica

 

El acervo de capital mundial acumulado creció muy lentamente desde que el momento en que el ser humano pasó de sociedades nómadas cazadoras a sociedades agrícolas asentadas, hasta los inicios de la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII y principios del XIX. De entonces a la fecha se produjo una verdadera explosión de productividad y producción, que con sus avances y retrocesos han evolucionado hacia a las economías del presente siglo, que universalmente son capitalistas en lo económico, si bien no todas necesariamente democráticas en lo político.

Hace ya tiempo que el mundo dejó atrás aquellas teorías económicas como el comunismo y el corporativismo fascista, que desde extremos opuestos de espectro político postulaban que la regimentación del ser humano guiada por el Stalin, Hitler, Mussolini, o Castro de turno era la mejor forma de aumentar el caudal de riqueza de una nación. Quizás el punto de inflexión en esa dirección fue cuando los chinos, después de su desastrosa experiencia con el comunismo y “El gran salto hacia adelante” de Mao, se dieron cuenta de que lo que importa no es el color del gato, sino si este es capaz de cazar ratones.

En el mundo globalizado y capitalista de hoy, hasta el pequeño empresario agricultor de algún lugar remoto de África o el Sureste Asiático, tiene acceso a Internet con varios megas, cuentas bancarias para negociar con sus proveedores y clientes de manera ágil, y acceso a las últimas tecnologías para aumentar su productividad, que antes eran reservadas para sus contrapartes en países considerados como de mayor desarrollo que el suyo. Puede también trasladarse a ferias y exposiciones industriales, gracias a la forma en que se ha incrementado la frecuencia de los vuelos y disminuido el costo por kilómetro viajado en todas partes menos en Venezuela, que cada día se aísla más de sus potenciales proveedores y clientes.

Resulta entonces irónico que, ante toda esa evidencia irrefutable, a alguien se le hubiera ocurrido trazar una política económica como el Plan de la Patria que, desde su puesta en marcha en 2013, ha logrado literalmente pauperizar a la economía venezolana, economía que una vez fue la de mayor dinamismo y más altos ingresos per cápita de Latinoamérica y que hoy le pisa los talones a la de Haití. Claro que todo eso no comenzó en 2013, los prolegómenos del Plan de la Patria 2013 – 2019 fueron un ataque, a veces anárquico, pero siempre continuado a la actividad económica privada exitosa, con lo cual irremisiblemente se destruía buena parte si no toda la capacidad productiva del ente ocupado, confiscado o expropiado.

Cuando un programa o una estrategia económica fracasa de manera tan contundente, el camino más sensato es el autoanálisis, y un cambio de rumbo, más radical según más profundo haya sido el fracaso. Por eso es por lo que resulta inconcebible que los estrategas que asesoran a Miraflores hayan hecho todo lo contrario y recomendado un Plan de la Patria 2019 – 2025, como si el objetivo fuera garantizar que la pauperización de la economía venezolana se vuelva irreversible. ¿Será que piensan que, si la economía se encogió a una tercera parte de lo que una vez fue en el primer ensayo, a lo mejor con seis años más logran que la misma desaparezca del todo? Pero si la pauperización no ha sido intencional sino por ineptitud y temor a admitir sus errores, el momento de corregirlos seria ahora, antes que el país en sus manos se paralice del todo.

Los pasos necesarios son claros, gozan de un consenso mayoritario que nos atrevemos a decir es el más grande en varias décadas, pues por primera vez pareciera que empresarios, economistas, trabajadores organizados, y consumidores coinciden. Solo un pequeño grupo de planificadores económicos empeñados en negar lo que está ante sus ojos, pero con el apoyo de quienes ostentan el poder, se interponen entre el país y su regreso de la ruta de la pauperización.

 

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